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jueves, 10 de septiembre de 2009

¿CASUALIDAD?




Créeme amor, nada ocurre por casualidad.
Qué yo te haya buscado y que tú hayas aparecido
como un rayo de luz entre la gente,
ya estaba escrito en la ruta de nuestro destino.

Tenía que haber sido un día cualquiera
de cualquier año,
estaba listo para llorar y desvelarme
y sufrir tu amor o el desengaño.

En un primer momento me diste una sonrisa
y luego un apretón de manos,
sentí tu mano en la mía,
y al instante supe cuanto te amaría.

Mi voz tembló y no pude decir
lo que sentía, no se que dije
pero se que te pedí que fueras mía.

Al encontrarte se esfumó mi orfandad,
te convertiste en mi sol, lluvia y viento.

Eres mi soñar, mi sentimiento
eres yo mismo, mi otra mitad.

Eres mi pena y mi alegría
estás en mi en cada palabra que pronuncio,
en cada gesto evoco tu nombre
y a través de la sangre
que corre por mis venas llegas a mi
y te transformas en mi musa inspiradora,
en mi amiga, compañera, mi amante,
grabada en mi corazón con un hierro candente.

Tú que me llenas pensamiento, boca y sexo,
no entiendo todavía como te perdí, ni como podré
volver a encontrarte.

F. PARDAVÉ

jueves, 20 de agosto de 2009

BESAME EN LA BOCA



Bésame despacio,


tan suave como el murmullo de las hojas,


tan fuerte como la ola


que entrega su vida ante una roca,


tan débil como el claro de luna


que ésta noche nos arropa.




Bésame así


sin ataduras, sin miedo al impacto,


con la fragilidad que encierra un niño,


con la seguridad de quien llega a su nido.




Bésame de nuevo,


una y otra vez,


quédate a vivir en mis labios,


adhiérete a ellos, y descubre


que bajo la nieve de tu ausencia


sepultada se encuentra


la granada de mi pasión.




Bésame mucho amor,


bésame la vida y cuando amanezca,


arrójame a la muerte con tu partida.


lunes, 6 de julio de 2009

DESDE ACAPULCO





- ¡Hola!. Seguramente ya no te acuerdas de mí, soy Lucía, acabo de llegar a México a pasar mis vacaciones. Necesito verte con urgencia. Te espero esta noche...

Javier acudió a la cita con expectación y curiosidad. "Después de cinco años en el extranjero, debe de venir muy cambiada, más mujer, más preparada y, con seguridad, viene dispuesta a correr una aventura conmigo" -pensó Javier, quien apenas reconoció el color verde de los ojos de la muchacha, que se perdían entre su rostro blanquísimo. Luego recorrió con la vista sus caderas y piernas redondas y se detuvo a observar su bien desarrollado busto.

Lucía subió al coche y sin decir palabra le echó las manos al cuello y lo comenzó a besar. Javier, sorprendido, se dejaba querer. Al poco rato respondió a sus besos, mientras sus manos se deslizaban curiosas por debajo de la blusa. Parecía como si sus dedos tuvieran ojos -como ella le dijo.

Con la respiración agitada, la mujer le murmuró al oído:

- He regresado con el único objeto de estar contigo, quiero que me lleves a Acapulco....

Después de registrarse en uno de los hoteles del puerto, se dirigieron al anochecer, hacia la pequeña y solitaria playa que estaba junto al hotel. Extasiados por el bello atardecer y la calidez de las aguas, se desnudaron completamente y se tendieron en la arena.

Luego y tras un frenético ataque, Javier trató de penetrarla. Ella dejó escapar un leve quejido mientras sus ojos trataban de contener el llanto.

- ¿Qué te sucede? -preguntó Javier, ¿no estás agusto conmigo?

Ella le contestó fingiendo una sonrisa.

- ¿No te has dado cuenta que tú eres el primer hombre en mi vida? Tomé la decisión de entregarme a ti, después de haber sido acosada allá en el Canadá por muchos hombres, pero no sabes cuanto extrañaba tus caricias y tus besos. Sabía que de no hacerlo contigo, no lo podría hacer con nadie.

Javier la miró atónito, cambió de actitud y con toda delicadeza comenzó a entreabrir esa flor que con tanta ternura se le entregaba.

Ella, confusa y sin fuerzas dejo de resistirse. Notaba cómo una ola se retiraba y veía que otra rodeaba sus espaldas acariciando sus cabellos mientras salpicaba y refrescaba sus endurecidos pezones. El agua fresca hacia milagrosamente natural aquel maravilloso acto de amor, enmedio de la arrogante y perfumada naturaleza, que le daba los medios para cruzar la temida frontera y ella la cruzó.

Lo que antes era doloroso se hizo placentero y envió un gozo poderoso y voluptuoso hacia las venas de su corazón y las de más abajo.

Así, sobre la arena dura y húmeda, aplaudida por las olas, ella sucumbió a una cópula hasta entonces inimaginada. Todo su cuerpo se animó con el milagro de ver perdida su virginidad; miró nebulosamente a su hombre, como si alzara la vista hacia una criatura celestial. Sin querer, compadeció de pronto a todas las mujeres que nunca habían rebasado aquella dimensión de pura dicha, aquellas pobres hembras que vivirían o morirían si haber conocido lo que ella ya conocía y la apenó no poder hacerlas participes del goce supremo que la embargaba...

De pronto, dejó de importarle todo cuanto sucediese en la tierra, salvo ella y aquel hombre. Lo abrazó, lo poseyó con locura, y por el último gemido que escapaba por su garganta, estuvo segura de que ella también había escapado hacia la libertad plena de su mente, de su cuerpo y de su sexo.


SALUDOS

FRANCISCO PARDAVE

lunes, 15 de junio de 2009

LA SEÑAL





Una lluviosa noche de mayo, me encontraba tomando copas con algunos amigos en un bar donde un trío amenizaba la reunión. Fue entonces cuando te vi llegar acompañada de un grupo de personas que irrumpieron el lugar en tono alegre y festivo.

A tu llegada fui abandonando la abulia que me invadía al haber aceptado la invitación de mis amigos, que casi a rastras me habían hecho salir de mi casa.

Al principio a la par que oías las canciones y la charla de tus amigas, las hacías creer que no estabas aburrida. De la misma forma, yo también me cubría con un disfraz de algarabía, mientras en el fondo me sentía profundamente fastidiado.

Se que mirar fijamente a las personas es una muestra de malacrianza, pero yo ya no podía apartar mis ojos de los tuyos. Al sentir el calor de mi contemplación, fijaste tus pupilas en las mías y levantando suavemente tu copa con una casi imperceptible sonrisa me dijiste “salud”. Luego volteaste tu cara y fingiendo indeferencia volviste a reanudar la plática con tus acompañantes.

En mi mesa yo también me puse a conversar con mis amigos, quienes no perdían la ocasión de pedir más bebidas y de vez en cuando voltear a ver a una mujer sentada en otra mesa.¿Quién de tu y yo fue el que dio el primer paso? Sólo se que al volver a mirarte, te levantaste de la mesa y moviendo los pechos sin sostén y apenas cubiertos por tu camisa de seda, te dirigiste hacia los sanitarios mientras tu perfume me impulsaba a seguirte por esos pasillos apenas iluminados.

Al salir del baño me encontraste de frente y sin decir palabra te colgaste de mi cuello haciéndome apreciar lo punzante de tus senos. Al sentirte apretada contra mí, casi en vilo te llevé hasta lo más profundo del salón y sin soltarte te recargué sobre uno de los sombríos muros. Al instante nuestras manos se volvieron alas y al tiempo que me desabrochabas la bragueta, de un solo tirón te bajé las pantaletas. En nuestro frenético combate apenas pudiste decir: -me llamo Rosa ¿Y tú? Yo apenas podía respirar cuando te dije: Soy Hugo.

Después de pronunciar nuestros nombres, explotamos de pasión ahogando nuestros gritos, mientras el trío concluía su romántica canción.

Al encenderse las luces, uno siguiendo al otro, como dos desconocidos nos regresamos al salón a reunirnos con nuestros respectivos amigos.

Después de un rato, me despedí de mi grupo pretextando que me dolía un poco la cabeza. Al pasar junto a tu mesa disimuladamente, puse entre tus manos el papelito donde había apuntado la dirección y el teléfono de mi domicilio, con la esperanza de que pudieras ponerte en contacto conmigo. Llegué a mi casa y aun sintiendo el aroma de tu cuerpo me tendí sobre la cama y me quedé dormido......El insistente ring, ring del teléfono me despertó.

Vi de reojo el despertador: ¡las doce del día!

- Bueno ¿quién habla?

- Soy Rosa. Voy para allá

Sin pensarlo un instante me puse de pie y me di un refrescante baño mientras tarareaba bajo la canción de la noche anterior:

“....Más si quieres que hablemos de amor… vamos a quedarnos callados…”

Me afeité rápidamente y arreglé la cama y el desorden de mi habitación…

Ella empujó la puerta y se quedó mirándome: pese a mis más de cincuenta años era todavía un hombre atractivo, donde algunos mechones pintados de gris resaltaban lo bronceado de mi rostro. Mí vientre aún bastante plano, se desvanecía ante un torso fuerte y mis ojos claros te veían con esa mirada penetrante que traspasaba tu delgada y transparente blusa…………


...Él avanzó hacia ella y la cubrió de besos mientras sus ágiles manos la iban despojando de todas sus vestiduras. Veía como iban apareciendo las redondeces y bordes de sus carnes. Cuando la despojó de sus finas bragas, distinguió un fino vello que apenas cubría el vértice donde confluían sus dos marfilinas piernas.

Sin embargo y pese a la monumental escultura, él le beso los pies. Ella, estirando sus finos brazos saco de su bolso un preservativo y, por primera vez, se lo colocó a alguien. Mientras iba desenrollando el látex, pensaba que sentiría al ser penetrada por esa lubricada membrana. Él se dejo cubrir, para después comenzar a penetrarla siguiendo el ritmo que el cuerpo de Rosa iba marcando. Había veces que ella se movía como excelsa bailarina de ballet y otras como ruda deportista que se aproximaba a la meta de la victoria. Él veía sus ojos que a veces se achicaban y otras, se abrían desmesuradamente. Ella oía el rumor de las palabras que la hacían cimbrar hasta lo más profundo de sus raíces.

Después de la ardiente explosión de sus sexos, permanecieron abrazados durante muchas horas. Luego se levantaron completamente desnudos, abrieron la ventana y se pusieron a contemplar el paisaje, hasta que las penumbras de la tarde fueron convirtiendo sus cuerpos en sombras de la noche...

El no podía creer que ella estuviera junto a él totalmente desnuda, con ese cuerpo perfecto que lo invitaba a acariciarlo. Y su voz, ¡cómo no hacer caso a esa dulce y al mismo tiempo ardiente voz que le pedía que la siguiera!

- Ven, dijo ella. Espérame un ratito en el baño. Te quiero dar una sorpresa....

“Odio las sorpresas”, pensó él mientras se sentía ridículo, desnudo, sentado sobre la tapa del excusado y contando los minutos, pensando en alguna travesura de la mujer, o tal vez que tuviera que pasar toda la noche en esa posición, mientras que ella tal vez ya se hubiera marchado a su casa. Entonces levantó la voz para ahuyentar toda sospecha.

- Si no te apuras, salgo.

Al no obtener respuesta, abrió la puerta. Hugo vio el recorte de la figura de Rosa apoyada sobre la ventana. Era ella, no cabía duda, escuchaba su risa, y sentía el perfume que emanaba de su cuerpo. Empero, su piel no brillaba, se percibía como si algo le hubiera cubierto el cuerpo.

Ella prendió la luz.

Los dos se miraron de frente:

Estaba vestida con las ropas de él, que desajustaban las formas de su cuerpo.

Rosita le abrió los brazos para que la viera.

Hugo no pudo disfrutar de la sorpresa porque ella tomó su brasier y se lo puso a él, después tomó su diminuta tanga oscura y se la colocó muy despacio tratando de cubrir lo que quedaba grande. Luego, fingiendo ser él, trató de engrosar el tono de la voz ordenándole que se hincara. Con firmeza acarició sus tetillas y apartó la diminuta cinta que separaba sus nalgas. Luego, le habló con una voz muy suave, le dijo que le iba a gustar, que la dejara hacer, que lo iba a ser muy feliz y le pedía una prueba de amor, verás que no te va a doler. Entonces lo soltó y se desvistió completamente.

- Acompáñame al baño.Comenzó a pasarle el jabón por todo el cuerpo, le lavó los pies, le besó los tobillos, le introdujo la toallita entre las axilas. Volteándolo, le lavó acuciosamente la nuca y la espalda. Sin prisas y sin pausas continuó bajando, para metiendo las manos entre sus nalgas, frotar el pene de Hugo desde atrás.

Él se dejaba hacer, pensando que jamás alguien lo trataría de esa manera.

- Gracias, dijo ella. Me estás enseñando a ser mujer.

El no contestó porque de eso no estaba seguro.

¿Quién enseñaba a quién?

Salieron del baño y se tumbaron sobre la cama.

Ella se subió sobre él, mientras Hugo acariciaba sus filosos y carnosos pechos, introduciendo en su vagina el renovado miembro. Después, Rosa comenzó a danzar sentada arriba de él y mientras elevaba los brazos hacia el cielo, comenzó a sentir como que una ardiente e incontenible corriente inundaba lo más profundo de sus entrañas. Hugo sólo alcanzó a decir “te quiero” cuando la joven cantaba despacito en sus oídos:

“Luego en la intimidad, sin complejos del bien ni del mal, en tu pelo travieso que peinan mis besos me darás la señal”


Saludos


FRANCISCO

miércoles, 3 de junio de 2009

ASESINO




Recuerdo la primera vez que la vi en aquella concurrida estación del metro. Estaba caminando por los andenes como si estuviera extraviada. Luego pasó junto a mí, mientras mis ojos se desviaban tratando de ocultar su turbación; no obstante, su perfume me hizo levantarlos: demasiado tarde, sólo logré ver su espalda alejándose.
A partir de entonces se convirtió en algo inalcanzable y un deseo de matarla se fue apoderando cada vez más de mí.
Entonces me propuse dejar de visitar la estación y de nuevo su imagen velada hizo renacer mis perversos instintos. Sus ojos, sólo por una vez querían ver sus ojos. Esa mañana al regresar a la estación, entré dispuesto a encontrarme una vez más con esa sombra que me enardecía. Pero hoy no la encontré, sólo estábamos yo, la estación vacía y el tic tac de mi viejo reloj. Me apoyé en el mismo muro y me perdí en el tiempo, no recuerdo cuánto, hasta que una brisa cálida rozó mi cara…Y al levantar los ojos la vi, pero ya no estaba de espaldas. Frente a mí con la cabeza erguida y el pelo recogido sobre los bordes de su cara, me miraba. Magda lucía un bello rostro, pese a los embates de la edad: de ojos grandes, labios carnosos y pelo agresivamente rubio. Era una belleza insolente, a mitad del camino entre lo frívolo y la perversidad. Al verme sonrió y dio la media vuelta. Yo la seguí y al salir de la estación se introdujo en un concurrido café de la zona.. Decidida se acercó a la barra y pidió un vaso de whisky.
-No es el mejor modo de combatir la ansiedad, ­dije.
Me miró y me volvió a sonreír levemente.
-­ ¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
-No hay más que verte.
-¿Psicólogo?
-­ Curioso.
Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Magdalena y que era argentina .
- Colombiano, ­mentí.
Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
- Si quieres otra bebida y una deliciosa cena te invitó.
- ¿Y si no?­, preguntó.
- Te espero a las nueve en este mismo restaurante, casi le ordené.
La vi marcharse. Esa mujer me gustaba más de la cuenta, pero aún así, tenía que matarla. Pensé que un tequila doble expulsaría este mal pensamiento compasivo. Lo bebí de un trago, pero ella me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Fui a mi casa y me acosté teniendo cuidado en que sonara el despertador poco después de las ocho.
Llegó puntual, virtud infrecuente en las mujeres maduras y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. ­
- Magnífica, le­ dije por todo saludo y llamé al capitán. Fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita cena acompañada de espumoso champagne, iba a ser su última cena y merecía lo mejor. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión y un desengaño amoroso.. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
Después de esa magnífica velada, decidimos ir a mi casa. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la tenue luz de la luna; ya nada me importaba, toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, cuidados y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino, al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Después del amor, pensé que era una pena quitar al mundo a una mujer así; la abracé casi con cariño y se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en lo contradictorio de la situación. Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si quería acompañarme al día siguiente a conocer unas misteriosas Grutas. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
Al día siguiente tomé un café sin azúcar y pasé por ella. En las impresionantes cavernas nos mezclamos con un heterogéneo contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una caverna que se prolongaba por varios kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.
Conseguí que marcháramos hasta atrás de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Sonreí al pensar que no me había equivocado en el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo. Pensé que ese cuerpo iba a ser el de Magda y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de tomarle una fotografía. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí un supuesto estuche fotográfico donde llevaba el arma.
- Aquí no se pueden sacar fotos ­bromeó.
- ­No pienso sacar fotos ­dije.
- ­No entiendo, ­dijo con espanto. ­Hay un error. Tiene que haber un error.
Por respuesta hundí el puñal en su cuello. Ella intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. De su boca brotó un inmenso borbotón de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con algunas piedras. Me sacudí las manos y la ropa, y caminé hacia donde estaba el contingente.
Nadie reparó en su ausencia.
Al regresar a mi casa tuve tiempo de afeitar mi barba y deshacerme del resto de las pruebas. Por la noche, al salir de nuevo a la calle oí una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.
- Me llamo Magdalena y he venido por ti­.
Al mirarla comprendí que pronto tendría que pagar por todos mis crímenes.
-Vamos pues –le dije y le tendí la mano----
Saludos
Francisco Pardavé

lunes, 25 de mayo de 2009

TENGO FRIO






¿Qué estará pasando con mi cuerpo que casi siempre tengo frío?

Se que no soy insensible como el hielo,
pera tal vez al contener mis ansias se está congelando mi cuerpo.
Siento el gélido ambiente desgarrando mi piel, calando mis huesos,
hay veces que hasta la respiración se me congela.

Un invierno prematuro baña mi cuerpo
intentando entrar hasta en mis cálidos ensueños.
Mis manos heladas se refugian en mis piernas
pretendiendo en vano infundirles calor,
mientras la ropa que cubre mi cuerpo
en lugar de calentarme me entumece.

Mis pobres pies descalzos al tocar el suelo,
son martirizados por las congeladas baldosas
que los traspasan como lanzas de hielo.
Mis dientes crepitan y mis ojos parpadean incesantemente
cómo faros ciegos buscando la luz.

Entonces mi desfallecido cuerpo
busca un rincón donde refugiarse,
en la espera de que vuelvas a estrechar mis manos
y a mirarme con esos ojos de fuego
que encienden mis ansias.

Luego, quedo a la expectativa
de que vuelvas a quemar mis labios
con la lava de volcán que te arrebata,
que me cubras ardorosamente con tus brazos
y que me cinceles con la punta de tus pechos
rompiendo esa costra de escarcha incrustada en mi cuerpo.

No tardes amor quítame el frío.

Francisco Pardavé

jueves, 7 de mayo de 2009

LAURA



Los ruidos de la cocina parecían querer derribar las paredes del apretado cuarto, más allá; la siempre insolente voz de su señora daba órdenes a los niños recién llegados de la escuela. Como fondo, el volumen de la televisión a todo lo alto, reproduciendo las voces agudas de los personajes de una caricatura, y, por si fuera poco, la radio lanzaba hacia todas partes, los chismes y diretes de un programa dirigido a las señoras.
"¿Qué estoy haciendo aquí?" -se preguntó Javier, mientras esperaba la hora de la comida, para después, con algún pretexto, emprender la graciosa huida hacia la calle.
Arrancó el automóvil y se dirigió hacia la tienda comercial donde habitualmente hacia las compras de la casa; de pronto, sintió una imperiosa necesidad de voltear la cara: vio la figura que se le aproximaba paso a paso. Trató de observar el rostro que apenas se asomaba por entre los enormes lentes oscuros, el pelo antes largo, ahora sólo llegaba hasta la altura de la nuca.
- ¡Hola Laura! -gritó Javier-.
Ella se detuvo y lo miró a través de las gafas.
Instintivamente trató de seguir caminando, pero sus piernas se negaron a obedecerla. Quiso sonreír, pero sus labios sólo dibujaron una mueca indefinible.
Casi como autómata, estiró el brazo y estrechó la mano que se le extendía. Un poco más calmada miró aquellos ojos que la veían con avidez y notó las bolsas y arrugas que los enmarcaban. Parecían los mismos que la miraban en aquellas penumbras de los cuartuchos de los hoteles donde se refugiaban para hacer el amor. Ojos que habían conocido todos los rincones de su piel. Esos ojos de ardientes que se cegaban cuando brotaba el torrente incontenible de su sexo. Aquellos ojos que llenos de lágrimas la habían seguido cuando se dijeron el adiós.
- Disculpa Javier, es que no te había reconocido. Estás un poco cambiado. ¡Te dejaste crecer el bigote! -la voz de Laura salía cada vez más fluidamente- ¡Qué gusto de verte, te ves muy bien, no pensé volver a encontrarte!
Laura se ruborizó al terminar la frase y pensó: "¿Cuántas veces había tratado de llamarlo?". Sobre todo, aquellas noches cuando su esposo se encontraba ausente y cuando, a solas, se retorcía sobre la cama, añorando aquella boca voraz que había aprendido a deslizarse en los rincones más húmedos de su cuerpo.
No sólo había deseado volverlo a ver, sino hasta había ensayado frases para cuando esto ocurriera: "te extraño, perdóname, no puedo vivir sin ti". A veces, al observarse ante el espejo, imaginaba que a lo mejor Javier no notaría las estrías que surcaban su cintura. Veía su cuerpo como si Javier fuera el que la estuviera viendo, lo mostraba sin ningún pudor y advertía con satisfacción que la línea del busto se mantenía aún firme y, que incluso, había aumentado de volumen.
Javier la miraba sin decir palabra, y al ver su rostro se le vino a la mente y a la entrepierna, el calor que siempre había sentido cuando estaba junto a ella. Era una sensación que no podía atenuar, incluso hasta después de hacerle el amor le acompañaba a su casa. Se amaban con verdadera pasión, porque los dos sabían que en cualquier momento todo se acabaría. Ella estaba a punto de casarse con un hombre al que no quería, pero que le ofrecía una seguridad que él no podía darle.
Javier la había bautizado como Laura, para que nadie la llamara con ese nombre, era su señal y su secreto. La última vez que habían estado juntos Laura le pidió un favor: "Quiero que tu esposa y tú sean mis padrinos de lazo; así me haré las ilusiones de que me estoy casando contigo". Luego, en la recepción pudieron disimular algunos brindis solitarios y algunos roces imperceptibles que con muchos pretextos se estuvieron dando. Luego, con su mujer y en medio de los bocinazos de muchos autos, la habían escoltado hasta el aeropuerto.
Cuando volvió a la realidad, Javier insistió en acompañarla. Ella subió al auto y se acomodó en el asiento delantero - era el mismo en el que se recostaba cuando regresaban a su casa -. Vio los libros y papeles regados en la parte de atrás y la negra sombrilla aventada sobre la repisa del cristal posterior.
- Si quieres háblame por teléfono -dijo Javier-, cuando la mujer le pidió que detuviera el carro. Ya sabes mi número.
Laura, sin despedirse, se puso los lentes negros y echó a caminar sobre el concreto hirviente por el sol del medio día. Cuando sintió que la mirada de Javier ya no la seguía, apresuró el paso y se sentó en medio de los matorrales de un polvoso jardín que se encontró de repente. "Siempre he sido una cobarde -se dijo-, no fui capaz de defender el amor de Javier y ahora no me atreví a volver a estar entre sus brazos. Ni modo".
Javier arrancó el coche y empezó a cruzar aquel bosque partido en mil pedazos por calles y fraccionamientos a medio terminar. En una esquina se sintió invadido por una marabunta de vendedores y unos niños que trataban de limpiar los parabrisas de los automóviles; muchos conductores los apartaban con señas, con palabras malsonantes o de plano aventándoles los carros. Otros, sin embargo, eran sorprendidos y en un instante tenían embadurnados los cristales con una substancia jabonosa, la que era limpiada a veces hasta por dos o tres jovenzuelos que tenían medido el tiempo en que saltaba la luz roja a la verde.
Pinches escuincles, ya me chingaron -murmuró Javier- mientras sacaba unas monedas de la bolsa. Más adelante, cruzó la zona del “peñón”, donde se arremolinaban autos y camiones; unos intentaban dar vuelta hacia el aeropuerto y otros pretendían introducirse en el viaducto. En otro semáforo vendían flores o billetes de lotería. Le compró una rosa a su mujer, para pretextar que había estado pensando en ella..........

viernes, 23 de enero de 2009

MALENA






Malena además de ser muy bella e inteligente, era además, la adorada novia de Javier, que entre otras cosas, era mi mejor amigo, algunas veces, me llamaba para que la invitara una copa; entonces, platicábamos un rato y nos olvidábamos de nuestras rutinarias actividades.
Yo no veía en aquello nada anormal, tomando en cuenta que mi amigo Javier, por motivos de su trabajo, viajaba mucho. Por ello, Malena muchas veces se sentía muy sola y tomaba el teléfono para buscar un poco de compañía. Era lógico que siendo yo el mejor amigo de su novio, sintiera la obligación de aceptar.
Regularmente nos encontrábamos en bares y restaurantes del centro de la ciudad, aunque algunas ocasiones asistíamos a unos lugares más lujosos.
Poco a poco me fui dando cuenta que, desgraciadamente, Malena se iba aficionando al alcohol: recuerdo que en los tiempos de estudiante Male, difícilmente se terminaba un vaso de cerveza, pero ahora, era una mujer capaz de vaciar, más de una botella de licor en tan sólo unas cuantas horas. En ese estado y a pesar de que no se caracterizaba por ser una mujer ocurrente a la hora de contar cuentos, siempre recurría al gastado chiste de que una oficinista que no es alcohólica, es prostituta. Personalmente a mi no me
provocaba gracia ya que gran parte de mi círculo de amigas trabajaban en oficinas; es más, la mayor parte de mis relaciones sentimentales se habían trabado con ellas.
Por lo demás, reconocía su esfuerzo por tratar de involucrarse en el difícil acto de hacer reír y terminaba fingiendo que me moría de la risa para no hacerla sentir mal.
Por diversas situaciones dejé de ver a mi amiga durante un año, tiempo en el que obtuvo varios reconocimientos en su trabajo no obstante los crecientes comentarios que aseveraban que las aficiones que Malena había adquirido mientras se alcoholizaba, iban a terminar por hundirla en su trabajo y en sus relaciones personales.
Por motivos de trabajo tuve que irme a vivir a otra ciudad. Ya instalado en Guadalajara, decidí comunicarme con mi amiga para hacerle saber que estaba bien, que no se preocupara por mí y que apenas regresara, yo mismo me encargaría de buscarla para contarle lo que hacía.
Una tarde, al regresar a mi estudio, me encontré una desagradable sorpresa: Malena había ido a visitarme pero estaba muy cambiada. No había perdido aun la belleza que siempre la había caracterizado pero sin duda, su imagen ahora presentaba a una mujer desgastada y acabada por el exceso de alcohol.
Esa noche bebimos hasta perder la conciencia de nuestros actos y al despertarme no recordaba nada, sólo sentía un terrible dolor de cabeza y tenía a Malena a un lado, ambos completamente desnudos.
Tras unos minutos de reflexión, abandoné el lecho decidido a despertarla. Entonces me di cuenta que Male se había aventurado a visitarme segura de que en mi hogar encontraría un lugar en donde quedarse.
Mientras me bañaba, pensé en sugerirle que se instalara en alguno de los hoteles cercanos. Malena despertaba en el momento justo de mi entrada y su primera reacción fue ponerse a llorar mientras me preguntaba si la consideraba una prostituta, conmovido la abracé y dejé que llorara.
-No Male, no lo eres, sólo eres una alcohólica –aclaré. Sólo eso.
Horas más tarde, me confesó que su alcoholismo la había llevado a romper con Javier y que el único verdadero amigo que tenía era yo.
Cuando se hubo serenado, la convencí de que bajáramos a almorzar y tras pensar en lo que se podía hacer para no hacer pesada su estancia en mi casa, ella misma me propuso trabajar conmigo haciendo algunas actividades que complementaran mi labor.
Esa misma tarde Malena sacó una cita para tener una consulta en una clínica especializada en este tipo de enfermedades. Su tratamiento duró varios meses, pero valió la pena, porque en la actualidad está totalmente recuperada.
Se me había olvidado que Malena ya no está de visita. Ahora es mi esposa y su presencia en esta casa se ha hecho tan indispensable que prácticamente es ella quien ha tomado el control del negocio por sus buenas ideas.
Yo sólo me limito a quererla, admirarla, y a reinvertir sus ganancias.

lunes, 5 de enero de 2009

SOL


Sol despertó empapada en sudor. El calor sofocante no la dejaba dormir. Esa noche el bochorno era insoportable aun con los ventanales del balcón abiertos de par en par. Se sentía incomoda por el líquido caliente que corría por su cuerpo. El camisón blanco, tenue, se pegaba a su piel rebelando todos y cada uno de los secretos de su organismo; pero ella no se daba cuenta de eso. Tan solo sentía el calor. Hasta el aire que hacia mecerse las cortinas blancas era cálido, tortuoso, tórrido; era el viento del norte que traía cambios, alteraciones que ella no preveía, modificaciones que más tarde la convertirían en una mujer completa.
Se levantó en silencio para no despertar a su hermana que dormía al lado. Era inaudito que con este calor, Carina durmiera, pero su hermana era un caso aparte en la especie humana. No importaba el lugar, ni las condiciones que hubieran, ella dormía siempre a pierna suelta, sin inmutarse, sin perder su sueño apacible y sosegado. Envidiaba esa facilidad para dormirse, esa aptitud para poder olvidarse de los problemas, esa desenvoltura para no pensar en nada. Tan solo perderse en la oscuridad uniforme y acogedora de los brazos de Morfeo, descansar en paz. Pero ella no podía descansar así. No.
De puntillas se acercó al balcón, aspiró una gran bocanada de aire y contempló la noche estrellada, la luna llena. Escuchó el ruido del mar, el rumor de la vida que rompía contra los acantilados y sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la playa. El aire impregnaba todavía más la tela fina de su camisón, a su piel.
Atraída por el sonido de las olas comenzó a caminar hacia las grandes rocas del Norte avanzando poco a poco. Sus pies desnudos dejaban rastro en la arena cremosa y suave. La arena se escurría de entre sus dedos, por sus tobillos, provocándola sensaciones placenteras.
Al final de su destino escaló por las rocas para contemplar el mar desde las alturas de los acantilados. La subida no fue fácil, pero no le importaba el dolor punzante de sus pies. Esto era la libertad suprema. Amaba el mar.
Abrió los brazos en cruz saboreando el amargo salitre del viento cálido que azotaba si rostro. En ese momento se dio cuenta que no estaba sola. A sus espaldas presentía la mirada penetrante de unos ojos morenos. Con lentitud deliberada se volvió. Sabía quien era él, el ladrón de almas. El raptor de su espíritu.
Su corazón comenzó a palpitar rápidamente al verle reflejado a través de la luz de la luna que le confería un aura misteriosa, de peligro extremo, que la atrajo como la miel a las abejas. Su pelo largo estaba recogido sobre su nuca, que envolvía un cuello fuerte y musculoso. Un antifaz negro no permitía ver todos sus rasgos plenamente, pero no la importó. Ella adivinaba sus facciones hermosas, viriles. El Ladrón de almas vestía de negro para confundirse mejor con las sombras de la noche. La camisa desabotonada dejaba entrever sus fuertes antebrazos y el pecho musculoso y ancho. Unas botas de un cuero fino marcaban sus piernas musculosas y largas y una protuberancia resaltaba en el centro de sus pantalones apretados.
Los ojos del hombre brillaban bajo la careta al contemplar atentamente a la mujer medio desnuda, con el camisón pegado a su cuerpo, revelando sus curvas perfectas, apetitosas. Su pelo rubio como un relámpago la envolvía. Ella no le temía, lo podía admirar a través de sus ojos de oliva. Por el contrario, sus ojos recorrían su cuerpo con avidez, y al despertar sus deseos dormidos, una leve sonrisa apareció en su boca.
Inesperadamente él tendió una de sus manos y le dijo –ven.
Sol cerró los ojos y se dejó llevar.
Él la levantó como una pluma y volviendo su rostro hacia el de él, probó sus delicados labios en un beso devorador y fuerte, que conmocionó a la muchacha. Después la miró a los ojos. Ella se sintió invadida por esa mirada gris que penetró hasta lo más hondo de su alma. Los ojos del espectro tenían la capacidad de cambiar según el tono de la luz. Ella de súbito, se vio perdida cuando el la devolvió al piso y la amenazó con partir. No quería que él se fuera. No.
-Espera.- le rogó, la palabra salió ronca de su garganta, quería probar con su cuerpo el fuerte y esbelto organismo del hombre. Deseaba amarlo con la libertad de la noche. Con la misma impunidad con la que él se robaba las almas de sus enamoradas.
Él se detuvo mirándola atentamente. El deseo de la joven se veía claramente a través de sus pupilas encendidas. Eso lo excitó. Una erección dura, oprimió sus pantalones provocándole una leve molestia.
-Ahora o nunca, pensó la muchacha y con paso resuelto se acercó al enmascarado. Mirándole a los ojos, acarició suavemente su cuello que ni se inmuto ante su roce. No hicieron falta palabras entre ellos, ella no rogó y él nada pidió, tan solo, la cogió de la cintura y despojándola de sus vestiduras, comenzó delicadamente a penetrarla. Ella gimió por un instante para luego derretirse ante aquel miembro que se introducía en el fondo de oquedad estremecida.
Noemí sentía todas y cada una de las fibras de los potentes músculos del hombre. Desde el poderoso pecho que la envolvía como un manto, hasta el duro bulto que irrumpía entre sus nalgas y los muslos. Las manos del Ladrón se separaron de las redondas caderas de la muchacha, para volverse acariciadoras alrededor de sus pechos o entre el contorno de sus muslos. Ahora sin el camisón, ella notaba la fuerza de sus manos, las callosidades de sus palmas, el calor que provocaban en su cuerpo. Un calor reconfortante y diferente al que reinaba en esa noche de verano, donde el cielo tachonado de estrellas y de la luminosa luna, parecía cuidar de su amoroso encuentro.
La joven mujer sintió como una leve humedad mojaba su vulva totalmente estremecida; sus muslos se abrieron para dejar pasar libremente ese ardiente objeto que la seducía. Con una mezcla de dolor y placer al mismo tiempo gimió sin recato, para contarle a la luna el placer que la enloquecía. De pronto aún con los ojos velados por la pasión, observó que el horizonte se iluminaba dejando entrever un mundo desconocido. Ella dudó en dejarse conducir hacia la morada del ladrón de almas, o regresar a toda prisa a su casa de la playa. Pero una fuerte sacudida le hizo sentir que su clítoris se preparaba para el orgasmo. Ella sin oponer resistencia se dejo llevar por la marea roja de su éxtasis. Gritó de placer a la noche calurosa. Nadie la oyó, solo él que como ladrón que era se la robó para siempre zambulléndola en las aguas frías y oscuras. El mar suavemente la acunó; sus olas la tocaban y la dejaban ir mitigando el calor de la noche. Ella observó el cielo abovedado del color de la medianoche estrellado, luminoso por la luz de la luna, que pendía de ese techo, orgullosa. Ese cielo que había escuchado sus gritos de placer, que había visto como su alma era robada sin contemplaciones por el ladrón oscuro. Su ladrón...

miércoles, 17 de diciembre de 2008

LA RUBIA



El sostén tirado sobre el piso; sus minúsculos y oscuros pezones hacen resaltar la blancura de esos mejestuosos pechos que apuntan hacia mí. Su érotica mirada penetra mi mente y me conecta con el lado más oscuro de mis deseos.

Esta noche ella ha iniciado el rito y yo soy la presa... ella me acosa y su lasciva mirada me sonroja, porque mis partes sexuales empiezan a erguise sin recato ante la sonrisa trinfadora de su boca; ella no disimula su gusto, se ha convertido en un enorme felino en celo, quizás una leona o una tigresa, ya me estoy sintiendo minúsculo ante su cuerpo que se ha transformado ante mis ojos en un voluptuoso y apetecible manjar.

Su transpiración, su pasión al besarme está robándome la posibilidad de negarme o de sólo tratar de mantener el control, mi eterno acompañante ha caído ya en sus garras y se ha entregado por completo al gozo, recuperando el tamaño que durante tanto tiempo lo había abandonado.

Esta rubia está disfrutando de mí, no me habla, solo goza, ella esta concentrada en disfrutar, me estoy sintiendo usado. Pero que sensación más exquisita, me dejo llevar y ella me hace sentir, gozar y en momentos ya casi no puedo aguantar.

Cuantas veces ha repetido el juego de apresurarse y súbitamente detenerse, no lo sé, ya perdí la cuenta. Ella goza al verme sin voluntad, no fueron necesarias amarras ni ataduras, solo la intención de ella de devorarme.

Ya no recuerdo a nadie más. Esta rubia se ha apoderado de mi ser... tal vez tan sólo por un rato. Ahora sé que yo también soy un felino al que le ha llegado su turno, entonces la aferró entre mis brazos y no la dejo escapar. Ella al sentirse apresada acelera el ritmo, hasta que ninguno de los dos podemos contenernos y explotamos ante la mirada asombrada de la luna que se asoma cautelosa por un huequito de la ventana.

martes, 16 de diciembre de 2008

MARIA ELENA





- ¡Levántate! y no vayas a hacer ninguna pendejada.
Javier sintió el dolor cuando el hombre lo levantaba de los cabellos. Se puso de pie y comenzó a vestirse mecánicamente sin saber lo que pasaba. Dos sujetos buscaban algo en los cajones, mientras otro lo miraba torvamente apuntándole con una pistola.
- ¿Qué pasa? -se atrevió a preguntar Javier, ¿quiénes son ustedes y para qué me quieren?
- ¡Cállate la boca y síguenos! -vociferó el hombre de la pistola.
En la calle, Javier fue introducido con violencia al interior de un automóvil oscuro. Ahí lo esperaban el chofer y un hombre enfundado en un abrigo negro.
- ¡Vámonos! -dijo el tipo que parecía ser el jefe-. Javier quedó sentado a su lado y junto al que no dejaba de amagarlo con la pistola. Adelante se acomodaron los otros sujetos junto al chofer. El auto arrancó violentamente y al poco rato tomó por la autopista rumbo al sur.
- Si te portas bien no te pasará nada -dijo el jefe-, únicamente queremos platicar contigo. Ahora dinos, ¿dónde están tus amigos?
- ¿Mis amigos? ¿Cuáles amigos?
Un golpe se estrelló en su rostro y le hizo perder momentáneamente el sentido.
- No te hagas pendejo. Cómo que cuáles amigos. Bien sabes que se trata de tu amiguita la loca y sus pinches compañeros de la universidad.
"Entonces se trata de María Elena", pensó Javier, al tiempo que se limpiaba la sangre que escurría de su nariz.
- Por favor, díganme ¿qué he hecho?
Un golpe en el estómago lo hizo reclinarse hacia adelante.
- Te dije que te portaras bien cabrón. Si no me dices dónde están, te vamos a partir la madre. Sabemos que ayer en la noche estuviste con ella; unos compañeros los siguieron cuando salieron del desmadre ese de los escritores.
- Sí, ella estuvo conmigo ayer -contestó Javier-, pero ya tenía mucho tiempo sin verla y no me contó nada de lo que planeaba hacer.
- ¿Me vas a decir que estuvieron jugando a los novios en el hotel al que se metieron?
- Fue la primera vez que íbamos a un hotel y estuvimos platicando acerca de la literatura.
- "Borrego" -ordenó el tipo de negro al chofer, date la vuelta y regrésate. Parece que este cuate es tan pendejo que de veras estuvo platicando con la "chava".
El coche de detuvo en un paraje alejado de la ciudad y de un golpe lo arrojaron a la calle.
Comenzó a caminar por el oscuro camino donde lo habían dejado. Iba muriéndose de frío y adolorido por los golpes recibidos. Se registró los bolsillos y confirmó lo que se había imaginado ¡no portaba un centavo!
Decidió irse caminando "ni modo, ojala y no me den en la madre". Después de haber caminado mucho tiempo Javier tomó conciencia de su realidad y comenzó a percatarse de que se encontraba en los principios de la gran avenida que cruzaba toda la ciudad. También notó que el tráfico se hacía más intenso y fue cuando tuvo la fortuna de tomar un taxi.
Ya en la cama de su hotel y, después de haber estado durante largo tiempo bajo la ducha, Javier se quedó dormido. Sin embargo, de vez en cuando, daba un brinco sobre su costado pensando que, todo lo que le había pasado era parte de una siniestra pesadilla.
Al medio día despertó sobresaltado cuando unos fuertes golpes llamaron a su puerta. Abre pronto Javier, abre pronto -era la voz de María Elena. Javier se puso como pudo algo de ropa y abrió.
María Elena, con el pelo desordenado y el aliento cortado, se introdujo al cuarto. Les dimos en toda la madre -vociferó la muchacha.
Ayer, después de que nos vimos, me reuní con los cuates para llevar a cabo el plan que previamente teníamos elaborado; primero, pasamos a la casa del "profe" a ponernos de acuerdo en la acción que íbamos a ejecutar y a recoger las armas y, después de velar toda la noche, muy de madrugada nos fuimos hasta el lugar donde nos esperaban otros compañeros. De ahí partimos rápidamente hacia los separos de la delegación donde se encontraba detenido El Ramón.
Yo fingí que me habían asaltado y que iba a levantar un acta, acompañada por algunos "familiares"; mientras tanto, algunos se apostaban afuera para agilizar la huida y otros se metieron a la enfermería y con sus armas amagaron al personal, hasta lograr liberar al Ramón.
Entonces, yo saqué mi pistola y me puse al frente del grupo, de ahí, todos juntos salimos despavoridos y abordamos los vehículos que nos estaban aguardando. Hace rato traté de ir a mi casa, pero antes de llegar me di cuenta de que estaba vigilada. Fue entonces cuando pensé en venir a verte, porque de ti no sospecha nadie.
Javier, sin decir nada, comenzó a empacar sus principales cosas y le dijo a la joven -vámonos, ayer me partieron la madre unos agentes al creerme involucrado con ustedes. Así los dos jóvenes emprendieron el camino, que con el tiempo fue trazando su destino…..



SALUDOS



FRANCISCO PARDAVE



sábado, 6 de diciembre de 2008

TE AMO

Abro los ojos, la luz es todavía muy tenue; tú yaces sobre el lecho con la cara apoyada sobre la almohada, mientras que tu pelo cae como en una caricia sobre tu cara. La sábana apenas te cubre medio torso, ofreciéndome la visión de tus hombros desnudos y parte de tu espalda. La suavidad de tu piel me llama a acariciarla, besarla; a sentir su tersura como de seda rozar la yema de mis dedos. Tu boca dibuja una débil sonrisa, casi imperceptible. Nunca te lo he dicho, pero es en estos momentos cuando me siento más enamorado de ti.
Me incorporo lentamente con temor de perturbar tu sueño. Algunos tímidos rayos de sol se cuelan furtivamente por la orilla de las cortinas para acariciar tu dulce rostro que me atrae con fuerza incontenible. Es un impulso de la naturaleza magnética y electrizante y... ¿Quién soy yo para resistir esa fuerza natural? ¿Qué soy, aparte de un pobre e indefenso ser humano? Yo mismo me respondo y comprendo que soy aquél que hace unos instantes compartía contigo el feliz reposo que ahora disfrutas. Soy quien te acompaña en las noches en las que el cansancio se desvanece, y también el que comparte caricias y besos contigo, como en un encuentro íntimo de dos, donde sólo nuestros cuerpos son los únicos invitados.
Me acerco más a ti intentando no despertarte con un brusco movimiento; de cerca la expresión de tu rostro es más y más irresistible. Me acurruco a tu lado pretendiendo tener el peso de una pluma, siendo consciente de lo imposible que es esa transmutación, y maldiciendo en todo momento mi impulsividad, si esta te arrancara el sueño.
Intento contener la respiración; el corazón me late de forma atronadora en el pecho pugnando por salírseme del sitio. Extiendo mi mano, y con el dorso de mis dedos, aparto con una caricia el cabello que navega por tu cara, ese rostro que es el espejo de mi felicidad. En ese momento, tu sonrisa crece y la habitación empieza a iluminarse. La expresión de tus labios brilla con luz propia, al instante que un aroma primaveral ataca mi olfato.
Cada vez me cuesta más contenerme y, como temiendo que te desvanezcas con mi contacto, me aproximo a ti con lentitud, con la respiración entrecortada a veces, contenida el resto del tiempo. Deposito un beso en tu mejilla, la cual cede bajo la presión de mis labios, recuperando forma natural cuando los separo de ti.
Tu cuerpo parece contraerse por un momento, como sacudido por una descarga eléctrica. Tu sonrisa se amplía y en ese momento, giras lentamente el cuerpo a la vez que lo cubres con la sábana. Abres lentamente los ojos, para volverlos a cerrar heridos por la luz de la mañana, cuyo brillo no puede rivalizar con la luminosidad que se desprende de tu mirada.
Muy despacio me miras desafiante, como si no te importase el hecho de que tus miradas mes deslumbran sin piedad; reprochándome el haberme separado por unos instantes de tu lado.
"¡Buenos días!" dices susurrando, y siento cómo tu voz acaricia mis oídos, para después bajarme cálida por la espalda y recorrerme todo el cuerpo. Me impregno de la sensación que deja en mí tu voz, y me dejo inundar por ella.
Vuelvo a inclinarme para besarte, con la seguridad que me da el saber que ahora son tus labios los que esperan los míos. Nuestras bocas se aproximan temblorosas a recibir el primer contacto del día, con la misma caricia con la que nos despedimos antes de quedarnos dormidos.
Al tiempo que el beso tiene lugar, una pequeña chispa prende en mi interior; luz que encuentra combustible en mi corazón, para de inmediato, convertirse en una llama avivada y alimentada por mi amor. Tiemblo por un instante, por que sé que esa flama se convertirá muy pronto en un incendio que arrase, queme y abrace todo nuestro ser, nuestra existencia, retroalimentando a la esencia misma de nuestro amor.
Buenos días –te contesto, mientras que nuestros cuerpos se abrazan fuertemente, agradeciendo a la vida el milagro de estar juntos. Te tomó de la mano y nos dirigimos hacia el baño donde tomamos una renovadora ducha. Observo de reojo tu bello cuerpo desnudo, tratando de no incomodarte con mis miradas. Por respuesta me atraes a tu lado y me haces reaccionar al abrir un poco más el agua fría. Reímos los dos y nos cobijamos mutuamente en la estrechez de nuestros brazos. "No vemos más tarde" –me dices, cuando desapareces por la penumbra de las escaleras. Yo, me quedó solo y me dirijo a la computadora, para tratar de hacerte este escrito donde te diga lo mucho que te amo…
FRANCISCO PARDAVE

viernes, 5 de diciembre de 2008

HISTORIAS DEL BRASIL

Hace algunos años tuve la oportunidad de viajar al Brasil con motivo de una investigación que tuve que realizar en ese país. Una noche que estaba muy cansado me dirigí al bar del hotel y me puse a platicar con un uruguayo que me contó la siguiente historia:
Lo que te voy a contar –me dijo, sucedió en las blancas costas del Brasil, en un pequeño pueblo de pescadores a orillas del Amazonas. Sus pobladores recuerdan el incidente con un resto de pudor en sus rostros y los maridos más temerosos prohíben a sus mujeres asistir a las fiestas de carnaval. Las comparsas coloridas son solamente ejecutadas por hombres y cualquier máscara hallada en el pueblo es quemada para conjurar cualquier vestigio de aquel baile que se realizara en el caserón del duque de Clichy.
Este era un joven francés muy reservado que no llevaba vida social y trataba de pasar desapercibido de los hombres. Sin embargo, de las mujeres no se podía esperar lo mismo. Las que lavaban a orillas del río murmuraban al unísono ante su presencia, las damas de sociedad hacían detener sus carros ante el hotel y por la ventanilla con cortinas de brocado le espiaban sin tregua. Aquella llegada produjo un revuelo en las hormonas femeninas. Y un centenar de confesiones ardientes que el único párroco debía atender diariamente; todas en torno al mismo personaje.
El francés había permanecido indiferente a las atenciones que le prodigaban, pero conocía más que nadie el impacto que provocaba su presencia. Por esos entonces el duque asediaba a Liselda, mujer morena, hija del comerciante del pueblo. Era una joven de piel fresca como la uva, de pechos firmes y magistrales y unas caderas que por la magnitud de sus faldas se adivinaban de carnes duras y redondas.
Unos meses antes del carnaval, llegó un cargamento de máscaras de Marruecos, la voluminosa carga ocupaba tres cajas de un peso tal que se necesitaron treinta peones para ser transportadas hasta el caserón.
Fue cuando un criado del duque avisó a todos los hombres más sobresalientes del pueblo que su señor brindaría una fiesta esplendorosa para el carnaval, donde abundarían los excesos.
La noche del baile transcurrió como se esperaba, acudieron todos los notables del pueblo, en un total de cincuenta parejas. Liselda había ido acompañada por el hijo mayor del juez. La noche era calurosa y servía de preludio a lo que vendría. El francés no se había mostrado aún. Las mujeres lo buscaban con una pasión sin escrúpulos. Con la mayor discreción, el duque hizo subir una por una a las damas y las besaba sin la menor resistencia. Luego les suspiraba al oído: "Después de la fiesta buscadme y si me encontráis seré vuestro siervo..."
Cerca de la medianoche los criados tentaron a los invitados a prolongar la fiesta en las playas... la oferta era una invitación al placer, al goce de la carne. De a uno y dispuestos en dos filas según los sexos, los invitados que aceptaran quedarse entrarían a una habitación repleta de máscaras, de donde tomarían la que más le conviniera, luego deberían desnudarse y correr hasta la playa. Las mujeres deberían hacer lo mismo. Poco a poco, los invitados llegaban desnudos a la playa, en donde únicamente se escuchaba el vacilar de los alientos bajo las máscaras. Estaba prohibido hablar con la pareja. Sólo se oían los jadeos y el crepitar de las olas. Las mujeres en sus desnudeces de fantasmas tanteaban en las penumbras y buscaban la máscara que cubriera el rostro del duque.
Sin embargo, sólo había una dama que conocía la máscara tras la cual se ocultaba el verdadero duque de Clichy... y esa dama era Liselda, ahora convertida en una mujer-gato. El francés la esperaba sobre unas rocas.
De pronto, apareció ante sus ojos la bella Liselda. El se abalanzó hacia ella y comenzó a desnudarla, su cuerpo era tal cual lo había imaginado. Los pechos redondos y firmes, el vientre levemente ondulado y más abajo un bosque oscuro y brilloso que resguardaba el paraíso de su sexo.
Cuando se acercó hacia ella, quiso quitarle su máscara pero la mujer se negó. El sabía que Liselda disfrutaba de aquel juego. Con un movimiento majestuoso, solemne, la mujer gato se sentó arriba del duque y alumbrada sólo por la luz de la luna cabalgó incesantemente hasta que las primeras luces anunciaron la mañana.
Uno a uno el resto de los invitados habían ido regresando como hubieron venido, dejando su fiereza en la playa. Nuevamente las mujeres volvían a ser esposas, los maridos alcaldes, jueces, comerciantes. Pero Liselda seguiría siendo la mujer-gato del duque de Clichy, pues al día siguiente los dos escapaban para Europa y todos los invitados recibían en sus casas los últimos regalos del francés... una caja con una máscara de animal dentro y el nombre de quien las había usado aquella noche del baile.

FRANCISCO PARDAVE

viernes, 28 de noviembre de 2008

MI BELLO AMOR

Iba caminando entre un bosque, en donde veían a la vez claros y oscuros entre las ramas de los frondosos árboles que cubrían el lugar; sí, claros y oscuros como los momentos que viví al lado de mi dulce compañera.
En mi andar, creía escuchar las suaves notas de una canción que canté alguna vez en aquella habitación donde nuestros cuerpos se fundieron al ritmo cadencioso del deseo mutuo.
Era un callado lugar cuyas agrestes penumbras me recuerdaban las cóncavas redondeses de su cuerpo por mi descubierto.
Hoy miro la luna (nuestra luna) y vuelvo a sentir la tersura de su piel. Cierro los ojos y paladeo la humedad de su cuerpo cuando la poseía con locura desenfrenada.
En medio del silencio que me envuelve aún puedo oír sus gemidos cuando el acto culminaba, su voz era la muestra del derroche de placer que le propinaba. ¡Su cuerpo se estiraba tratando de tocar el cielo en aquellos momentos!
La amé tanto que sería imposible decir cuanto; con ese amor fuimos cultivando las perlas de un collar con que adornamos la soledad denuestras vidas.
Pasaron los años y la edad se fue apoderando de nuestros cuerpos; sin embargo, nuestra alma seguía joven y fresca, como la primera vez que oí su preciosa voz, justo en aquel momento en que me di cuenta que la quería a mi lado para toda la vida.
Había momentos en que su mirada parecía perdida, como si ella tratara de evocar su juventud, entonces yo con mucha delicadeza cogía su mano y ella volvía a mí.
En esos momentos, nos dimos cuenta que nuestro amor sería eterno, ya que nuestros dos seres se habían fundido en una gran escultura que iba a resistir para siempre el paso de los tiempos.
Un triste día te fuiste amor, mi amor eterno, mi dulce y bello amor, y aunque se que nunca volverás, aún te quiero.
Un abrazo
Francisco Pardavé

ESTELA

El otro día se me ocurrió buscar entre mis libros uno que tuviera algunos poemas que hubiera leído en mi juventud.
Después de mucho indagar lo encontré, ahí estaba, un poco amarillento y descompuesto, ¡quién sabe desde cuando alguien lo había leído!
Al abrirlo, salió volando un papelito que decía:
"Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negray blanca
Y gris, y verde, y rubia,
quiéreme día, quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda... o no me quieras!"
Estela
¿Estela?, quien era Estela, ¿sería aquella compañera de la escuelaque me rechazó cuando le propuse que fuera mi novia?
A lo mejor fuela amiga de la compañera de mi hermano que nos acompañó a laexcursión a la Marquesa, cuando nos cayó el diluvio que nos hizo regresar todos mojados.
¿O sería aquella tímida muchacha que vivía enfrente de mi casa y que permanecía toda la noche con la luz encendida?
La curiosidad se apoderó de mi y ya no pude dormir, frenéticocomencé a buscar en los viejos álbumes de fotografías; de pronto la encontré: era ella, en un ovalito se veía su cara aún de adolescente, su mirada era tan triste y parecía tan ausente, una tímida sonrisa se dibujaba entre esos labios diminutos.
Atrás de lafoto se leía: "para ti con todo mi amor".
Maria Estela.
¡Cómo pude olvidarla! Si fue la luz de mi vida, mi primer amor, mi fugaz beso.
La que se fue aquella tarde cuando la acompañé a la terminal de autobuses diciéndome que volvería y nunca volvió.
La queme entregó este papelito que ahora estrecho entre mis manos y beso con ternura.
La mujer que sin duda, por primera vez la amé toda. La amé entera.
SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

jueves, 27 de noviembre de 2008

EL AQUELARRE

La noche es como el diablo:
Goza al hacer sufrir a los que más le temen

LA DENTELLADA

Después de algunos meses, un día sospeché que algo me iba a pasar; fue sobre todo el encuentro con esos extraños restos de huesos de pequeños animales los que me pusieron en alerta y me hicieron suspender mis largas caminatas por el bosque al filo del atardecer.
Se bien que no podía prescindir de la plaza como maestro rural sin crear sospechas, ni tampoco podía regresar a la ciudad con las manos vacías; por eso me decidí a esperar, sospechando de cada uno de mis alumnos y a desconfiar de aquellas ancianas que paseaban por las calles, siempre enlutadas y una expresión de un profundo dolor, que se reflejaba en sus rostros.
Me decidí a esperar, velando cada noche, encerrado en la vieja casona, para ver si conseguía distinguir una luz en el bosque, las huellas de alguna hoguera o algo que me sacara por fin de mis dudas.
Por eso, cuando vi aquellos signos en la pared, supe que estaban preparando mi muerte; era sin embargo, una revelación que me liberaba de la angustia anterior, pero que me dejaba aún más confuso y asustado. Estaba claro, aquellas señales circulares en una esquina lateral de la casona marcaban un punto para que las gentes de la aldea cumplieran uno de los ritos más macabros con mi sangre.
Sabía que desde antes estaban preparándome para aquella fecha; que ese holocausto estaba previsto desde mi llegada y que mis sospechas y mi miedo eran conocidos por todos y que estaban esperando una señal, una fecha concreta para venir en mi busca.
Me levanto despacio y apoyo los pies descalzos en el suelo y con la certeza de que todo está ya preparado vuelvo a oler el vaso que se encuentra a mi izquierda en la mesilla... una droga, sin duda. Contengo mi sed y logro convencerme de que es mejor seguir aquí en pie, de que si me bebo otro vaso de vino podré acabar con todo de una vez y liberarme así de este terror a lo desconocido, de este temblor terrestre provocado sin duda por esta intoxicación que me embriaga.
Guiado por una extraña fuerza interior avanzo por la habitación, tambaleándome como un enfermo recién levantado y consigo salir a la fría noche que me hace sentir la fatalidad de mi destino, pero me hace a la vez comprender que no vendrán por mí hasta que acabe la fiesta nocturna y comience el aquelarre como un rito de carne y sangre, de purificación y pecado. Me tambaleo por las callejas de la aldea y busco una salida hacia el bosque que no me conduzca a las hogueras encendidas que resplandecen en la oscuridad. Entre tropiezos, con vómitos y una terrible sed logro contener mi miedo y avanzo, me caigo, me incorporo y sigo el oscuro sedero que me marcan la noche y el azar. Camino con la desesperación del moribundo y con la certeza del condenado, mientras un color rojizo se va apoderando del cielo y noto como el suelo tiembla cada vez más cercano bajo mis pies descalzos, ya sangrantes por las piedras y las ramas.
Todo me da vueltas y sin saber como, me siento arrastrado hacia un baile horrendo que presiento me llevará hacia la destrucción. Trato de escabullirme tras unos matorrales, me arrastro en el barro y me acerco a un claro del bosque. De pronto mi sangre se detiene al contemplar la visión que muestran mis fatigados ojos entre las hogueras y el humo de olores amargos y sugerentes. Veo cabriolas en el aire, bocas deformadas en escalofriantes gritos de gozo y dolor, cuerpos retorcidos que se revuelven y se juntan, se separan, se vuelven a unir en una desesperada y agonizante orgía carnal, labios que muerden e incitan al sexo y a la más cruel violencia, pechos de hombres y mujeres descubiertos, saltos entre las hogueras, ojos desorbitados, alaridos infernales de pavor y de orgasmo, olor a carne podrida y sudor, largos cabellos azotados por el viento, sabor amargo de fluidos corporales, luz ambarina, roja, negra, luz titilante de hogueras, cuerpos vivos y muertos que caen y se levantan, que se yerguen y sucumben entre golpes, azotes y mordiscos, besos y caricias, y una confusión caótica de belleza y pasión, griterío incontenible en torno a la figura extática y sublime que se yergue entre todas, rodeada de un fulgor radiante que hace destacar su imponente cuerpo de diosa entre las deformes presencias a su alrededor, figura que se eleva sobre el suelo y flota dentro de un círculo abrasador trazado en el suelo, que mira y no ve, que se superpone y rige todo, que provoca y excita, que pronuncia oscuras palabras en una voz susurrante y lejana que apenas se logra distinguir entre los alaridos y el tremendo sonido del suelo que acompaña esta danza macabra y rodea en vibraciones a la esbelta figura central de esta danza. De pronto un silencio en torno a mi que se interrumpe por las sugerentes palabras ordenándome avanzar en cortos pasos entre las figuras que se retuercen, sobre las hogueras y las brasas, fijos los ojos en el cuerpo desnudo que flota dentro del círculo y ahora me tiende los brazos.
Me aproximo a ese cuerpo sudoroso que me llama entre susurros, y me incita a tocar sus redondas caderas y sus pechos duros y esbeltos. El temblor de la tierra me acompaña mientras la poseo. Noto como se retuerce debajo de mí con los ojos cerrados, como gime de placer bajo mi cuerpo. Me clava sus largas uñas en la espalda y el dolor es grato. Se acerca a mí y me muerde el hombro y mientras mana la sangre siento un placer doloroso y exquisito. Miro nuestras entrepiernas unidas que se mueven al compás del latido del mundo, observo la sangre en su pubis de la virginidad perdida y estallo en un gemido de dolor. Me aparto de su cuerpo y descubro que las manchas de sangre que provienen de su vagina son mías. Descubro en su vulva, unos agudos colmillos tan amenazantes como su mirada, unos dientes que ya han logrado su objetivo; y pierdo el conocimiento mientras contemplo aterrado, mientras me desangro, su cuerpo perfecto y su estremecedora mirada que me busca e indaga entre mis sufrimientos.
Despierto con una delirante sensación de angustia y una dolorosa impresión de haber sido masacrado. Durante más de dos semanas no pude caminar y las cicatrices producidas en aquella noche me duraron varios meses. A partir de ese momento me dejé llevar sin responder a ningún otro estímulo externo. No me extrañó levantarme de la cama y que me atendiesen casi todas las ancianas de la aldea con un cariño antes desconocido, tampoco me sorprendió demasiado seguir vagando por el bosque sin que nadie me importunara.
El porqué sigo con vida y respiro cada mañana la brisa que viene desde el monte hasta mi habitación no podré saberlo nunca, pero cuando contemplo las pequeñas cicatrices que rodean mi pene me siento vivo y presiento que jamás podré ser tan feliz como lo fui aquella noche que guardo entre mis mas horrendas pesadillas. Ahora sólo espero volver a vivir el aquelarre con aquel demonio-hembra de piel suave y morena, ojos indescriptibles y entrañas húmedas y expectantes; aunque esta vez su vaginal mordisco me vacíe por completo y me absorba con ella hasta lo más profundo de su satánica presencia.
SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

DEJAME EN PAZ

Después de un espantoso matrimonio y de un salvador divorcio, apenas me quedaban ganas de buscar mujeres.
¡Cómo me hubiera gustado olvidar mí memorable noche de bodas! Fue tan romántica que, estando yo arriba, intentando dar todo lo que tenía, observé que mi mujer contaba con los dedos durante todo el acto. Una vez que acabé le pregunté:
-¿Has disfrutado, cariño?
Y ella me contestó:
-¿Cuánto has juntado en el banco para cuando regresemos de vacaciones?
Sin embargo, en esa época yo estaba dispuesto a vivir con ella y a serle fiel hasta el final de nuestros días. Tanto que no volví a ver a ninguna de mis amigas y si alguna mujer se me insinuaba yo le respondía: “es mejor que te vayas pues estoy felizmente casado”. ¡Tonto de mí!, luego comprendí que a mi mujer no le hubiera importado.
Después de mi divorcio conocí a otra chica... Lo que más me gustó de ella es que no se parecía a mi ex mujer. No era mala, ni avariciosa, ni dominante; y otra cosa que me agradó es que en el momento en que nos conocimos sólo estaba cubierta por un diminuto bikini que resaltaba la belleza de su cuerpo. Y aunque no podría decir que fue en flechazo, la verdad es que ella me encantó; me refiero a que nos conocimos de casualidad, y todo surgió de manera espontánea. Creo que ella se quedó prendada de mi personalidad y no de mi billetera, así que nos dedicamos a disfrutar de ese maravilloso sol que nos cubría.
- ¿A qué te dedicas? - me preguntó.
- Trabajo por mi cuenta (no le dije que era gerente de un banco).
- ¡Te la has de pasar muy bien! Yo en cambio trabo todo el día y apenas tengo tiempo para divertirme.
- ¿Estás casada?
- No. Odio el matrimonio.
- ¿No quieres tener una relación estable?
- No. Las relaciones estables me oprimen, me ahogan. Prefiero ser yo, sin dar cuentas a nadie.
- Pero algún día te vendrá la vena maternal, y querrás tener un hijo.
- No te digo que no y si algún día lo necesito, lo tendré, aunque no esté casada. Lo que yo quiero es ser libre. Quiero ser yo. No es bueno hipotecar tu vida. Mírame: estoy aquí de maravilla y no necesito mucho dinero para tomar el sol. Y estoy disfrutando de tu compañía, y ojalá tú disfrutes de la mía
- ¿Y tú? –me preguntó.
- Yo pienso igual que tú, pero un día me casé y ahora estoy divorciado.
- Así es la vida. Yo he tenido que luchar mucho para no acabar con ningún hombre.
Y con conversaciones de este tipo estuvimos todo el día. Cuando el sol empezaba a alejarse, le pregunté:
- Se empieza a hacer tarde. ¿A dónde vas a dormir?
- Si quieres me puedo quedar contigo.
Y se quedó.
Era una historia de las buenas. Sin compromisos, sin exclusividad, sin broncas, sin ataduras; todo muy liberal, hasta que nos casamos...
Entonces empezó a decirme lo que me temía: que no me ocupo de ella, que hago lo que me parece, que no vamos de vacaciones, que nunca le hago regalos, que está harto del departamento viejo, y que necesita más dinero. Que jamás vamos a ver a sus padres, que le gustaría tener otro coche más nuevo, que gano muy poco en el trabajo…
Bueno, ¿qué les ha parecido?
Ahora cada vez que peleamos trato de ser más cariñoso. Ella me mira con cara de asco, y me dice:
-Déjame en paz.
Ustedes amigos que están leyendo, creo que son más inteligentes. Saben que una misma frase puede significar cosas diferentes según el contexto, y según como se diga. Sin embargo el déjame en paz de mi mujer, quiere decir que la deje, que no quiere tener sexo y que no lo volveré a tener hasta que no consiga lo que quiere. Y mientras, esa noche tengo que dormir nuevamente en el sofá y al día siguiente tendré que hacerme el desayuno.
La verdad, no me quejo. Me gusta mi vida. Tengo una casa que, aunque vieja, está limpia y es confortable. Dos hijos adorables, un perro precioso y un trabajo estable.
Pero si hay algo que me repatea, me indigna, me amarga, me deprime, me enoja, me exaspera, me encoleriza, me entristece, me aflige, me incomoda, me cansa y me provoca unas ganas locas de mandarlo todo a al demonio, es que aunque haga todos los méritos y la trate como a una reina, siempre que se lo pido, ella me dice:
-Déjame en paz.




SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

COMO SER ESCRITOR Y NO MORIR EN EL INTENTO

CÓMO SER ESCRITOR Y NO MORIR EN EL INTENTO
Sí queridos amigos, como me decía mi madre: no hay nada malo en escribir, siempre y cuando lo hagas en soledad y te hagas el disimulado después.
Y también como me decía mi padre: escribe, haz lo que quieras, siempre he sabido que habías nacido raro.
Además, como me ha dicho mi hermano el mayor: estás loco mano, en lugar de pasártela encerrado ¿por qué mejor no sales con chavas como toda la gente de tu edad?
Por su parte como me decía mi maestra de español en primaria: escribir es un proceso creativo interesante aún en niños como tú... sigue, sigue, pero antes aprende ortografía.
Y como me decía mi primer novia: que bonito que escribas, pero ¿por qué lo haces horita?
Mi primer jefe me decía: lo que debes escribir son los cheques, libros de contabilidad y las facturas; no, mejor escribe tu renuncia.
Los consejos que me decía mi primer maestro de taller literario: escribe, así es como un escritor se hace, llenando páginas y páginas, desechando, desbrozando, destruyendo. Diez versiones harán un cuento mediano. Si echando a perder se aprende, tú estas aprendiendo magníficamente.
Una vez un presentador en una fiesta decía: aquí el compañero escribe. Así como lo ven es un artista. Nadie entiende lo que escribe, pero artista al fin y al cabo. ¿Y quien mejor que él para decirle unas palabras a la quinceañera?
Al presentarme a mi primer editor, me decía: ¿Así que usted escribe? No podemos decir que sea muy original. Hay miles de escritores. Bueno, no importa. Vamos a ver si tenemos lugar para ti en la revista, alguna página que sobre... ¿pagar?, ¿quién dijo que te íbamos a pagar? Si quieres, puedes colaborar, vender unos ejemplares de algunas de nuestras revistas al menos mientras aprendes, si quieres...
Una vez me dijeron cuando fui a pedir trabajo: De acuerdo, escribe, pero ¿qué sabes hacer?
Un crítico opinaba: ¿este sujeto escribe?
Al recibir mi primer premio me dijeron: el ganador del concurso, aquí presente, es un joven valor de las letras literarias, y le entregamos esta licuadora de tres velocidades por tener el número...
Hasta mi mejor amigo me criticaba: me caes bien aunque escribas, porque todos tenemos nuestras mañitas.
Otro editor me reclamaba: ¿Pagar? deberías estar agradecido que saliste en nuestra revista, el arte jamás se vende, se regala, si no, no es arte. Y para la próxima corrige mejor las faltas de ortografía, tuvimos que pagarle a un corrector de estilo para que arreglara tu original.
El colmo, hasta mi representante me decía: admiro tu estilo, tu precisión, el sentimiento de tus frases, la dulzura explícita de tu prosa, pero las tarjetas de felicitación deben ser más graciosas, algo así cómo besitos por cumplir otro año al abrir la tarjetita, ya sabes, se gracioso, no sé por qué te quejas, después de todo me estás pagando para que escribas.
Sin embargo, queridos amigos, como dije en una entrevista que nunca salió publicada: ¡escribir es un placer!

Saludos
Francisco Pardavé

martes, 25 de noviembre de 2008

GABRIELA

…Y aunque intentó parecer adecuadamente severoante sus alumnos, Pedro Gaviota les vio de pronto tal y como eranrealmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó aquello que vio.¿No hay límites, Juan?,pensó y sonrió.Su carrera hacia el aprendizaje había empezado…

Una apacible tarde, Gabriela se encontraba disfrutando del magnífico libro Juan Salvador Gaviota en las playas de Tampico y Madero: un viento fresco azotaba su rostro, era el clima perfecto para estar ahí, observando de reojo las gaviotas juguetonas, que con astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento; a su vez, los peces saltaban sobre el agua tratando de liberarse de ellas. Era un espectáculo tan relajante y bello, como suelen serlo los maravillosos escenarios de la naturaleza. Gabriela permanecía tendida en la hamaca divagando las ideas y regresando los recuerdos en su mente. Poco a poco fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo. Su trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro mundo: a veces aburrido, otras cansado. Generalmente nada emocionante sucedía. Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Gabriela?... -¿Me conoce?... Un caballero de ojos claros respondió -claro, nos conocemos (ella no recordaba). Unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un agradable ¡hola!, sorprendió su salida del trabajo.Ella sólo alcanzó a decir, -lo siento, debo llegar temprano a mis clases de inglés, hasta luego. Los días siguientes pasaron normales; sin embargo, aquellos ojos y aquella sonrisa del hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron sentir en su cuerpo, algo producía ese caballero. ¿Lo habría notado? Un buen día su presencia viril la esperaban a la hora de salida. Una breve charla sin importancia terminó con un -quiero verte, directo, seguro, aplastante. Gaby recién había formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a su parecer, era casado. No obstante empezó a desear verlo, esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con frecuencia imaginaba sus manos acariciando sus mejillas y su cuello, bajando suavemente hacia su pecho... y esa tibia y callada humedad entre mis piernas… aparecía. Las vacaciones de Gabriela llegaron, lo que aprovechó para darse un merecido reposo en una playa de su ciudad natal... Se había hecho casi de noche y el mar estaba más agitado: hermoso dúo de atardecer y agua tenía ante sus ojos, dejó caer el libro, cerró los sentidos y se dejó llevar por el agradable momento. Una sensación más deliciosa le hizo abrirlos. Ahí estaba él, con su boca en la suya. Sentía sus labios juguetear con los de ella, su insistente besar la hacia vibrar, ya excitada, su cuerpo respondía de manera húmeda cuando sus manos sin el menor recato trataban de adentrarse por debajo del diminuto bikini. No había manera de parar aquello. No supo como ni en que momento, el se acurrucó junto a ella, sus besos eran interminables mientras que sus manos no dejaban de buscar. Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que ella con atrevimiento se hincó y bajó la ropa del ser que la subyugaba: su piel bronceada contrastaba con la suya. No podía esperar más, mientras él, con dominio de hombre fuerte sólo la miraba mientras acariciaba con ternura sus cabellos. Luego, sus manos la ayudaron a incorporarse; la tomó en sus brazos y la tendió sobre la hamaca. Ella cerró los ojos, apretó los labios y se dejó llevar. Sus movimientos sabios sabían provocarla; cada poro de su piel sentía sus manos, mientras su boca besaba suavemente sus ojos, labios y mejillas. No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía de pasión! Él lentamente despegó su cuerpo y con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse, mientras todo el ser de Gabriela pedía a gritos continuar. Por respuesta sintió un ataque final que terminó con el estallido mutuo de sus dos almas. Al final abrazó su cuerpo en un cálido gesto. ¿Como supiste donde estaba? -le preguntó. -Sólo pregunté le contestó. La respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarla. No importaba nada. Sólo ella y él en aquella costa arrullados por el vaivén de las olas. No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era inundada por sus gemidos explosivos. Las gaviotas con el anochecer se habían ido, sólo el oleaje constante del mar se escuchaba. Hincados en la arena, ambos se besaban con fervor, sin pensar en nada, sólo entregándose en un beso interminable. Como interminable sería el recuerdo de ese instante. Al amanecer, Gaby abrió los ojos, se encontraba sola: "habrá sido sólo un sueño", pensó, levantó el libro que se encontraba sobre la arena y prosiguió la lectura. Una gaviota se elevó hasta el cielo y se dejó caer como un relámpago. Era el alma de Juan Salvador Gaviota que le enseñaba que con sólo la fe, el amor y el espíritu se pueden lograr imposibles.
Saludos Francisco Pardavé

lunes, 17 de noviembre de 2008

A LAS DOCE DE LA NOCHE

A LAS DOCE DE LA NOCHE

Alfredo sabía que sus sentidos estaban esa noche muy exaltados. De eso él se había encargado, en sus más de cuarenta años de desarrollarlos. Sus estudios de Sicología y Medicina, le habían ayudado a conocer al prójimo, pero más allá de esto, su innata capacidad de llegar y de percibir a la gente lo había maravillado en más de una ocasión.
Fue precisamente en su cumpleaños cuando, rodeado de sus más íntimos amigos y su familia, dejó de sonreír por un instante, y, apartándose del bullicio que la gente generaba, se le vio meditabundo; en verdad se notaba que estaba como perdido en el insondable mundo de sus pensamientos.
Ese día y en esa precisa fecha, una voz que provenía del más allá le había anunciado la fecha de su muerte. Al instante comprendió que ese 2 de noviembre dejaría de existir; de nada le serviría comentarlo con sus invitados ya que nadie podría creerle y sólo lograría preocupar a las personas quienes más lo querían.
Guardó silencio y trató de disimular el miedo casi paralizante que lo invadía.
Despidió de todos los invitados y al encerrarse en su recámara, se le presentó la imagen de una mujer, casi indescriptible por su belleza y voluptuosidad, quien, con una voz susurrante volvió a repetirle la fecha: "2 de noviembre", desapareciendo casi al instante.
Desde ese instante, sintió que dejaría de ver a sus seres queridos; miraba con tristeza su habitación, sus libros, su álbum de fotos, su casa, su jardín; aquello que durante toda su vida lo había cobijado, y a lo que él tanto había amado.
A sabiendas que su estado de salud era óptimo, sabía que no volvería a ver la luz del día. Para esperar la muerte se puso a leer y a escuchar música y se resignó a observar el paso de las horas.
Cerca de las doce de la noche, a pesar que no fumaba, fue a su estudio en busca de cigarrillos; entró a la estancia poco iluminada; se sentó frente a su computadora y comenzó a mandar mensajes de despedida. Al servirse un café, una mujer rubia, de ojos claros y con mucho maquillaje, se acercó a él, le preguntó la hora, se sentó a su lado dejando entrever unas piernas hermosas; tenía un perfume fascinante. "Como el que una mujer desconocida le había impregnado en París hacía muchos años”, pensó él.
Ella - la mujer rubia-, casi sin hablarle, lo tomó de una mano y lo invitó a hacerle el amor; él se dejó llevar por el impulso mientras seguía pensando: "Vaya día de muertos". Varias horas pasaron hasta que ella le preguntó: "Eres Alfredo, ¿verdad?"
- Sí, exclamó él. ¿Cómo lo sabes?... ¿Quién eres?
Lo miró, iba a contestarle, cuando el reloj de la sala tocaba la última campanada de las 12 de la noche....
Saludos
Francisco Pardavé