lunes, 28 de septiembre de 2009

NO ES POR QUE ESTOY SOLO




Amor mío, sabes bien
que no te extraño aunque estoy solo;
la verdad es que no pienso en ti porque te quise
ni porque me hieres ni me mentiste.

Quiero que sepas que no me urge el amor,
no me importa;
y no es que sólo quiera tenerte
mi razón es que mi garganta y ojos fatigados
se secaron cuando tú te fuiste.

Te escribo con ésta lámpara sin luz
en una mesa de noche sin tu libro
he pasado días enteros sin tu voz
y largas noches sin tu abrigo.

Atrás está el patio sin tu ropa
mi salita principal siempre vacía
la ventana sin tu silueta dibujada
mi sombra esperando por la tuya.

Son estas tardes eternas en tu espera
mis madrugadas son insomnios por tu arribo
espero la humedad de mis besos sin tu boca
y el calor de tu cuerpo junto a
l mío.

No necesito quererte, no me hace falta
ya no me importas ni interesas
yo podría seguir viviendo sin que seas mía.
sin extrañar tus labios porque no me besas

Pero dime ¿Qué hago ahora
con esa mesa, con esa lámpara,
con ese patio y esta ventana?
¿Dónde guardo mi sombra?
¿Dónde la espera?
¿Qué hago ahora con mi garganta?
¿Con estos besos, con esa puerta?
¿y con mis insomnios en la madrugada?



jueves, 10 de septiembre de 2009

¿CASUALIDAD?




Créeme amor, nada ocurre por casualidad.
Qué yo te haya buscado y que tú hayas aparecido
como un rayo de luz entre la gente,
ya estaba escrito en la ruta de nuestro destino.

Tenía que haber sido un día cualquiera
de cualquier año,
estaba listo para llorar y desvelarme
y sufrir tu amor o el desengaño.

En un primer momento me diste una sonrisa
y luego un apretón de manos,
sentí tu mano en la mía,
y al instante supe cuanto te amaría.

Mi voz tembló y no pude decir
lo que sentía, no se que dije
pero se que te pedí que fueras mía.

Al encontrarte se esfumó mi orfandad,
te convertiste en mi sol, lluvia y viento.

Eres mi soñar, mi sentimiento
eres yo mismo, mi otra mitad.

Eres mi pena y mi alegría
estás en mi en cada palabra que pronuncio,
en cada gesto evoco tu nombre
y a través de la sangre
que corre por mis venas llegas a mi
y te transformas en mi musa inspiradora,
en mi amiga, compañera, mi amante,
grabada en mi corazón con un hierro candente.

Tú que me llenas pensamiento, boca y sexo,
no entiendo todavía como te perdí, ni como podré
volver a encontrarte.

F. PARDAVÉ

jueves, 20 de agosto de 2009

BESAME EN LA BOCA



Bésame despacio,


tan suave como el murmullo de las hojas,


tan fuerte como la ola


que entrega su vida ante una roca,


tan débil como el claro de luna


que ésta noche nos arropa.




Bésame así


sin ataduras, sin miedo al impacto,


con la fragilidad que encierra un niño,


con la seguridad de quien llega a su nido.




Bésame de nuevo,


una y otra vez,


quédate a vivir en mis labios,


adhiérete a ellos, y descubre


que bajo la nieve de tu ausencia


sepultada se encuentra


la granada de mi pasión.




Bésame mucho amor,


bésame la vida y cuando amanezca,


arrójame a la muerte con tu partida.


lunes, 6 de julio de 2009

DESDE ACAPULCO





- ¡Hola!. Seguramente ya no te acuerdas de mí, soy Lucía, acabo de llegar a México a pasar mis vacaciones. Necesito verte con urgencia. Te espero esta noche...

Javier acudió a la cita con expectación y curiosidad. "Después de cinco años en el extranjero, debe de venir muy cambiada, más mujer, más preparada y, con seguridad, viene dispuesta a correr una aventura conmigo" -pensó Javier, quien apenas reconoció el color verde de los ojos de la muchacha, que se perdían entre su rostro blanquísimo. Luego recorrió con la vista sus caderas y piernas redondas y se detuvo a observar su bien desarrollado busto.

Lucía subió al coche y sin decir palabra le echó las manos al cuello y lo comenzó a besar. Javier, sorprendido, se dejaba querer. Al poco rato respondió a sus besos, mientras sus manos se deslizaban curiosas por debajo de la blusa. Parecía como si sus dedos tuvieran ojos -como ella le dijo.

Con la respiración agitada, la mujer le murmuró al oído:

- He regresado con el único objeto de estar contigo, quiero que me lleves a Acapulco....

Después de registrarse en uno de los hoteles del puerto, se dirigieron al anochecer, hacia la pequeña y solitaria playa que estaba junto al hotel. Extasiados por el bello atardecer y la calidez de las aguas, se desnudaron completamente y se tendieron en la arena.

Luego y tras un frenético ataque, Javier trató de penetrarla. Ella dejó escapar un leve quejido mientras sus ojos trataban de contener el llanto.

- ¿Qué te sucede? -preguntó Javier, ¿no estás agusto conmigo?

Ella le contestó fingiendo una sonrisa.

- ¿No te has dado cuenta que tú eres el primer hombre en mi vida? Tomé la decisión de entregarme a ti, después de haber sido acosada allá en el Canadá por muchos hombres, pero no sabes cuanto extrañaba tus caricias y tus besos. Sabía que de no hacerlo contigo, no lo podría hacer con nadie.

Javier la miró atónito, cambió de actitud y con toda delicadeza comenzó a entreabrir esa flor que con tanta ternura se le entregaba.

Ella, confusa y sin fuerzas dejo de resistirse. Notaba cómo una ola se retiraba y veía que otra rodeaba sus espaldas acariciando sus cabellos mientras salpicaba y refrescaba sus endurecidos pezones. El agua fresca hacia milagrosamente natural aquel maravilloso acto de amor, enmedio de la arrogante y perfumada naturaleza, que le daba los medios para cruzar la temida frontera y ella la cruzó.

Lo que antes era doloroso se hizo placentero y envió un gozo poderoso y voluptuoso hacia las venas de su corazón y las de más abajo.

Así, sobre la arena dura y húmeda, aplaudida por las olas, ella sucumbió a una cópula hasta entonces inimaginada. Todo su cuerpo se animó con el milagro de ver perdida su virginidad; miró nebulosamente a su hombre, como si alzara la vista hacia una criatura celestial. Sin querer, compadeció de pronto a todas las mujeres que nunca habían rebasado aquella dimensión de pura dicha, aquellas pobres hembras que vivirían o morirían si haber conocido lo que ella ya conocía y la apenó no poder hacerlas participes del goce supremo que la embargaba...

De pronto, dejó de importarle todo cuanto sucediese en la tierra, salvo ella y aquel hombre. Lo abrazó, lo poseyó con locura, y por el último gemido que escapaba por su garganta, estuvo segura de que ella también había escapado hacia la libertad plena de su mente, de su cuerpo y de su sexo.


SALUDOS

FRANCISCO PARDAVE

viernes, 3 de julio de 2009

ME VESTIRE DE LUZ






ME VESTIRÉ DE LUZ

DESHOJARE MI CUERPO

DE PREOCUPACIONES Y SUFRIMIENTOS,

LANZANDO AL SABIO VIENTO

MI DESTINO Y MI VIEJO ALIENTO.

ME VESTIRÉ DE LUZ

DESPOJÁNDOME DE TRAPOS VIEJOS

Y VIAJARE MUY LEJOS

DONDE NO EXISTE REGRESO.

MI CUERPO SERA LIVIANO

MI CORAZÓN LIBRE Y BIEN AMADO,

LA VIDA QUE HASTA AHORA

ME HA ACOMPAÑADO

QUEDARA LIBRE ME MI

PORQUE YO LA HABRE ENTERRADO.

SERA UN SUEÑO DE LUZ

UN MUNDO PROFUNDO

SIN RESTRICCIONES,

DONDE NO EXISTEN LIMITACIONES

NI TORPES EXCUSAS

DE ABSURDAS RAZONES.

ME VESTIRÉ DE LUZ

Y VOLARE SIN SENSACIONES,

Y ENCONTRARE ALLÍ

CASCADAS DE AMOR,

Y PAZ EN LOS CORAZONES

miércoles, 1 de julio de 2009

EN LA ARENA JUNTO AL MAR





En la arena junto al mar

Aquí, tendidos en la arena

te invito a disfrutar de este grandioso atardecer

que incita a poseernos en forma tan intensa

que al mar y al cielo les provoque envidia.


Aquí sobre la tibia arena

nuestro amor será como esas olas

que se incrustan en las rocas

en un vaivén incesante,

interminable que va y que viene

y nunca se detiene.


Imagina que estás dentro de un sueño

del cual no puedes despertar

y siente mis besos

que van escalando tu ondulante espalda

mientras mis manos recorren palmo a palmo

tu cuerpo de cristal.


Permíteme arrullarte con movimientos suaves,

lenta, muy lentamente,

para después como esas aves

que se elevan hacia el cielo

descender como un relámpago

hasta tu más íntima oquedad.


Entonces deja libre tus instintos

y permite que estalle la lava del volcán

que llevas dentro

para que juntos nos fuguemos

hacia la eterna inmensidad.


Luego abandonemos nuestros cuerpos

para convertirnos en montículos de arena,

en delfines navegantes,

en palmeras ondulantes

o en dos olas burbujeantes

que se bañan en el mar.


lunes, 15 de junio de 2009

LA SEÑAL





Una lluviosa noche de mayo, me encontraba tomando copas con algunos amigos en un bar donde un trío amenizaba la reunión. Fue entonces cuando te vi llegar acompañada de un grupo de personas que irrumpieron el lugar en tono alegre y festivo.

A tu llegada fui abandonando la abulia que me invadía al haber aceptado la invitación de mis amigos, que casi a rastras me habían hecho salir de mi casa.

Al principio a la par que oías las canciones y la charla de tus amigas, las hacías creer que no estabas aburrida. De la misma forma, yo también me cubría con un disfraz de algarabía, mientras en el fondo me sentía profundamente fastidiado.

Se que mirar fijamente a las personas es una muestra de malacrianza, pero yo ya no podía apartar mis ojos de los tuyos. Al sentir el calor de mi contemplación, fijaste tus pupilas en las mías y levantando suavemente tu copa con una casi imperceptible sonrisa me dijiste “salud”. Luego volteaste tu cara y fingiendo indeferencia volviste a reanudar la plática con tus acompañantes.

En mi mesa yo también me puse a conversar con mis amigos, quienes no perdían la ocasión de pedir más bebidas y de vez en cuando voltear a ver a una mujer sentada en otra mesa.¿Quién de tu y yo fue el que dio el primer paso? Sólo se que al volver a mirarte, te levantaste de la mesa y moviendo los pechos sin sostén y apenas cubiertos por tu camisa de seda, te dirigiste hacia los sanitarios mientras tu perfume me impulsaba a seguirte por esos pasillos apenas iluminados.

Al salir del baño me encontraste de frente y sin decir palabra te colgaste de mi cuello haciéndome apreciar lo punzante de tus senos. Al sentirte apretada contra mí, casi en vilo te llevé hasta lo más profundo del salón y sin soltarte te recargué sobre uno de los sombríos muros. Al instante nuestras manos se volvieron alas y al tiempo que me desabrochabas la bragueta, de un solo tirón te bajé las pantaletas. En nuestro frenético combate apenas pudiste decir: -me llamo Rosa ¿Y tú? Yo apenas podía respirar cuando te dije: Soy Hugo.

Después de pronunciar nuestros nombres, explotamos de pasión ahogando nuestros gritos, mientras el trío concluía su romántica canción.

Al encenderse las luces, uno siguiendo al otro, como dos desconocidos nos regresamos al salón a reunirnos con nuestros respectivos amigos.

Después de un rato, me despedí de mi grupo pretextando que me dolía un poco la cabeza. Al pasar junto a tu mesa disimuladamente, puse entre tus manos el papelito donde había apuntado la dirección y el teléfono de mi domicilio, con la esperanza de que pudieras ponerte en contacto conmigo. Llegué a mi casa y aun sintiendo el aroma de tu cuerpo me tendí sobre la cama y me quedé dormido......El insistente ring, ring del teléfono me despertó.

Vi de reojo el despertador: ¡las doce del día!

- Bueno ¿quién habla?

- Soy Rosa. Voy para allá

Sin pensarlo un instante me puse de pie y me di un refrescante baño mientras tarareaba bajo la canción de la noche anterior:

“....Más si quieres que hablemos de amor… vamos a quedarnos callados…”

Me afeité rápidamente y arreglé la cama y el desorden de mi habitación…

Ella empujó la puerta y se quedó mirándome: pese a mis más de cincuenta años era todavía un hombre atractivo, donde algunos mechones pintados de gris resaltaban lo bronceado de mi rostro. Mí vientre aún bastante plano, se desvanecía ante un torso fuerte y mis ojos claros te veían con esa mirada penetrante que traspasaba tu delgada y transparente blusa…………


...Él avanzó hacia ella y la cubrió de besos mientras sus ágiles manos la iban despojando de todas sus vestiduras. Veía como iban apareciendo las redondeces y bordes de sus carnes. Cuando la despojó de sus finas bragas, distinguió un fino vello que apenas cubría el vértice donde confluían sus dos marfilinas piernas.

Sin embargo y pese a la monumental escultura, él le beso los pies. Ella, estirando sus finos brazos saco de su bolso un preservativo y, por primera vez, se lo colocó a alguien. Mientras iba desenrollando el látex, pensaba que sentiría al ser penetrada por esa lubricada membrana. Él se dejo cubrir, para después comenzar a penetrarla siguiendo el ritmo que el cuerpo de Rosa iba marcando. Había veces que ella se movía como excelsa bailarina de ballet y otras como ruda deportista que se aproximaba a la meta de la victoria. Él veía sus ojos que a veces se achicaban y otras, se abrían desmesuradamente. Ella oía el rumor de las palabras que la hacían cimbrar hasta lo más profundo de sus raíces.

Después de la ardiente explosión de sus sexos, permanecieron abrazados durante muchas horas. Luego se levantaron completamente desnudos, abrieron la ventana y se pusieron a contemplar el paisaje, hasta que las penumbras de la tarde fueron convirtiendo sus cuerpos en sombras de la noche...

El no podía creer que ella estuviera junto a él totalmente desnuda, con ese cuerpo perfecto que lo invitaba a acariciarlo. Y su voz, ¡cómo no hacer caso a esa dulce y al mismo tiempo ardiente voz que le pedía que la siguiera!

- Ven, dijo ella. Espérame un ratito en el baño. Te quiero dar una sorpresa....

“Odio las sorpresas”, pensó él mientras se sentía ridículo, desnudo, sentado sobre la tapa del excusado y contando los minutos, pensando en alguna travesura de la mujer, o tal vez que tuviera que pasar toda la noche en esa posición, mientras que ella tal vez ya se hubiera marchado a su casa. Entonces levantó la voz para ahuyentar toda sospecha.

- Si no te apuras, salgo.

Al no obtener respuesta, abrió la puerta. Hugo vio el recorte de la figura de Rosa apoyada sobre la ventana. Era ella, no cabía duda, escuchaba su risa, y sentía el perfume que emanaba de su cuerpo. Empero, su piel no brillaba, se percibía como si algo le hubiera cubierto el cuerpo.

Ella prendió la luz.

Los dos se miraron de frente:

Estaba vestida con las ropas de él, que desajustaban las formas de su cuerpo.

Rosita le abrió los brazos para que la viera.

Hugo no pudo disfrutar de la sorpresa porque ella tomó su brasier y se lo puso a él, después tomó su diminuta tanga oscura y se la colocó muy despacio tratando de cubrir lo que quedaba grande. Luego, fingiendo ser él, trató de engrosar el tono de la voz ordenándole que se hincara. Con firmeza acarició sus tetillas y apartó la diminuta cinta que separaba sus nalgas. Luego, le habló con una voz muy suave, le dijo que le iba a gustar, que la dejara hacer, que lo iba a ser muy feliz y le pedía una prueba de amor, verás que no te va a doler. Entonces lo soltó y se desvistió completamente.

- Acompáñame al baño.Comenzó a pasarle el jabón por todo el cuerpo, le lavó los pies, le besó los tobillos, le introdujo la toallita entre las axilas. Volteándolo, le lavó acuciosamente la nuca y la espalda. Sin prisas y sin pausas continuó bajando, para metiendo las manos entre sus nalgas, frotar el pene de Hugo desde atrás.

Él se dejaba hacer, pensando que jamás alguien lo trataría de esa manera.

- Gracias, dijo ella. Me estás enseñando a ser mujer.

El no contestó porque de eso no estaba seguro.

¿Quién enseñaba a quién?

Salieron del baño y se tumbaron sobre la cama.

Ella se subió sobre él, mientras Hugo acariciaba sus filosos y carnosos pechos, introduciendo en su vagina el renovado miembro. Después, Rosa comenzó a danzar sentada arriba de él y mientras elevaba los brazos hacia el cielo, comenzó a sentir como que una ardiente e incontenible corriente inundaba lo más profundo de sus entrañas. Hugo sólo alcanzó a decir “te quiero” cuando la joven cantaba despacito en sus oídos:

“Luego en la intimidad, sin complejos del bien ni del mal, en tu pelo travieso que peinan mis besos me darás la señal”


Saludos


FRANCISCO

miércoles, 3 de junio de 2009

ASESINO




Recuerdo la primera vez que la vi en aquella concurrida estación del metro. Estaba caminando por los andenes como si estuviera extraviada. Luego pasó junto a mí, mientras mis ojos se desviaban tratando de ocultar su turbación; no obstante, su perfume me hizo levantarlos: demasiado tarde, sólo logré ver su espalda alejándose.
A partir de entonces se convirtió en algo inalcanzable y un deseo de matarla se fue apoderando cada vez más de mí.
Entonces me propuse dejar de visitar la estación y de nuevo su imagen velada hizo renacer mis perversos instintos. Sus ojos, sólo por una vez querían ver sus ojos. Esa mañana al regresar a la estación, entré dispuesto a encontrarme una vez más con esa sombra que me enardecía. Pero hoy no la encontré, sólo estábamos yo, la estación vacía y el tic tac de mi viejo reloj. Me apoyé en el mismo muro y me perdí en el tiempo, no recuerdo cuánto, hasta que una brisa cálida rozó mi cara…Y al levantar los ojos la vi, pero ya no estaba de espaldas. Frente a mí con la cabeza erguida y el pelo recogido sobre los bordes de su cara, me miraba. Magda lucía un bello rostro, pese a los embates de la edad: de ojos grandes, labios carnosos y pelo agresivamente rubio. Era una belleza insolente, a mitad del camino entre lo frívolo y la perversidad. Al verme sonrió y dio la media vuelta. Yo la seguí y al salir de la estación se introdujo en un concurrido café de la zona.. Decidida se acercó a la barra y pidió un vaso de whisky.
-No es el mejor modo de combatir la ansiedad, ­dije.
Me miró y me volvió a sonreír levemente.
-­ ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
-No hay más que verte.
-¿Psicólogo?
-­ Curioso.
Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Magdalena y que era argentina .
- Colombiano, ­mentí.
Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
- Si quieres otra bebida y una deliciosa cena te invitó.
- ¿Y si no?­, preguntó.
- Te espero a las nueve en este mismo restaurante, casi le ordené.
La vi marcharse. Esa mujer me gustaba más de la cuenta, pero aún así, tenía que matarla. Pensé que un tequila doble expulsaría este mal pensamiento compasivo. Lo bebí de un trago, pero ella me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Fui a mi casa y me acosté teniendo cuidado en que sonara el despertador poco después de las ocho.
Llegó puntual, virtud infrecuente en las mujeres maduras y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. ­
- Magnífica, le­ dije por todo saludo y llamé al capitán. Fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita cena acompañada de espumoso champagne, iba a ser su última cena y merecía lo mejor. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión y un desengaño amoroso.. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
Después de esa magnífica velada, decidimos ir a mi casa. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la tenue luz de la luna; ya nada me importaba, toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, cuidados y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino, al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Después del amor, pensé que era una pena quitar al mundo a una mujer así; la abracé casi con cariño y se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en lo contradictorio de la situación. Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si quería acompañarme al día siguiente a conocer unas misteriosas Grutas. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
Al día siguiente tomé un café sin azúcar y pasé por ella. En las impresionantes cavernas nos mezclamos con un heterogéneo contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una caverna que se prolongaba por varios kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.
Conseguí que marcháramos hasta atrás de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Sonreí al pensar que no me había equivocado en el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo. Pensé que ese cuerpo iba a ser el de Magda y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de tomarle una fotografía. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí un supuesto estuche fotográfico donde llevaba el arma.
- Aquí no se pueden sacar fotos ­bromeó.
- ­No pienso sacar fotos ­dije.
- ­No entiendo, ­dijo con espanto. ­Hay un error. Tiene que haber un error.
Por respuesta hundí el puñal en su cuello. Ella intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. De su boca brotó un inmenso borbotón de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con algunas piedras. Me sacudí las manos y la ropa, y caminé hacia donde estaba el contingente.
Nadie reparó en su ausencia.
Al regresar a mi casa tuve tiempo de afeitar mi barba y deshacerme del resto de las pruebas. Por la noche, al salir de nuevo a la calle oí una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.
- Me llamo Magdalena y he venido por ti­.
Al mirarla comprendí que pronto tendría que pagar por todos mis crímenes.
-Vamos pues –le dije y le tendí la mano----
Saludos
Francisco Pardavé

lunes, 25 de mayo de 2009

TENGO FRIO






¿Qué estará pasando con mi cuerpo que casi siempre tengo frío?

Se que no soy insensible como el hielo,
pera tal vez al contener mis ansias se está congelando mi cuerpo.
Siento el gélido ambiente desgarrando mi piel, calando mis huesos,
hay veces que hasta la respiración se me congela.

Un invierno prematuro baña mi cuerpo
intentando entrar hasta en mis cálidos ensueños.
Mis manos heladas se refugian en mis piernas
pretendiendo en vano infundirles calor,
mientras la ropa que cubre mi cuerpo
en lugar de calentarme me entumece.

Mis pobres pies descalzos al tocar el suelo,
son martirizados por las congeladas baldosas
que los traspasan como lanzas de hielo.
Mis dientes crepitan y mis ojos parpadean incesantemente
cómo faros ciegos buscando la luz.

Entonces mi desfallecido cuerpo
busca un rincón donde refugiarse,
en la espera de que vuelvas a estrechar mis manos
y a mirarme con esos ojos de fuego
que encienden mis ansias.

Luego, quedo a la expectativa
de que vuelvas a quemar mis labios
con la lava de volcán que te arrebata,
que me cubras ardorosamente con tus brazos
y que me cinceles con la punta de tus pechos
rompiendo esa costra de escarcha incrustada en mi cuerpo.

No tardes amor quítame el frío.

Francisco Pardavé

jueves, 7 de mayo de 2009

LAURA



Los ruidos de la cocina parecían querer derribar las paredes del apretado cuarto, más allá; la siempre insolente voz de su señora daba órdenes a los niños recién llegados de la escuela. Como fondo, el volumen de la televisión a todo lo alto, reproduciendo las voces agudas de los personajes de una caricatura, y, por si fuera poco, la radio lanzaba hacia todas partes, los chismes y diretes de un programa dirigido a las señoras.
"¿Qué estoy haciendo aquí?" -se preguntó Javier, mientras esperaba la hora de la comida, para después, con algún pretexto, emprender la graciosa huida hacia la calle.
Arrancó el automóvil y se dirigió hacia la tienda comercial donde habitualmente hacia las compras de la casa; de pronto, sintió una imperiosa necesidad de voltear la cara: vio la figura que se le aproximaba paso a paso. Trató de observar el rostro que apenas se asomaba por entre los enormes lentes oscuros, el pelo antes largo, ahora sólo llegaba hasta la altura de la nuca.
- ¡Hola Laura! -gritó Javier-.
Ella se detuvo y lo miró a través de las gafas.
Instintivamente trató de seguir caminando, pero sus piernas se negaron a obedecerla. Quiso sonreír, pero sus labios sólo dibujaron una mueca indefinible.
Casi como autómata, estiró el brazo y estrechó la mano que se le extendía. Un poco más calmada miró aquellos ojos que la veían con avidez y notó las bolsas y arrugas que los enmarcaban. Parecían los mismos que la miraban en aquellas penumbras de los cuartuchos de los hoteles donde se refugiaban para hacer el amor. Ojos que habían conocido todos los rincones de su piel. Esos ojos de ardientes que se cegaban cuando brotaba el torrente incontenible de su sexo. Aquellos ojos que llenos de lágrimas la habían seguido cuando se dijeron el adiós.
- Disculpa Javier, es que no te había reconocido. Estás un poco cambiado. ¡Te dejaste crecer el bigote! -la voz de Laura salía cada vez más fluidamente- ¡Qué gusto de verte, te ves muy bien, no pensé volver a encontrarte!
Laura se ruborizó al terminar la frase y pensó: "¿Cuántas veces había tratado de llamarlo?". Sobre todo, aquellas noches cuando su esposo se encontraba ausente y cuando, a solas, se retorcía sobre la cama, añorando aquella boca voraz que había aprendido a deslizarse en los rincones más húmedos de su cuerpo.
No sólo había deseado volverlo a ver, sino hasta había ensayado frases para cuando esto ocurriera: "te extraño, perdóname, no puedo vivir sin ti". A veces, al observarse ante el espejo, imaginaba que a lo mejor Javier no notaría las estrías que surcaban su cintura. Veía su cuerpo como si Javier fuera el que la estuviera viendo, lo mostraba sin ningún pudor y advertía con satisfacción que la línea del busto se mantenía aún firme y, que incluso, había aumentado de volumen.
Javier la miraba sin decir palabra, y al ver su rostro se le vino a la mente y a la entrepierna, el calor que siempre había sentido cuando estaba junto a ella. Era una sensación que no podía atenuar, incluso hasta después de hacerle el amor le acompañaba a su casa. Se amaban con verdadera pasión, porque los dos sabían que en cualquier momento todo se acabaría. Ella estaba a punto de casarse con un hombre al que no quería, pero que le ofrecía una seguridad que él no podía darle.
Javier la había bautizado como Laura, para que nadie la llamara con ese nombre, era su señal y su secreto. La última vez que habían estado juntos Laura le pidió un favor: "Quiero que tu esposa y tú sean mis padrinos de lazo; así me haré las ilusiones de que me estoy casando contigo". Luego, en la recepción pudieron disimular algunos brindis solitarios y algunos roces imperceptibles que con muchos pretextos se estuvieron dando. Luego, con su mujer y en medio de los bocinazos de muchos autos, la habían escoltado hasta el aeropuerto.
Cuando volvió a la realidad, Javier insistió en acompañarla. Ella subió al auto y se acomodó en el asiento delantero - era el mismo en el que se recostaba cuando regresaban a su casa -. Vio los libros y papeles regados en la parte de atrás y la negra sombrilla aventada sobre la repisa del cristal posterior.
- Si quieres háblame por teléfono -dijo Javier-, cuando la mujer le pidió que detuviera el carro. Ya sabes mi número.
Laura, sin despedirse, se puso los lentes negros y echó a caminar sobre el concreto hirviente por el sol del medio día. Cuando sintió que la mirada de Javier ya no la seguía, apresuró el paso y se sentó en medio de los matorrales de un polvoso jardín que se encontró de repente. "Siempre he sido una cobarde -se dijo-, no fui capaz de defender el amor de Javier y ahora no me atreví a volver a estar entre sus brazos. Ni modo".
Javier arrancó el coche y empezó a cruzar aquel bosque partido en mil pedazos por calles y fraccionamientos a medio terminar. En una esquina se sintió invadido por una marabunta de vendedores y unos niños que trataban de limpiar los parabrisas de los automóviles; muchos conductores los apartaban con señas, con palabras malsonantes o de plano aventándoles los carros. Otros, sin embargo, eran sorprendidos y en un instante tenían embadurnados los cristales con una substancia jabonosa, la que era limpiada a veces hasta por dos o tres jovenzuelos que tenían medido el tiempo en que saltaba la luz roja a la verde.
Pinches escuincles, ya me chingaron -murmuró Javier- mientras sacaba unas monedas de la bolsa. Más adelante, cruzó la zona del “peñón”, donde se arremolinaban autos y camiones; unos intentaban dar vuelta hacia el aeropuerto y otros pretendían introducirse en el viaducto. En otro semáforo vendían flores o billetes de lotería. Le compró una rosa a su mujer, para pretextar que había estado pensando en ella..........

sábado, 25 de abril de 2009

UNA NOCHE DE AMOR




Entramos a la antigua casa de campo donde nos alojamos, ahí hay un gran salón con chimenea, una vieja y sólida mesa de madera con algunas sillas.
Pasamos al dormitorio donde aprieto tu cuerpo al mio con firmesa pero sin brusquedad, tu barbilla en mi hombro, mi nariz entre mi pelo, cierras tus tristes ojos cuando mis manos roderon tu cintura.
Después te digo bésame...¡No, mejor no lo hagas! Porque en el momento en que tus labios rocen los míos ya no voy a poder frenar el deseo. Demasiado tarde, ya lo has hecho, a partir de ahora es mi cuerpo quien manda y quien dirije todos mis movimientos. Mi cabeza deja de funcionar.
Comienzo a notar que uno de mis muslos esta rozado por las yemas de tus dedos. Pero tú también estás respondiendo a mis caricias porque me aprisionas entre tus brazos y aprietas tu cintura contra la mía, que se descontrola.
Me vuelves a mirar, me miras mientras tus manos desabrochan el ziper de mi pantalón, sin prisa, yo no la tengo, disfruta este momento, quiero que lo hagas, que lo hagamos. Y quiero que me sigas mirando como lo estás haciendo ahora, mientras tu blusa y tu sostén se dejan deslizar sobre tu piel hasta caer sobre la cama.
Tus ojos se van de los míos para ver lo que en este momento me acaricias. Estás rozando toda mi piel, que se eriza al paso de tus dedos y es ahí cuando también decides quitar todo aquello que te impida seguir reconociéndome.
Lo ves en mis ojos, sabes que lo estás haciendo bien y por eso no te detienes. Déjame sentirte, deja que pase mis manos por tus brazos, por tu espalda, déjame sentir tu pecho. Ahí está tu pecho en mi espalda y tus manos paseando por mi vientre, y tus dedos hundidos entre lo oscuro de mi entrepierna. Notas como me voy endureciendo ante tu presencia ¿lo notas? Mi sexo Está duro y erguido, lo estás tratando con delicadeza, pero noto como va aumentando tu ritmo y cada vez los agarras más y más fuerte.
Mi respiración empieza a dejarse notar, y no es para menos, estás dejando salir una serie de gemidos que me indican el momento en el que no voy a poder frenarme. Y lo consigues, siempre lo haces, y cuando llego a ese punto en el que ya no puedo más, tus ojos me ven disfrutar, se que te gusta verme hacerlo.
Permíteme incorporar y ponerme de pie porque ahora te toca a ti sentir lo que me has dado. Siente mis labios ¿los notas? Están bajando suavemente, recorriendo tu cuerpo, ya sabes hacia donde me dirijo, y donde tú quieres que vayan. Ponte cómoda, es tu momento. Te acaricio y de repente, notas la humedad de mi lengua en tu vagina que cada vez está más húmeda y expectante. Recorro con mi lengua su pequeños labios y comienzo a besar la puntita de tu clítoris que se endurece ante mi contacto. Notas como penetra en mi boca, despacio, seguimos sin prisa. Pero mi ritmo aumenta, ahora soy yo el que te conduce.
No te estoy mirando, pero sé que tus ojos están viéndome. Se cierran, y lo hacen porque te estás dejando embriagar por la excitación ¿lo notas ahora? ¿Me notas ahora? Cada vez es más profundo, y más rápido, y más profundo. Siente como mi lengua te recorre, nota mis manos acariciar tus nalgas, quiero que aprecies como las presiono, un poco más fuerte, y un poco más rápido y... Ya noto tu sabor, estoy sintiendo como mi boca se inunda de ti, sabes que lo deseo, no te avergueces, puedes estar tranquila.
¿Quieres ponerte encima? Sí, déjame sentir el peso de tu cuerpo. Mira como te penetro, muy despacio, suavemente, y despés te jalo hacia a mi para poder adentrarme hasta lo más profundo de tu ser. Entonces empiezas a bailar. Tu movimiento se va compenetrando con el mío y bailamos sin parar muchas melodías, hasta que la luz de la luna se funde como nosotros lo hacemos, estallando con el rayito de sol que nos anuncia que ha llegado la mañana.
Después de un rato, te acuestas a mi lado, abres las piernas y vuelves a llamarme. Sabes que no puedo controlarme, y te empiezo a cablagar hasta que tu alma me grita que ya no me detenga. Entonces desfallezco y me acomodo junto a ti, abrimos los ojos hasta que nuestra mirada se pierde en la penumbra del amanecer, mientras apoyas tu cabeza entre mi pecho y al unir nuestros labios nos quedamos juntitos profundamente dormidos entre el azul perdido de la vieja casona.

martes, 17 de marzo de 2009




Cuando estoy cerca de ti

en ese momento perenne;

donde no hay reloj ni tiempo

entre las lunas traviesas

y el espacio inmenso.
En ese preciso instante

se aviva un fuego que arde en mi boca

desde la esquina de mis labios.
Ahí, abraza la lumbre en el antojo de un beso

y cobija el anhelo del deliro de la pasión.
Que emana desde el principio

desde... antes de todo.
Entonces, mi cuerpo se perfuma

con tu olor de mujer

Y destila un aroma: a tierra mojada,

de esos días lluviosos,

a la hierba recién regada,

a cultivo de flores,

en plena primavera.
Al sabor de la brisa del mar

y árboles frutales.
¡Y se atrapa en la esencia de un alma enamorada!

ESTA NOCHE


Envuelveme en un suspiro
con una melodía angelical.
Llévame a un pasaje ancestral,
donde sólo habitemos tu y yo.
Olvidémonos del mundo y amémonos.
Amémonos sólo amémonos
tan intensamente…
como el cauce al río
como el río a la corriente.
Tómame y hazme vibrar.
Que cada poro de mi piel
sienta las gotas de tú vida.

Te recostaré entre madreselvas
y en una alfombra de jazmín mullido
te haré el amor,
cuerpo a cuerpo…
boca a boca
poro a poro
hasta que lleguemos a enloquecer



En estos tiempos de desconfianza y miedo total
aparezco yo, soy sólo una persona que escribe
sin mas búsqueda que llegar a tu corazón
sin más anhelo que poder alcanzar un sueño
acariciar suavemente tus pensamientos
liberar , tus emociones, que sientas y vibres
que dejes escapar esa risa que escandaliza
que bailes la música que llevas dentro
que me permitas vivir en un rincón de tus cosas
en un espacio donde pones lo que en algún momento
necesitas, ser un instrumento de fuerza, o ternura
la mano que busque tu mano, cuando todo parezca estar en contra
La voz que te diga sigue no ha terminado aun el camino
Sueña y quizá me platiques un día , que lograste ver la soledad
y no te invadió el miedo, ni la tristeza
No soy nada y quizás ni me necesites
Pero para mí, si eres indispensable
Y sí te necesito, por favor

...sigue aquí

jueves, 5 de marzo de 2009

A UNOS OJOS TRISTES









Ayer sin esperarlo me pediste


que te hablara de tus ojos


de esos ojos que parecen


los de un angelito triste.


Pero ¿cómo poder describirte


lo que me piden tus labios?


porque eso es imposibe


aunque yo fuera el más sabio


¿Qué parecen dos soles


alumbrando el firmamento?


¿que cantan cuando los abres


y dan paz a mi lamento?


¿que son ardientes y cautivan


como un bello juramento?


¿Cómo poder describir a esos ojos


que confiesan tus antojos


o descubren tus enojos


que me glosan tu dolor


que me infunden tu alegría,


que me lloran tu agonía


o me inundan de tu amor?


Son dos ojos que me alumbran o me ciegan,


me curan o me maltratan


me acarician o me matan


me conocen o me niegan.


Tienen tus ojos el don


de alegrarme o entristecerme,


consolarme o conmoverme,


y es porque tus ojos son


ojos que saben hablar,


luceros que saben reír,


ojos que saben herir


llamas que saben besar;


soles que hielan o abrasan


y que, con nieve o calor


mitigan mi gran dolor


¿Como podría hablar de ellos


cuando de su limpia hondura


descorren al fin su velo,


reflejando la luz del cielo


sobre el mar de tu ternura,


y me hundo feliz en él,


y tan dulce me parece,


que mi vida se adormece


en su mirada de miel?


Siento un placer inefable


si en tus miradas tranquilas


descubro, tras tus pupilas,


un camino interminable


rodeado de bellas flores,


pero aunque tuvieran abrojos,


quiero internarme en tus ojos


en busca de tus amores.


Nunca podré describir


la luz de tus ojos tristes


que han marcado mi camino


aunque a lo lejos se ecuentren


aunque nunca pueda verlos


aunque no pueda besarlos


aunque lo pidas de nuevo.


Tus ojos son tan bellos


tan profundos como el mar


y aunque nunca puda verlos


en ellos me quiero ahogar.




Francisco Pardavé

lunes, 23 de febrero de 2009


Francisco se puso de rodillas frente a ella: era la noche en que sus más anhelados deseos se iban a realizar.
Ella era una muchacha de increíble belleza, de formas exquisitas como un diamante perfectamente pulido, por lo que todos sus conocidos la llamaban Lucero. Le sonrío y sus dientes le brillaron cual perlas; su rostro semejaba un suave óvalo, de una delicada pero absoluta perfección; las pestañas eran largas y relucientes y la piel lisa como el mármol apenas teñida de un pálido reflejo ambarino.
Los cabellos negros hasta el punto de irradiar reflejos azulados, enmarcaban una frente purísima y cuando movía la cabeza sombreaban la luz intensa y suave de sus ojazos de color violeta. Se miraron y un torbellino les envolvió emanando un aura mágica y estremecida, liquida y enrarecida como un sueño matutino.
En ese momento, no existía ya nada para ellos, se desvanecían lejanas las voces de los invitados y la sala estaba como vacía. Sólo la melodía de un violín vagaba por el dilatado y vibrante espacio, entraba en sus almas y en sus cuerpos y hasta en sus voces, voces de lenguas diversas y sin embargo iguales en la música de un sentimiento inefable de un transporte sublime.
Entonces Francisco comprendió que no había amado verdaderamente hasta aquel momento; que solamente había vivido historias de un profunda e intensa pasión, de ardiente lujuria, de afecto, de admiración pero nunca de amor.
Aquello era el amor. Lo que sentía en aquel momento aquel ansia palpitante, aquella sed inextinguible de ella, aquella profunda paz de espíritu y al mismo tiempo aquella inquietud incontrolable aquella felicidad y aquel miedo. Aquel era el amor del que hablaban los poetas, dios invencible y despiadado fuerza ineluctable, delirio de la mente y de los sentidos única posible felicidad.
Entonces olvidó los fantasmas sangrientos del pasado, las angustias y los terrores, y su ansia de trascender hasta el infinito se aplacó y se apagó en la luz de aquellos ojos de color violeta, en aquella divina sonrisa.
Durante el banquete, no hizo más que sostener su mano hablándole en voz baja, al oído. Eran palabras que ella no podía comprender, versos de grandes poetas, imágenes de sueño, invocaciones, palabras de amor.
El alma atormentada buscaba consuelo en la mirada de aquella virgen intacta en el sentimiento de amor, que ahora emanaba de sus manos mientras le acariciaba, de sus ojos cuando le miraban fijamente con un deseo ingenuo y descarado, ardiente y suave al mismo tiempo. Cada respiración suya le alzaba el seno lozano, difundía en sus mejillas un leve rubor y en aquel aliento buscaba a su vez el significado imprevisto y aun en gran medida desconocido, que ardía en deseos de que fuera inimitable y eterno.
Cuando estuvieron solos, ella comenzó a desnudarse con la mirada baja, develando lentamente su cuerpo divino, llenando aquel tosco tálamo con el perfume de su piel y de sus cabellos.
El fue presa de una intensa y profunda emoción, como si se sumergiera en un baño tibio después de haber caminado largamente en medio de una tormenta de nieve y de padecer el hielo, como si bebiera agua cristalina de fresca fuente, después de haber vagado largamente por el desierto, como si se sintiera una vez mas hombre después de haber explorado la mentira, la desilusión y la más profunda soledad. Tenía los ojos relucientes de la emoción cuando la estrechó contra él y notó el contacto de su piel desnuda, cuando busco sus labios inexpertos, cuando le beso el pecho el vientre, la ingle.
Francisco la amó con honda intensidad con total abandono, como no había sentido nunca en toda su vida y cuando sus cuerpos se estremecían en el espasmo supremo, sintió que le derramaba en su vientre la vida, el secreto de aquella energía salvaje que había formado su espíritu invencible, que había soportado las heridas mas espantosas, a costa de haber pisoteado los sentimientos más sagrados, matado la piedad y la compasión.
Y cuando se dejó caer cansado al lado de ella, soñó que se encaminaba por un largo e impracticable camino, bajo un cielo negro hasta las orillas de un océano llano, fijo e inmóvil como una lamina de acero. Pero no tuvo miedo porque el calor de ella, le envolvía como un traje suave, como la felicidad misteriosa de un recuerdo de su infancia.

Saludos
Francisco Pardavé

jueves, 12 de febrero de 2009

AMOR EN SILENCIO



Te esperé toda la vida


hasta perder la esperanza


de saber lo que es amar...


y por fin llegaste a mi vida


a iluminar mi rumbo a borrar mi llanto


y a mitigar mi penar...


Rompiste la monotonía de mi vida


tuve en ti una amiga con quién platicar,


contarte mis cosas, mis íntimos anhelos,


mi infancia perdida, mis ansias de amar...


Y sin darme cuenta,


día a día, te comencé a pensar,


los días eran horas,


las horas minutos,


los minutos segundos sin poder esperar


para volver a verte


y ahora si atrevermea decirte mi verdad...


Que desde que te conozco,


te he amado en silencio


que he deseado tus besos,


y poderte abrazar,


pero tengo miedo, muchísimo miedo,


de decirte te amo... y perderme en tu mirar.


En esos ojos lejanos y tan tristes
en esos labios tuyos que me llenan de ansiedad
y en ese cuerpo altivo
que me excita como el mar.

sábado, 7 de febrero de 2009

HE TOMADO LA PLUMA



He tomado la pluma,
para escribir un poema,
pero hoy mi poema es triste,
porque hay dentro de mi un gran dolor.

Tengo una angustia que quema mi alma
y la noche la siento llorar...
las mañanas son grises,
los pajaros no los siento cantar.

El rumor del mar ha dejado de sonar...
Hoy estoy triste porque me cubre este dolor,
dolor que se aferra a mi vida,
angustia que quema mi ser.

Mi corazón se queja,
por que ama con loca pasión
pero nadie lo sabe comprender.

Es triste mi mirada,
ya no tengo fuerzas
mi cuerpo esta cansado,
porque las lagrímas ,
cubren mi dolor.

Las estrellas se esconden..
El arco iris no luce su esplendor,
es porque hoy estoy triste
y llora mi corazón...

miércoles, 28 de enero de 2009



"Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua".
Julio Cortazar


Hacía veinticuatro horas que había llegado a Buenos Aires para participar durante algunos días de un Congreso Internacional; esto sucedió hace tres años. Había viajado desde México junto a dos colegas y luego de muchas horas de vuelo, llegamos para alojarnos en un conocido hotel de la calle Córdoba.
Ese día fue una jornada muy interesante de disertaciones, paneles y conferencias, eran las cinco de la tarde y decidimos retirarnos para ir a descansar al hotel; acordamos salir a cenar. Creo que el cansancio pudo más, porque cuando me desperté de una profunda siesta, el reloj me indicaba que eran las doce de la noche. No muy preocupado me levanté, y me preparé para salir a disfrutar de la noche... esa noche.
Era una noche lluviosa, caminé casi sin rumbo... típico de los turistas que queremos "comernos Buenos Aires". Llevaba ya más de una hora recorriendo calles y me detuve en un puesto de revistas viejas, a curiosear simplemente. De pronto, escuché una vos muy femenina por cierto, que me interroga: ¿vos sos mexicano? Me doy vuelta y contesto:
-Claro, con una sonrisa cómplice.
Ella tenía unos 25 años: una mirada triste enmarcada por unos ojos aceitunados. Hablamos; en realidad, hablábamos... pero no se muy bien de qué, no podía resistirme a observarla, su cuerpo delgado, pero bien formado me impedía de seguir una conversación "lógica".
Salimos, sin decir nada, rumbo desconocido... la calle Corrientes nos llevaba: Nos presentamos:
-Soy Patricia, me dijo
-Yo Francisco
(Debo reconocer que en un momento me pareció un poco loco todo eso... pero me gustaba ese desafío implícito), hablamos de nosotros y en un momento me dice:
- ¿Estamos cerca de tu hotel?, ¿tomamos algo?
- Desde luego, contesté sin dudar.
Una vez en la habitación tomamos un poco de vino y la luz de una lámpara alejada y la buena música, hicieron que la conversación se tornase cada vez más amena. Ella me contó que trabajaba en una empresa de turismo y de la reciente separación de su esposo y yo le hablé de mi divorcio, de la vida agitada en mi país y de mi gente.
Ya con la tercera copa de vino las miradas eran más insistentes, profundas y cómplices y sin mediar palabras, besé esa boca fina que me respondió con un beso tímido pero inquieto.
Subimos a mi habitación y en breves instantes, nuestros estabamos completamente desnudos y nuestras manos simulaban tentáculos que iban y venían recorriendo cada parte de nuestros cuerpos.
Disfrutamos de más de dos horas de un sexo muy salvaje y desenfrenado... éramos como dos adolescentes descubriendo los placeres de su sexo. Fue un goce infinito, nos hicimos todo, absolutamente todo, el uno al otro... la lámpara de luz tenue, el sillón, la alfombra y los almohadones fueron los cómplices de tanto de pasión.
Nuestras lenguas recorrían la piel y se detenían en aquellas partes pudorosas y prohibidas. Sus manos moldeaban mi miembro, mientras que yo la colmaba de besos y caricias...
Esos cuerpos fundidos y ardientes se desplomaron en la alfombra para seguir danzando en la lujuria, que llevó, como a un volcán en erupción, a derramar sobre los cuerpos mojados y calientes su preciado flujo interno.
Así pasé la noche más excitante que he vivido.
Cuando desperté encontré una nota sobre la mesa de centro que decía:

-Bienvenido a Buenos Aires "che", regreso por la noche…

viernes, 23 de enero de 2009

MALENA






Malena además de ser muy bella e inteligente, era además, la adorada novia de Javier, que entre otras cosas, era mi mejor amigo, algunas veces, me llamaba para que la invitara una copa; entonces, platicábamos un rato y nos olvidábamos de nuestras rutinarias actividades.
Yo no veía en aquello nada anormal, tomando en cuenta que mi amigo Javier, por motivos de su trabajo, viajaba mucho. Por ello, Malena muchas veces se sentía muy sola y tomaba el teléfono para buscar un poco de compañía. Era lógico que siendo yo el mejor amigo de su novio, sintiera la obligación de aceptar.
Regularmente nos encontrábamos en bares y restaurantes del centro de la ciudad, aunque algunas ocasiones asistíamos a unos lugares más lujosos.
Poco a poco me fui dando cuenta que, desgraciadamente, Malena se iba aficionando al alcohol: recuerdo que en los tiempos de estudiante Male, difícilmente se terminaba un vaso de cerveza, pero ahora, era una mujer capaz de vaciar, más de una botella de licor en tan sólo unas cuantas horas. En ese estado y a pesar de que no se caracterizaba por ser una mujer ocurrente a la hora de contar cuentos, siempre recurría al gastado chiste de que una oficinista que no es alcohólica, es prostituta. Personalmente a mi no me
provocaba gracia ya que gran parte de mi círculo de amigas trabajaban en oficinas; es más, la mayor parte de mis relaciones sentimentales se habían trabado con ellas.
Por lo demás, reconocía su esfuerzo por tratar de involucrarse en el difícil acto de hacer reír y terminaba fingiendo que me moría de la risa para no hacerla sentir mal.
Por diversas situaciones dejé de ver a mi amiga durante un año, tiempo en el que obtuvo varios reconocimientos en su trabajo no obstante los crecientes comentarios que aseveraban que las aficiones que Malena había adquirido mientras se alcoholizaba, iban a terminar por hundirla en su trabajo y en sus relaciones personales.
Por motivos de trabajo tuve que irme a vivir a otra ciudad. Ya instalado en Guadalajara, decidí comunicarme con mi amiga para hacerle saber que estaba bien, que no se preocupara por mí y que apenas regresara, yo mismo me encargaría de buscarla para contarle lo que hacía.
Una tarde, al regresar a mi estudio, me encontré una desagradable sorpresa: Malena había ido a visitarme pero estaba muy cambiada. No había perdido aun la belleza que siempre la había caracterizado pero sin duda, su imagen ahora presentaba a una mujer desgastada y acabada por el exceso de alcohol.
Esa noche bebimos hasta perder la conciencia de nuestros actos y al despertarme no recordaba nada, sólo sentía un terrible dolor de cabeza y tenía a Malena a un lado, ambos completamente desnudos.
Tras unos minutos de reflexión, abandoné el lecho decidido a despertarla. Entonces me di cuenta que Male se había aventurado a visitarme segura de que en mi hogar encontraría un lugar en donde quedarse.
Mientras me bañaba, pensé en sugerirle que se instalara en alguno de los hoteles cercanos. Malena despertaba en el momento justo de mi entrada y su primera reacción fue ponerse a llorar mientras me preguntaba si la consideraba una prostituta, conmovido la abracé y dejé que llorara.
-No Male, no lo eres, sólo eres una alcohólica –aclaré. Sólo eso.
Horas más tarde, me confesó que su alcoholismo la había llevado a romper con Javier y que el único verdadero amigo que tenía era yo.
Cuando se hubo serenado, la convencí de que bajáramos a almorzar y tras pensar en lo que se podía hacer para no hacer pesada su estancia en mi casa, ella misma me propuso trabajar conmigo haciendo algunas actividades que complementaran mi labor.
Esa misma tarde Malena sacó una cita para tener una consulta en una clínica especializada en este tipo de enfermedades. Su tratamiento duró varios meses, pero valió la pena, porque en la actualidad está totalmente recuperada.
Se me había olvidado que Malena ya no está de visita. Ahora es mi esposa y su presencia en esta casa se ha hecho tan indispensable que prácticamente es ella quien ha tomado el control del negocio por sus buenas ideas.
Yo sólo me limito a quererla, admirarla, y a reinvertir sus ganancias.

jueves, 15 de enero de 2009

EL AMOR ES COMO EL MAR



El amor es como el mar...cuando empieza no termina
El amor es como el mar... nos envuelve en sus ocasos
El amor es como el mar... se conquista con abrazos
El amor es como el mar... en el comienza la vida.

El amor es como el mar... ilumina nuestras almas
El amor es como el mar... impetuoso y apasible
El amor es como el mar... tiene tormentas y calmas
El amor es como el mar... en el fondo es increible.

lunes, 5 de enero de 2009

SOL


Sol despertó empapada en sudor. El calor sofocante no la dejaba dormir. Esa noche el bochorno era insoportable aun con los ventanales del balcón abiertos de par en par. Se sentía incomoda por el líquido caliente que corría por su cuerpo. El camisón blanco, tenue, se pegaba a su piel rebelando todos y cada uno de los secretos de su organismo; pero ella no se daba cuenta de eso. Tan solo sentía el calor. Hasta el aire que hacia mecerse las cortinas blancas era cálido, tortuoso, tórrido; era el viento del norte que traía cambios, alteraciones que ella no preveía, modificaciones que más tarde la convertirían en una mujer completa.
Se levantó en silencio para no despertar a su hermana que dormía al lado. Era inaudito que con este calor, Carina durmiera, pero su hermana era un caso aparte en la especie humana. No importaba el lugar, ni las condiciones que hubieran, ella dormía siempre a pierna suelta, sin inmutarse, sin perder su sueño apacible y sosegado. Envidiaba esa facilidad para dormirse, esa aptitud para poder olvidarse de los problemas, esa desenvoltura para no pensar en nada. Tan solo perderse en la oscuridad uniforme y acogedora de los brazos de Morfeo, descansar en paz. Pero ella no podía descansar así. No.
De puntillas se acercó al balcón, aspiró una gran bocanada de aire y contempló la noche estrellada, la luna llena. Escuchó el ruido del mar, el rumor de la vida que rompía contra los acantilados y sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la playa. El aire impregnaba todavía más la tela fina de su camisón, a su piel.
Atraída por el sonido de las olas comenzó a caminar hacia las grandes rocas del Norte avanzando poco a poco. Sus pies desnudos dejaban rastro en la arena cremosa y suave. La arena se escurría de entre sus dedos, por sus tobillos, provocándola sensaciones placenteras.
Al final de su destino escaló por las rocas para contemplar el mar desde las alturas de los acantilados. La subida no fue fácil, pero no le importaba el dolor punzante de sus pies. Esto era la libertad suprema. Amaba el mar.
Abrió los brazos en cruz saboreando el amargo salitre del viento cálido que azotaba si rostro. En ese momento se dio cuenta que no estaba sola. A sus espaldas presentía la mirada penetrante de unos ojos morenos. Con lentitud deliberada se volvió. Sabía quien era él, el ladrón de almas. El raptor de su espíritu.
Su corazón comenzó a palpitar rápidamente al verle reflejado a través de la luz de la luna que le confería un aura misteriosa, de peligro extremo, que la atrajo como la miel a las abejas. Su pelo largo estaba recogido sobre su nuca, que envolvía un cuello fuerte y musculoso. Un antifaz negro no permitía ver todos sus rasgos plenamente, pero no la importó. Ella adivinaba sus facciones hermosas, viriles. El Ladrón de almas vestía de negro para confundirse mejor con las sombras de la noche. La camisa desabotonada dejaba entrever sus fuertes antebrazos y el pecho musculoso y ancho. Unas botas de un cuero fino marcaban sus piernas musculosas y largas y una protuberancia resaltaba en el centro de sus pantalones apretados.
Los ojos del hombre brillaban bajo la careta al contemplar atentamente a la mujer medio desnuda, con el camisón pegado a su cuerpo, revelando sus curvas perfectas, apetitosas. Su pelo rubio como un relámpago la envolvía. Ella no le temía, lo podía admirar a través de sus ojos de oliva. Por el contrario, sus ojos recorrían su cuerpo con avidez, y al despertar sus deseos dormidos, una leve sonrisa apareció en su boca.
Inesperadamente él tendió una de sus manos y le dijo –ven.
Sol cerró los ojos y se dejó llevar.
Él la levantó como una pluma y volviendo su rostro hacia el de él, probó sus delicados labios en un beso devorador y fuerte, que conmocionó a la muchacha. Después la miró a los ojos. Ella se sintió invadida por esa mirada gris que penetró hasta lo más hondo de su alma. Los ojos del espectro tenían la capacidad de cambiar según el tono de la luz. Ella de súbito, se vio perdida cuando el la devolvió al piso y la amenazó con partir. No quería que él se fuera. No.
-Espera.- le rogó, la palabra salió ronca de su garganta, quería probar con su cuerpo el fuerte y esbelto organismo del hombre. Deseaba amarlo con la libertad de la noche. Con la misma impunidad con la que él se robaba las almas de sus enamoradas.
Él se detuvo mirándola atentamente. El deseo de la joven se veía claramente a través de sus pupilas encendidas. Eso lo excitó. Una erección dura, oprimió sus pantalones provocándole una leve molestia.
-Ahora o nunca, pensó la muchacha y con paso resuelto se acercó al enmascarado. Mirándole a los ojos, acarició suavemente su cuello que ni se inmuto ante su roce. No hicieron falta palabras entre ellos, ella no rogó y él nada pidió, tan solo, la cogió de la cintura y despojándola de sus vestiduras, comenzó delicadamente a penetrarla. Ella gimió por un instante para luego derretirse ante aquel miembro que se introducía en el fondo de oquedad estremecida.
Noemí sentía todas y cada una de las fibras de los potentes músculos del hombre. Desde el poderoso pecho que la envolvía como un manto, hasta el duro bulto que irrumpía entre sus nalgas y los muslos. Las manos del Ladrón se separaron de las redondas caderas de la muchacha, para volverse acariciadoras alrededor de sus pechos o entre el contorno de sus muslos. Ahora sin el camisón, ella notaba la fuerza de sus manos, las callosidades de sus palmas, el calor que provocaban en su cuerpo. Un calor reconfortante y diferente al que reinaba en esa noche de verano, donde el cielo tachonado de estrellas y de la luminosa luna, parecía cuidar de su amoroso encuentro.
La joven mujer sintió como una leve humedad mojaba su vulva totalmente estremecida; sus muslos se abrieron para dejar pasar libremente ese ardiente objeto que la seducía. Con una mezcla de dolor y placer al mismo tiempo gimió sin recato, para contarle a la luna el placer que la enloquecía. De pronto aún con los ojos velados por la pasión, observó que el horizonte se iluminaba dejando entrever un mundo desconocido. Ella dudó en dejarse conducir hacia la morada del ladrón de almas, o regresar a toda prisa a su casa de la playa. Pero una fuerte sacudida le hizo sentir que su clítoris se preparaba para el orgasmo. Ella sin oponer resistencia se dejo llevar por la marea roja de su éxtasis. Gritó de placer a la noche calurosa. Nadie la oyó, solo él que como ladrón que era se la robó para siempre zambulléndola en las aguas frías y oscuras. El mar suavemente la acunó; sus olas la tocaban y la dejaban ir mitigando el calor de la noche. Ella observó el cielo abovedado del color de la medianoche estrellado, luminoso por la luz de la luna, que pendía de ese techo, orgullosa. Ese cielo que había escuchado sus gritos de placer, que había visto como su alma era robada sin contemplaciones por el ladrón oscuro. Su ladrón...