lunes, 25 de mayo de 2009

TENGO FRIO






¿Qué estará pasando con mi cuerpo que casi siempre tengo frío?

Se que no soy insensible como el hielo,
pera tal vez al contener mis ansias se está congelando mi cuerpo.
Siento el gélido ambiente desgarrando mi piel, calando mis huesos,
hay veces que hasta la respiración se me congela.

Un invierno prematuro baña mi cuerpo
intentando entrar hasta en mis cálidos ensueños.
Mis manos heladas se refugian en mis piernas
pretendiendo en vano infundirles calor,
mientras la ropa que cubre mi cuerpo
en lugar de calentarme me entumece.

Mis pobres pies descalzos al tocar el suelo,
son martirizados por las congeladas baldosas
que los traspasan como lanzas de hielo.
Mis dientes crepitan y mis ojos parpadean incesantemente
cómo faros ciegos buscando la luz.

Entonces mi desfallecido cuerpo
busca un rincón donde refugiarse,
en la espera de que vuelvas a estrechar mis manos
y a mirarme con esos ojos de fuego
que encienden mis ansias.

Luego, quedo a la expectativa
de que vuelvas a quemar mis labios
con la lava de volcán que te arrebata,
que me cubras ardorosamente con tus brazos
y que me cinceles con la punta de tus pechos
rompiendo esa costra de escarcha incrustada en mi cuerpo.

No tardes amor quítame el frío.

Francisco Pardavé

jueves, 7 de mayo de 2009

LAURA



Los ruidos de la cocina parecían querer derribar las paredes del apretado cuarto, más allá; la siempre insolente voz de su señora daba órdenes a los niños recién llegados de la escuela. Como fondo, el volumen de la televisión a todo lo alto, reproduciendo las voces agudas de los personajes de una caricatura, y, por si fuera poco, la radio lanzaba hacia todas partes, los chismes y diretes de un programa dirigido a las señoras.
"¿Qué estoy haciendo aquí?" -se preguntó Javier, mientras esperaba la hora de la comida, para después, con algún pretexto, emprender la graciosa huida hacia la calle.
Arrancó el automóvil y se dirigió hacia la tienda comercial donde habitualmente hacia las compras de la casa; de pronto, sintió una imperiosa necesidad de voltear la cara: vio la figura que se le aproximaba paso a paso. Trató de observar el rostro que apenas se asomaba por entre los enormes lentes oscuros, el pelo antes largo, ahora sólo llegaba hasta la altura de la nuca.
- ¡Hola Laura! -gritó Javier-.
Ella se detuvo y lo miró a través de las gafas.
Instintivamente trató de seguir caminando, pero sus piernas se negaron a obedecerla. Quiso sonreír, pero sus labios sólo dibujaron una mueca indefinible.
Casi como autómata, estiró el brazo y estrechó la mano que se le extendía. Un poco más calmada miró aquellos ojos que la veían con avidez y notó las bolsas y arrugas que los enmarcaban. Parecían los mismos que la miraban en aquellas penumbras de los cuartuchos de los hoteles donde se refugiaban para hacer el amor. Ojos que habían conocido todos los rincones de su piel. Esos ojos de ardientes que se cegaban cuando brotaba el torrente incontenible de su sexo. Aquellos ojos que llenos de lágrimas la habían seguido cuando se dijeron el adiós.
- Disculpa Javier, es que no te había reconocido. Estás un poco cambiado. ¡Te dejaste crecer el bigote! -la voz de Laura salía cada vez más fluidamente- ¡Qué gusto de verte, te ves muy bien, no pensé volver a encontrarte!
Laura se ruborizó al terminar la frase y pensó: "¿Cuántas veces había tratado de llamarlo?". Sobre todo, aquellas noches cuando su esposo se encontraba ausente y cuando, a solas, se retorcía sobre la cama, añorando aquella boca voraz que había aprendido a deslizarse en los rincones más húmedos de su cuerpo.
No sólo había deseado volverlo a ver, sino hasta había ensayado frases para cuando esto ocurriera: "te extraño, perdóname, no puedo vivir sin ti". A veces, al observarse ante el espejo, imaginaba que a lo mejor Javier no notaría las estrías que surcaban su cintura. Veía su cuerpo como si Javier fuera el que la estuviera viendo, lo mostraba sin ningún pudor y advertía con satisfacción que la línea del busto se mantenía aún firme y, que incluso, había aumentado de volumen.
Javier la miraba sin decir palabra, y al ver su rostro se le vino a la mente y a la entrepierna, el calor que siempre había sentido cuando estaba junto a ella. Era una sensación que no podía atenuar, incluso hasta después de hacerle el amor le acompañaba a su casa. Se amaban con verdadera pasión, porque los dos sabían que en cualquier momento todo se acabaría. Ella estaba a punto de casarse con un hombre al que no quería, pero que le ofrecía una seguridad que él no podía darle.
Javier la había bautizado como Laura, para que nadie la llamara con ese nombre, era su señal y su secreto. La última vez que habían estado juntos Laura le pidió un favor: "Quiero que tu esposa y tú sean mis padrinos de lazo; así me haré las ilusiones de que me estoy casando contigo". Luego, en la recepción pudieron disimular algunos brindis solitarios y algunos roces imperceptibles que con muchos pretextos se estuvieron dando. Luego, con su mujer y en medio de los bocinazos de muchos autos, la habían escoltado hasta el aeropuerto.
Cuando volvió a la realidad, Javier insistió en acompañarla. Ella subió al auto y se acomodó en el asiento delantero - era el mismo en el que se recostaba cuando regresaban a su casa -. Vio los libros y papeles regados en la parte de atrás y la negra sombrilla aventada sobre la repisa del cristal posterior.
- Si quieres háblame por teléfono -dijo Javier-, cuando la mujer le pidió que detuviera el carro. Ya sabes mi número.
Laura, sin despedirse, se puso los lentes negros y echó a caminar sobre el concreto hirviente por el sol del medio día. Cuando sintió que la mirada de Javier ya no la seguía, apresuró el paso y se sentó en medio de los matorrales de un polvoso jardín que se encontró de repente. "Siempre he sido una cobarde -se dijo-, no fui capaz de defender el amor de Javier y ahora no me atreví a volver a estar entre sus brazos. Ni modo".
Javier arrancó el coche y empezó a cruzar aquel bosque partido en mil pedazos por calles y fraccionamientos a medio terminar. En una esquina se sintió invadido por una marabunta de vendedores y unos niños que trataban de limpiar los parabrisas de los automóviles; muchos conductores los apartaban con señas, con palabras malsonantes o de plano aventándoles los carros. Otros, sin embargo, eran sorprendidos y en un instante tenían embadurnados los cristales con una substancia jabonosa, la que era limpiada a veces hasta por dos o tres jovenzuelos que tenían medido el tiempo en que saltaba la luz roja a la verde.
Pinches escuincles, ya me chingaron -murmuró Javier- mientras sacaba unas monedas de la bolsa. Más adelante, cruzó la zona del “peñón”, donde se arremolinaban autos y camiones; unos intentaban dar vuelta hacia el aeropuerto y otros pretendían introducirse en el viaducto. En otro semáforo vendían flores o billetes de lotería. Le compró una rosa a su mujer, para pretextar que había estado pensando en ella..........

sábado, 25 de abril de 2009

UNA NOCHE DE AMOR




Entramos a la antigua casa de campo donde nos alojamos, ahí hay un gran salón con chimenea, una vieja y sólida mesa de madera con algunas sillas.
Pasamos al dormitorio donde aprieto tu cuerpo al mio con firmesa pero sin brusquedad, tu barbilla en mi hombro, mi nariz entre mi pelo, cierras tus tristes ojos cuando mis manos roderon tu cintura.
Después te digo bésame...¡No, mejor no lo hagas! Porque en el momento en que tus labios rocen los míos ya no voy a poder frenar el deseo. Demasiado tarde, ya lo has hecho, a partir de ahora es mi cuerpo quien manda y quien dirije todos mis movimientos. Mi cabeza deja de funcionar.
Comienzo a notar que uno de mis muslos esta rozado por las yemas de tus dedos. Pero tú también estás respondiendo a mis caricias porque me aprisionas entre tus brazos y aprietas tu cintura contra la mía, que se descontrola.
Me vuelves a mirar, me miras mientras tus manos desabrochan el ziper de mi pantalón, sin prisa, yo no la tengo, disfruta este momento, quiero que lo hagas, que lo hagamos. Y quiero que me sigas mirando como lo estás haciendo ahora, mientras tu blusa y tu sostén se dejan deslizar sobre tu piel hasta caer sobre la cama.
Tus ojos se van de los míos para ver lo que en este momento me acaricias. Estás rozando toda mi piel, que se eriza al paso de tus dedos y es ahí cuando también decides quitar todo aquello que te impida seguir reconociéndome.
Lo ves en mis ojos, sabes que lo estás haciendo bien y por eso no te detienes. Déjame sentirte, deja que pase mis manos por tus brazos, por tu espalda, déjame sentir tu pecho. Ahí está tu pecho en mi espalda y tus manos paseando por mi vientre, y tus dedos hundidos entre lo oscuro de mi entrepierna. Notas como me voy endureciendo ante tu presencia ¿lo notas? Mi sexo Está duro y erguido, lo estás tratando con delicadeza, pero noto como va aumentando tu ritmo y cada vez los agarras más y más fuerte.
Mi respiración empieza a dejarse notar, y no es para menos, estás dejando salir una serie de gemidos que me indican el momento en el que no voy a poder frenarme. Y lo consigues, siempre lo haces, y cuando llego a ese punto en el que ya no puedo más, tus ojos me ven disfrutar, se que te gusta verme hacerlo.
Permíteme incorporar y ponerme de pie porque ahora te toca a ti sentir lo que me has dado. Siente mis labios ¿los notas? Están bajando suavemente, recorriendo tu cuerpo, ya sabes hacia donde me dirijo, y donde tú quieres que vayan. Ponte cómoda, es tu momento. Te acaricio y de repente, notas la humedad de mi lengua en tu vagina que cada vez está más húmeda y expectante. Recorro con mi lengua su pequeños labios y comienzo a besar la puntita de tu clítoris que se endurece ante mi contacto. Notas como penetra en mi boca, despacio, seguimos sin prisa. Pero mi ritmo aumenta, ahora soy yo el que te conduce.
No te estoy mirando, pero sé que tus ojos están viéndome. Se cierran, y lo hacen porque te estás dejando embriagar por la excitación ¿lo notas ahora? ¿Me notas ahora? Cada vez es más profundo, y más rápido, y más profundo. Siente como mi lengua te recorre, nota mis manos acariciar tus nalgas, quiero que aprecies como las presiono, un poco más fuerte, y un poco más rápido y... Ya noto tu sabor, estoy sintiendo como mi boca se inunda de ti, sabes que lo deseo, no te avergueces, puedes estar tranquila.
¿Quieres ponerte encima? Sí, déjame sentir el peso de tu cuerpo. Mira como te penetro, muy despacio, suavemente, y despés te jalo hacia a mi para poder adentrarme hasta lo más profundo de tu ser. Entonces empiezas a bailar. Tu movimiento se va compenetrando con el mío y bailamos sin parar muchas melodías, hasta que la luz de la luna se funde como nosotros lo hacemos, estallando con el rayito de sol que nos anuncia que ha llegado la mañana.
Después de un rato, te acuestas a mi lado, abres las piernas y vuelves a llamarme. Sabes que no puedo controlarme, y te empiezo a cablagar hasta que tu alma me grita que ya no me detenga. Entonces desfallezco y me acomodo junto a ti, abrimos los ojos hasta que nuestra mirada se pierde en la penumbra del amanecer, mientras apoyas tu cabeza entre mi pecho y al unir nuestros labios nos quedamos juntitos profundamente dormidos entre el azul perdido de la vieja casona.

martes, 17 de marzo de 2009




Cuando estoy cerca de ti

en ese momento perenne;

donde no hay reloj ni tiempo

entre las lunas traviesas

y el espacio inmenso.
En ese preciso instante

se aviva un fuego que arde en mi boca

desde la esquina de mis labios.
Ahí, abraza la lumbre en el antojo de un beso

y cobija el anhelo del deliro de la pasión.
Que emana desde el principio

desde... antes de todo.
Entonces, mi cuerpo se perfuma

con tu olor de mujer

Y destila un aroma: a tierra mojada,

de esos días lluviosos,

a la hierba recién regada,

a cultivo de flores,

en plena primavera.
Al sabor de la brisa del mar

y árboles frutales.
¡Y se atrapa en la esencia de un alma enamorada!

ESTA NOCHE


Envuelveme en un suspiro
con una melodía angelical.
Llévame a un pasaje ancestral,
donde sólo habitemos tu y yo.
Olvidémonos del mundo y amémonos.
Amémonos sólo amémonos
tan intensamente…
como el cauce al río
como el río a la corriente.
Tómame y hazme vibrar.
Que cada poro de mi piel
sienta las gotas de tú vida.

Te recostaré entre madreselvas
y en una alfombra de jazmín mullido
te haré el amor,
cuerpo a cuerpo…
boca a boca
poro a poro
hasta que lleguemos a enloquecer



En estos tiempos de desconfianza y miedo total
aparezco yo, soy sólo una persona que escribe
sin mas búsqueda que llegar a tu corazón
sin más anhelo que poder alcanzar un sueño
acariciar suavemente tus pensamientos
liberar , tus emociones, que sientas y vibres
que dejes escapar esa risa que escandaliza
que bailes la música que llevas dentro
que me permitas vivir en un rincón de tus cosas
en un espacio donde pones lo que en algún momento
necesitas, ser un instrumento de fuerza, o ternura
la mano que busque tu mano, cuando todo parezca estar en contra
La voz que te diga sigue no ha terminado aun el camino
Sueña y quizá me platiques un día , que lograste ver la soledad
y no te invadió el miedo, ni la tristeza
No soy nada y quizás ni me necesites
Pero para mí, si eres indispensable
Y sí te necesito, por favor

...sigue aquí

jueves, 5 de marzo de 2009

A UNOS OJOS TRISTES









Ayer sin esperarlo me pediste


que te hablara de tus ojos


de esos ojos que parecen


los de un angelito triste.


Pero ¿cómo poder describirte


lo que me piden tus labios?


porque eso es imposibe


aunque yo fuera el más sabio


¿Qué parecen dos soles


alumbrando el firmamento?


¿que cantan cuando los abres


y dan paz a mi lamento?


¿que son ardientes y cautivan


como un bello juramento?


¿Cómo poder describir a esos ojos


que confiesan tus antojos


o descubren tus enojos


que me glosan tu dolor


que me infunden tu alegría,


que me lloran tu agonía


o me inundan de tu amor?


Son dos ojos que me alumbran o me ciegan,


me curan o me maltratan


me acarician o me matan


me conocen o me niegan.


Tienen tus ojos el don


de alegrarme o entristecerme,


consolarme o conmoverme,


y es porque tus ojos son


ojos que saben hablar,


luceros que saben reír,


ojos que saben herir


llamas que saben besar;


soles que hielan o abrasan


y que, con nieve o calor


mitigan mi gran dolor


¿Como podría hablar de ellos


cuando de su limpia hondura


descorren al fin su velo,


reflejando la luz del cielo


sobre el mar de tu ternura,


y me hundo feliz en él,


y tan dulce me parece,


que mi vida se adormece


en su mirada de miel?


Siento un placer inefable


si en tus miradas tranquilas


descubro, tras tus pupilas,


un camino interminable


rodeado de bellas flores,


pero aunque tuvieran abrojos,


quiero internarme en tus ojos


en busca de tus amores.


Nunca podré describir


la luz de tus ojos tristes


que han marcado mi camino


aunque a lo lejos se ecuentren


aunque nunca pueda verlos


aunque no pueda besarlos


aunque lo pidas de nuevo.


Tus ojos son tan bellos


tan profundos como el mar


y aunque nunca puda verlos


en ellos me quiero ahogar.




Francisco Pardavé