CÓMO SER ESCRITOR Y NO MORIR EN EL INTENTO
Sí queridos amigos, como me decía mi madre: no hay nada malo en escribir, siempre y cuando lo hagas en soledad y te hagas el disimulado después.
Y también como me decía mi padre: escribe, haz lo que quieras, siempre he sabido que habías nacido raro.
Además, como me ha dicho mi hermano el mayor: estás loco mano, en lugar de pasártela encerrado ¿por qué mejor no sales con chavas como toda la gente de tu edad?
Por su parte como me decía mi maestra de español en primaria: escribir es un proceso creativo interesante aún en niños como tú... sigue, sigue, pero antes aprende ortografía.
Y como me decía mi primer novia: que bonito que escribas, pero ¿por qué lo haces horita?
Mi primer jefe me decía: lo que debes escribir son los cheques, libros de contabilidad y las facturas; no, mejor escribe tu renuncia.
Los consejos que me decía mi primer maestro de taller literario: escribe, así es como un escritor se hace, llenando páginas y páginas, desechando, desbrozando, destruyendo. Diez versiones harán un cuento mediano. Si echando a perder se aprende, tú estas aprendiendo magníficamente.
Una vez un presentador en una fiesta decía: aquí el compañero escribe. Así como lo ven es un artista. Nadie entiende lo que escribe, pero artista al fin y al cabo. ¿Y quien mejor que él para decirle unas palabras a la quinceañera?
Al presentarme a mi primer editor, me decía: ¿Así que usted escribe? No podemos decir que sea muy original. Hay miles de escritores. Bueno, no importa. Vamos a ver si tenemos lugar para ti en la revista, alguna página que sobre... ¿pagar?, ¿quién dijo que te íbamos a pagar? Si quieres, puedes colaborar, vender unos ejemplares de algunas de nuestras revistas al menos mientras aprendes, si quieres...
Una vez me dijeron cuando fui a pedir trabajo: De acuerdo, escribe, pero ¿qué sabes hacer?
Un crítico opinaba: ¿este sujeto escribe?
Al recibir mi primer premio me dijeron: el ganador del concurso, aquí presente, es un joven valor de las letras literarias, y le entregamos esta licuadora de tres velocidades por tener el número...
Hasta mi mejor amigo me criticaba: me caes bien aunque escribas, porque todos tenemos nuestras mañitas.
Otro editor me reclamaba: ¿Pagar? deberías estar agradecido que saliste en nuestra revista, el arte jamás se vende, se regala, si no, no es arte. Y para la próxima corrige mejor las faltas de ortografía, tuvimos que pagarle a un corrector de estilo para que arreglara tu original.
El colmo, hasta mi representante me decía: admiro tu estilo, tu precisión, el sentimiento de tus frases, la dulzura explícita de tu prosa, pero las tarjetas de felicitación deben ser más graciosas, algo así cómo besitos por cumplir otro año al abrir la tarjetita, ya sabes, se gracioso, no sé por qué te quejas, después de todo me estás pagando para que escribas.
Sin embargo, queridos amigos, como dije en una entrevista que nunca salió publicada: ¡escribir es un placer!
Saludos
Francisco Pardavé
jueves, 27 de noviembre de 2008
martes, 25 de noviembre de 2008
GABRIELA
…Y aunque intentó parecer adecuadamente severoante sus alumnos, Pedro Gaviota les vio de pronto tal y como eranrealmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó aquello que vio.¿No hay límites, Juan?,pensó y sonrió.Su carrera hacia el aprendizaje había empezado…
Una apacible tarde, Gabriela se encontraba disfrutando del magnífico libro Juan Salvador Gaviota en las playas de Tampico y Madero: un viento fresco azotaba su rostro, era el clima perfecto para estar ahí, observando de reojo las gaviotas juguetonas, que con astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento; a su vez, los peces saltaban sobre el agua tratando de liberarse de ellas. Era un espectáculo tan relajante y bello, como suelen serlo los maravillosos escenarios de la naturaleza. Gabriela permanecía tendida en la hamaca divagando las ideas y regresando los recuerdos en su mente. Poco a poco fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo. Su trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro mundo: a veces aburrido, otras cansado. Generalmente nada emocionante sucedía. Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Gabriela?... -¿Me conoce?... Un caballero de ojos claros respondió -claro, nos conocemos (ella no recordaba). Unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un agradable ¡hola!, sorprendió su salida del trabajo.Ella sólo alcanzó a decir, -lo siento, debo llegar temprano a mis clases de inglés, hasta luego. Los días siguientes pasaron normales; sin embargo, aquellos ojos y aquella sonrisa del hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron sentir en su cuerpo, algo producía ese caballero. ¿Lo habría notado? Un buen día su presencia viril la esperaban a la hora de salida. Una breve charla sin importancia terminó con un -quiero verte, directo, seguro, aplastante. Gaby recién había formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a su parecer, era casado. No obstante empezó a desear verlo, esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con frecuencia imaginaba sus manos acariciando sus mejillas y su cuello, bajando suavemente hacia su pecho... y esa tibia y callada humedad entre mis piernas… aparecía. Las vacaciones de Gabriela llegaron, lo que aprovechó para darse un merecido reposo en una playa de su ciudad natal... Se había hecho casi de noche y el mar estaba más agitado: hermoso dúo de atardecer y agua tenía ante sus ojos, dejó caer el libro, cerró los sentidos y se dejó llevar por el agradable momento. Una sensación más deliciosa le hizo abrirlos. Ahí estaba él, con su boca en la suya. Sentía sus labios juguetear con los de ella, su insistente besar la hacia vibrar, ya excitada, su cuerpo respondía de manera húmeda cuando sus manos sin el menor recato trataban de adentrarse por debajo del diminuto bikini. No había manera de parar aquello. No supo como ni en que momento, el se acurrucó junto a ella, sus besos eran interminables mientras que sus manos no dejaban de buscar. Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que ella con atrevimiento se hincó y bajó la ropa del ser que la subyugaba: su piel bronceada contrastaba con la suya. No podía esperar más, mientras él, con dominio de hombre fuerte sólo la miraba mientras acariciaba con ternura sus cabellos. Luego, sus manos la ayudaron a incorporarse; la tomó en sus brazos y la tendió sobre la hamaca. Ella cerró los ojos, apretó los labios y se dejó llevar. Sus movimientos sabios sabían provocarla; cada poro de su piel sentía sus manos, mientras su boca besaba suavemente sus ojos, labios y mejillas. No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía de pasión! Él lentamente despegó su cuerpo y con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse, mientras todo el ser de Gabriela pedía a gritos continuar. Por respuesta sintió un ataque final que terminó con el estallido mutuo de sus dos almas. Al final abrazó su cuerpo en un cálido gesto. ¿Como supiste donde estaba? -le preguntó. -Sólo pregunté le contestó. La respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarla. No importaba nada. Sólo ella y él en aquella costa arrullados por el vaivén de las olas. No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era inundada por sus gemidos explosivos. Las gaviotas con el anochecer se habían ido, sólo el oleaje constante del mar se escuchaba. Hincados en la arena, ambos se besaban con fervor, sin pensar en nada, sólo entregándose en un beso interminable. Como interminable sería el recuerdo de ese instante. Al amanecer, Gaby abrió los ojos, se encontraba sola: "habrá sido sólo un sueño", pensó, levantó el libro que se encontraba sobre la arena y prosiguió la lectura. Una gaviota se elevó hasta el cielo y se dejó caer como un relámpago. Era el alma de Juan Salvador Gaviota que le enseñaba que con sólo la fe, el amor y el espíritu se pueden lograr imposibles.
Saludos Francisco Pardavé
Una apacible tarde, Gabriela se encontraba disfrutando del magnífico libro Juan Salvador Gaviota en las playas de Tampico y Madero: un viento fresco azotaba su rostro, era el clima perfecto para estar ahí, observando de reojo las gaviotas juguetonas, que con astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento; a su vez, los peces saltaban sobre el agua tratando de liberarse de ellas. Era un espectáculo tan relajante y bello, como suelen serlo los maravillosos escenarios de la naturaleza. Gabriela permanecía tendida en la hamaca divagando las ideas y regresando los recuerdos en su mente. Poco a poco fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo. Su trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro mundo: a veces aburrido, otras cansado. Generalmente nada emocionante sucedía. Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Gabriela?... -¿Me conoce?... Un caballero de ojos claros respondió -claro, nos conocemos (ella no recordaba). Unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un agradable ¡hola!, sorprendió su salida del trabajo.Ella sólo alcanzó a decir, -lo siento, debo llegar temprano a mis clases de inglés, hasta luego. Los días siguientes pasaron normales; sin embargo, aquellos ojos y aquella sonrisa del hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron sentir en su cuerpo, algo producía ese caballero. ¿Lo habría notado? Un buen día su presencia viril la esperaban a la hora de salida. Una breve charla sin importancia terminó con un -quiero verte, directo, seguro, aplastante. Gaby recién había formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a su parecer, era casado. No obstante empezó a desear verlo, esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con frecuencia imaginaba sus manos acariciando sus mejillas y su cuello, bajando suavemente hacia su pecho... y esa tibia y callada humedad entre mis piernas… aparecía. Las vacaciones de Gabriela llegaron, lo que aprovechó para darse un merecido reposo en una playa de su ciudad natal... Se había hecho casi de noche y el mar estaba más agitado: hermoso dúo de atardecer y agua tenía ante sus ojos, dejó caer el libro, cerró los sentidos y se dejó llevar por el agradable momento. Una sensación más deliciosa le hizo abrirlos. Ahí estaba él, con su boca en la suya. Sentía sus labios juguetear con los de ella, su insistente besar la hacia vibrar, ya excitada, su cuerpo respondía de manera húmeda cuando sus manos sin el menor recato trataban de adentrarse por debajo del diminuto bikini. No había manera de parar aquello. No supo como ni en que momento, el se acurrucó junto a ella, sus besos eran interminables mientras que sus manos no dejaban de buscar. Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que ella con atrevimiento se hincó y bajó la ropa del ser que la subyugaba: su piel bronceada contrastaba con la suya. No podía esperar más, mientras él, con dominio de hombre fuerte sólo la miraba mientras acariciaba con ternura sus cabellos. Luego, sus manos la ayudaron a incorporarse; la tomó en sus brazos y la tendió sobre la hamaca. Ella cerró los ojos, apretó los labios y se dejó llevar. Sus movimientos sabios sabían provocarla; cada poro de su piel sentía sus manos, mientras su boca besaba suavemente sus ojos, labios y mejillas. No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía de pasión! Él lentamente despegó su cuerpo y con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse, mientras todo el ser de Gabriela pedía a gritos continuar. Por respuesta sintió un ataque final que terminó con el estallido mutuo de sus dos almas. Al final abrazó su cuerpo en un cálido gesto. ¿Como supiste donde estaba? -le preguntó. -Sólo pregunté le contestó. La respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarla. No importaba nada. Sólo ella y él en aquella costa arrullados por el vaivén de las olas. No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era inundada por sus gemidos explosivos. Las gaviotas con el anochecer se habían ido, sólo el oleaje constante del mar se escuchaba. Hincados en la arena, ambos se besaban con fervor, sin pensar en nada, sólo entregándose en un beso interminable. Como interminable sería el recuerdo de ese instante. Al amanecer, Gaby abrió los ojos, se encontraba sola: "habrá sido sólo un sueño", pensó, levantó el libro que se encontraba sobre la arena y prosiguió la lectura. Una gaviota se elevó hasta el cielo y se dejó caer como un relámpago. Era el alma de Juan Salvador Gaviota que le enseñaba que con sólo la fe, el amor y el espíritu se pueden lograr imposibles.
Saludos Francisco Pardavé
CUANDO TE VAYAS DE MI
Cuando te vayas de mí
te olvidarás de todo lo que me dijiste
y te irás borrando poco a poco de mis versos.
Y tú sonrisa vibrante y seductora
se perderá entre la niebla olvidada de mis besos.
Yo seguiré soñando que nos veremos algún día
y pensaré: "es bella todavía"
Tú pensarás: "es cada día más viejo"
Tu irás sola o con un hijo que debería ser nuestro.
Y seguirá acabándose la vida,
igual que un río que corre hacia el desierto.
Tal vez alguna canción de entonces
evocará tu recuerdo.
Y en esa noche triste pensaré en ti,
y te volveré a hacer un verso.
Yo seguiré soñando,
pero ya no serás la imagen de mi sueño.
Tú también de seguro ya me habrás olvidado
cuando sobre tus rodillas retocen bellos nietos.
Y una tarde sin sol cuando me cubra la tierra,
tú con los ojos tristes, y los cabellos blancos
pasarás las horas viendo tele o pensando
que cada primavera renacerán las rosas
Aunque ya tú estés vieja,
y aunque yo haya muerto.
Francisco Pardavé
(Como homenaje a José Ángel Buesa)
te olvidarás de todo lo que me dijiste
y te irás borrando poco a poco de mis versos.
Y tú sonrisa vibrante y seductora
se perderá entre la niebla olvidada de mis besos.
Yo seguiré soñando que nos veremos algún día
y pensaré: "es bella todavía"
Tú pensarás: "es cada día más viejo"
Tu irás sola o con un hijo que debería ser nuestro.
Y seguirá acabándose la vida,
igual que un río que corre hacia el desierto.
Tal vez alguna canción de entonces
evocará tu recuerdo.
Y en esa noche triste pensaré en ti,
y te volveré a hacer un verso.
Yo seguiré soñando,
pero ya no serás la imagen de mi sueño.
Tú también de seguro ya me habrás olvidado
cuando sobre tus rodillas retocen bellos nietos.
Y una tarde sin sol cuando me cubra la tierra,
tú con los ojos tristes, y los cabellos blancos
pasarás las horas viendo tele o pensando
que cada primavera renacerán las rosas
Aunque ya tú estés vieja,
y aunque yo haya muerto.
Francisco Pardavé
(Como homenaje a José Ángel Buesa)
viernes, 21 de noviembre de 2008
A LA DISTANCIA
A la distancia de este amor
aún puedo gritar que te amo
que no es posible arrancarte de mi corazón
y que la vida me ha enseñado a amarte sin condición
Que para algunos sera una locura
Que para algunos sera una locura
pero para mi se llama amor
este amor que es fuerte cada vez más
No se si te lo merezcas
No se si te lo merezcas
esto no es cuestión de ti
es de lo que siente mi corazón
amándote cada vez más sin importar la distancia
Sigues presente en mi vida
Sigues presente en mi vida
me abrazas cada noche cuando mi cuerpo
se acuesta en nuestra cama
Tus brazos se sienten entre las sábanas
que me abrazan para sentirme seguro
Tus labios que corren mi cuerpo
Tus labios que corren mi cuerpo
en cada sueño que es mi realidad
por que te amo y no lo puedo negar
No se dónde estás
No se dónde estás
ni dónde te puedo encontrar
pero tu escencia se quedó junto a mi
junto a mí cuerpo
junto a mí corazón
TU CUERPO
Todos mis deseos, como un río, desembocan en tu cuerpo
En tu cálido, generoso y latino cuerpo
Tu cuerpo que no es distinto a otros cuerpos
Y sin embargo es tan distinto
Tal vez porque únicamente
Yo conozco los secretos que guarda
Es un cuerpo fértil como la buena tierra
Generoso como el buen vino
Fresco como el aire de la sierra
Abundante como el verde en primavera
Tu cuerpo, claro como la luz del día
Misterioso como la noche oscura
Oloroso como un manzano
Incitante como el mar revuelto
¡Cuántas veces he navegado por ese mar
Sin haber naufragado nunca!
Conozco tu cuerpo como la palma de mi mano
Como el jardinero a sus plantas
Como el alfarero la arcilla que moldea
Como su antiguo oficio el artesano
Lo conozco sendero por sendero
Colina por colina
Tu hermoso cuerpo
Como las estrellas del cielo
Como al poema que más me gusta...
Me lo sé de memoria
Francisco Pardavé
Viernes 13 de junio de 2008
ERES MI SENSACION
Eres mi sensación...
la inspiración que eleva mi alma
para hacerte poema,
en tu mirada esta tú picardía...
la ternura que domina mi corazón,
tus sentimientos saben abrazarme
con la caricia dulce que sale de tu ser...
y tu sonrisa conquista mis sentimientos.
Provocas una sonrisa en mi mirada
desnudando mis secretos,
tu esencia me envuelve en un elixir de amor...
deliciosa es tu voz que me atrapa
en una divina gracia que cubre todo mi ser,
tus labios son un bálsamo
a mis besos que dejo en ti.
Como agua cristalina
bebo de tu amor que sacia mi sed de amarte...
de amarte con lapasión viva que nace de mi alma,
eres un amanecer
de la esperanza que llega ami vida
sanando mis heridas del ayer,
con el dulce amor que dejas en mi corazón.
POR SI VOLVIERAS
POR SI VOLVIERAS
Volví a mirarme frente al espejo: las arrugas y las bolsas de los ojos se habían hecho más grandes y profundas, el tedio y la rutina se reflejaban en mis facciones. De pronto me quedé con los brazos caídos, sin saber a qué más dedicarme. Inútil era echarme de nuevo a la cama, porque dormir no podría; para distraerme encendí el televisor, fui a mi cuarto por un cigarrillo y a la cocina por una cerveza; la programación se me figuró insufrible, ni siquiera el cigarro y la cerveza me supieron bien. Me levanté y abrí las ventanas. Nadie circulaba por la calle, el único ruido, provenía del leve chasquido que producían las gotas de lluvia al azotarse contra el suelo. Saqué la cabeza por el balcón para pegar un tremendo alarido, un grito que me sacudió de pies a cabeza, y que seguramente también estremeció a más de uno de mis vecinos. Inhalé una bocanada de aire frío que me hizo toser varias veces. Después de mi exabrupto me sentí más tranquilo, cerré las ventanas, recogí la chamarra y bajé con premura los marchitos escalones del edificio; tal urgencia tenía llegar al sitio donde siempre había gente y cantinas abiertas.
El viento gélido me obligó a subir hasta el cuello el cierre de mi chamarra, de seguro el termómetro marcaría escasos grados de temperatura ambiental. Caminé con pasos rápidos para entrar en calor. Tenía hambre, un hambre inusual en mí, acostumbrado ya, por cuestiones de economía, a no cenar. Entré al primer bar que encontré abierto. Estaba repleto, pero me sentí mejor al sumergirme en ese pantano de voces y risas.
Me bebí un tequila doble a sorbos lentos, disfrutando la amargura aromatizada de la bebida que inundaba mi garganta; pedí algo de comer pero ya no quedaba nada. Maldecí a la gente que había arrasado con todo comestible. Salí de ahí y me di a la búsqueda de un lugar que recordaba. El tendajón estaba casi vacío pero había unos ricos tacos que me hicieron agua la boca. Cuando masticaba el último pedazo del suadero, vi por el espejo a una muchacha que se acercaba a mi mesa, decía algo inaudible y estiraba un brazo.
- Por favor, unas monedas para comer –me dijo.
- Mejor pide algo que yo te invito –le contesté.
La joven me dio las gracias y se sentó junto a mí. Mientras ella elegía su comida, de soslayo realicé una discreta inspección a la fisonomía de mi invitada: tenía el cabello negro, corto y un tanto disparejo de los lados, en los párpados destacaban unas ojeras como de varios días de no pegar un ojo. Su indumentaria era de mezclilla. La chica ordenó una buena ración de tacos al pastor que devoró casi de inmediato.
- Hola, soy madrileña, saludó, y me asestó dos besos, uno en cada mejilla -¿y tú eres?
- Sí soy Mexicano –lo habrás notado por el acento, ¿no?
- Sí, un poco... sabes, hablan de una manera tan melodiosa, no sé... como si cantaran siempre... a mí me parece agradable.
La joven se desabotonó la chamarra y pude ver su camiseta negra, con el estampado de Los ángeles del infierno en el centro.
- Anda vámonos de aquí –le dije.
Estuvo de acuerdo. Salimos a la bulliciosa calle.
- Jo, macho, si te apetece damos una vuelta, y si te queda dinero podemos tomar una cañita en cualquier bar, ¿vale? Espérame aquí, ahora vuelvo –me dijo mientras desaparecía en medio de la gente.
Después de unos minutos empecé a impacientarme «tal vez sea mi última noche en Madrid y yo esperando a esta tía que aquí me tiene hecho un pendejo ». Ella pareció escuchar mis pensamientos, pues la vi salir de un antro y levantó la cabeza para buscarme entre el tumulto; alcé la mano y se dirigió hacia mí, muy sonriente.
- Estamos de suerte, macho, que he conseguido unos buenos porros. Vámonos a fumar por alguna de estas callecitas.
Me tomó del brazo y partimos. Ella encendió el cigarro y lo fuimos consumiendo, cada uno a su debido turno. Nos alejábamos, silenciosamente, de las escandalosas calzadas. Sentí relajarme aún más. A pesar de no hablar casi nada, me entró la impresión de andar del brazo de una antigua conocida que me protegía, y aunque no fuera guapa ni estuviera presentable, sentí un inesperado gusto de estar a su lado.
Cerca de la estación de un metro nos detuvimos ante un callejón semioscuro, y sin ponernos de acuerdo, lo penetramos; íbamos a la mitad, cuando ella se detuvo; ahí se le ocurrió encender otro porro. Nos recargamos contra el muro.
- Cuéntame... ¿Y tú qué andas haciendo por España?
Tras un breve silencio, le dije de mi urgente partida a México y le conté de la necesidad que tenía de estar entre la gente para no sentirme solo, y de los deseos de tomarme todas las cervezas que me entraran por el cogote. Ella empezó a mirarme de otro modo, como maternal. Me pasó el cigarro. Aspiré profundo, con los deseos de que el humo inundara mis pulmones y se esparciera por los vericuetos de mis entrañas. Pretendí devolvérselo, pero ella insistió para que siguiera fumando.
- Anda majo, esto te hará sentir un poco más tranquilo.
Volví a fumar hondo. Ella retiró el cigarro de mis dedos. En el fulgor brillaron sus pupilas y me dijo algo ininteligible, se despegó de la pared y se puso frente a mí: « - ¿Qué miras guapo? »; sentí sus manos tibias que sujetaron mi cuello. Ladeó su cara y me atrajo hacia ella; mis labios se humedecieron con unos besos largos. Sentí la sangre agolparse bajo mi piel; mis dientes buscaron sus labios inferiores para mordisquearlos con ternura, y mis manos la atenazaron por la cintura, apretándola febrilmente contra mi cuerpo. La despojé de la chamarra, levanté su playera y palpé sus pechos desnudos. Ella luchaba tímidamente por apartarse, alarmada por mi reacción.
- ¡Vámonos de aquí, marchémonos para mi piso... es aquí cerca!... -le ordené con rabia. Recogí la chamarra del suelo, se la coloqué en la espalda y sin darle tiempo de cuestionar el mandato, la tomé de la muñeca y la arrastré hacia la salida de la callejuela. Después de un rato nos encontramos en la esquina de mi calle. Señalé mi resplandeciente ventana, pues había olvidado apagar la luz, en el segundo piso. Ella, temblorosa, se abotonó el chaquetón.
- Sabes majo, dejémoslo aquí... no te encabrites pero hasta aquí hemos llegado... tengo que marcharme...
No hice caso y la seguí arrastrando hacia la puerta. Seguramente desde la esquina de la calle lo vieron todo, «lo que me faltaba», porque la patrulla, con sus faros apagados se acercó hasta mi portón; los dos ocupantes nos miraron; descendieron.
- ¿Qué está pasando aquí?...
- No pasa nada oficial, mi novia que no quería entrar conmigo... eso es todo, no pasa nada...
A jalones me subieron a la patrulla. Me volví y la miré desde el asiento trasero. Me pareció más calmada porque hablaba con el que conducía, moviendo las manos pausadamente. A una seña de su pareja, el que me custodiaba se acercó al vehículo, y me bajó del coche.
Entonces sentí la heladez que me traspasaba los huesos. Me sentía un imbécil ante la absurda escena, con ganas de abrir la puerta del edificio donde vivía.
- Métete a dormir tío... pronto va a amanecer, me dijo el patrullero.
- Gracias... -contesté con un dejo irónico.
Desde la ventanilla ella me lanzó un beso que rechacé con un ademán de la mano. El auto arrancó y los tres se fueron.
En mi cuarto saqué todo el dinero que me quedaba y lo extendí sobre la cama. Tendría que cambiar algunos dólares para completar el precio del billete de avión. Éstas y otras reflexiones me ocupaban cuando oí un leve, pero insistente golpeteo en el balcón.
Eran piedrecillas sobre mi ventana. Limpié con la mano el vaho del vidrio empañado y me asomé, sin abrir. Era ella parada en medio del arroyo. Su voz penetró hasta dentro de la estancia.
- ¡Joder macho, ábreme esta puta puerta que quiero estar contigo... anda joder que me abras y deja de contemplarme como un pelma!
- Está bien, vale, me marcho, pero cuando vuelvas búscame siempre entre las plazas, entre las callejuelas, entre los bares, entre el humo de los porros, que ahí estaré... búscame que siempre tendré ganas de estar contigo... búscame, aún en tus sueños, en tus besos o en tus manoseos, búscame, aunque nunca vuelvas a Madrid.
Así la dejé marchar. Se fue alejando, con las manos entrelazadas, volviendo la vista de tramo en tramo hacia el balcón farfullando otras frases, desarticulando otras incoherencias. Desapareció de mi vista y de mi existencia. (Madrid, septiembre del 92)
Saludos Francisco Pardavé
Volví a mirarme frente al espejo: las arrugas y las bolsas de los ojos se habían hecho más grandes y profundas, el tedio y la rutina se reflejaban en mis facciones. De pronto me quedé con los brazos caídos, sin saber a qué más dedicarme. Inútil era echarme de nuevo a la cama, porque dormir no podría; para distraerme encendí el televisor, fui a mi cuarto por un cigarrillo y a la cocina por una cerveza; la programación se me figuró insufrible, ni siquiera el cigarro y la cerveza me supieron bien. Me levanté y abrí las ventanas. Nadie circulaba por la calle, el único ruido, provenía del leve chasquido que producían las gotas de lluvia al azotarse contra el suelo. Saqué la cabeza por el balcón para pegar un tremendo alarido, un grito que me sacudió de pies a cabeza, y que seguramente también estremeció a más de uno de mis vecinos. Inhalé una bocanada de aire frío que me hizo toser varias veces. Después de mi exabrupto me sentí más tranquilo, cerré las ventanas, recogí la chamarra y bajé con premura los marchitos escalones del edificio; tal urgencia tenía llegar al sitio donde siempre había gente y cantinas abiertas.
El viento gélido me obligó a subir hasta el cuello el cierre de mi chamarra, de seguro el termómetro marcaría escasos grados de temperatura ambiental. Caminé con pasos rápidos para entrar en calor. Tenía hambre, un hambre inusual en mí, acostumbrado ya, por cuestiones de economía, a no cenar. Entré al primer bar que encontré abierto. Estaba repleto, pero me sentí mejor al sumergirme en ese pantano de voces y risas.
Me bebí un tequila doble a sorbos lentos, disfrutando la amargura aromatizada de la bebida que inundaba mi garganta; pedí algo de comer pero ya no quedaba nada. Maldecí a la gente que había arrasado con todo comestible. Salí de ahí y me di a la búsqueda de un lugar que recordaba. El tendajón estaba casi vacío pero había unos ricos tacos que me hicieron agua la boca. Cuando masticaba el último pedazo del suadero, vi por el espejo a una muchacha que se acercaba a mi mesa, decía algo inaudible y estiraba un brazo.
- Por favor, unas monedas para comer –me dijo.
- Mejor pide algo que yo te invito –le contesté.
La joven me dio las gracias y se sentó junto a mí. Mientras ella elegía su comida, de soslayo realicé una discreta inspección a la fisonomía de mi invitada: tenía el cabello negro, corto y un tanto disparejo de los lados, en los párpados destacaban unas ojeras como de varios días de no pegar un ojo. Su indumentaria era de mezclilla. La chica ordenó una buena ración de tacos al pastor que devoró casi de inmediato.
- Hola, soy madrileña, saludó, y me asestó dos besos, uno en cada mejilla -¿y tú eres?
- Sí soy Mexicano –lo habrás notado por el acento, ¿no?
- Sí, un poco... sabes, hablan de una manera tan melodiosa, no sé... como si cantaran siempre... a mí me parece agradable.
La joven se desabotonó la chamarra y pude ver su camiseta negra, con el estampado de Los ángeles del infierno en el centro.
- Anda vámonos de aquí –le dije.
Estuvo de acuerdo. Salimos a la bulliciosa calle.
- Jo, macho, si te apetece damos una vuelta, y si te queda dinero podemos tomar una cañita en cualquier bar, ¿vale? Espérame aquí, ahora vuelvo –me dijo mientras desaparecía en medio de la gente.
Después de unos minutos empecé a impacientarme «tal vez sea mi última noche en Madrid y yo esperando a esta tía que aquí me tiene hecho un pendejo ». Ella pareció escuchar mis pensamientos, pues la vi salir de un antro y levantó la cabeza para buscarme entre el tumulto; alcé la mano y se dirigió hacia mí, muy sonriente.
- Estamos de suerte, macho, que he conseguido unos buenos porros. Vámonos a fumar por alguna de estas callecitas.
Me tomó del brazo y partimos. Ella encendió el cigarro y lo fuimos consumiendo, cada uno a su debido turno. Nos alejábamos, silenciosamente, de las escandalosas calzadas. Sentí relajarme aún más. A pesar de no hablar casi nada, me entró la impresión de andar del brazo de una antigua conocida que me protegía, y aunque no fuera guapa ni estuviera presentable, sentí un inesperado gusto de estar a su lado.
Cerca de la estación de un metro nos detuvimos ante un callejón semioscuro, y sin ponernos de acuerdo, lo penetramos; íbamos a la mitad, cuando ella se detuvo; ahí se le ocurrió encender otro porro. Nos recargamos contra el muro.
- Cuéntame... ¿Y tú qué andas haciendo por España?
Tras un breve silencio, le dije de mi urgente partida a México y le conté de la necesidad que tenía de estar entre la gente para no sentirme solo, y de los deseos de tomarme todas las cervezas que me entraran por el cogote. Ella empezó a mirarme de otro modo, como maternal. Me pasó el cigarro. Aspiré profundo, con los deseos de que el humo inundara mis pulmones y se esparciera por los vericuetos de mis entrañas. Pretendí devolvérselo, pero ella insistió para que siguiera fumando.
- Anda majo, esto te hará sentir un poco más tranquilo.
Volví a fumar hondo. Ella retiró el cigarro de mis dedos. En el fulgor brillaron sus pupilas y me dijo algo ininteligible, se despegó de la pared y se puso frente a mí: « - ¿Qué miras guapo? »; sentí sus manos tibias que sujetaron mi cuello. Ladeó su cara y me atrajo hacia ella; mis labios se humedecieron con unos besos largos. Sentí la sangre agolparse bajo mi piel; mis dientes buscaron sus labios inferiores para mordisquearlos con ternura, y mis manos la atenazaron por la cintura, apretándola febrilmente contra mi cuerpo. La despojé de la chamarra, levanté su playera y palpé sus pechos desnudos. Ella luchaba tímidamente por apartarse, alarmada por mi reacción.
- ¡Vámonos de aquí, marchémonos para mi piso... es aquí cerca!... -le ordené con rabia. Recogí la chamarra del suelo, se la coloqué en la espalda y sin darle tiempo de cuestionar el mandato, la tomé de la muñeca y la arrastré hacia la salida de la callejuela. Después de un rato nos encontramos en la esquina de mi calle. Señalé mi resplandeciente ventana, pues había olvidado apagar la luz, en el segundo piso. Ella, temblorosa, se abotonó el chaquetón.
- Sabes majo, dejémoslo aquí... no te encabrites pero hasta aquí hemos llegado... tengo que marcharme...
No hice caso y la seguí arrastrando hacia la puerta. Seguramente desde la esquina de la calle lo vieron todo, «lo que me faltaba», porque la patrulla, con sus faros apagados se acercó hasta mi portón; los dos ocupantes nos miraron; descendieron.
- ¿Qué está pasando aquí?...
- No pasa nada oficial, mi novia que no quería entrar conmigo... eso es todo, no pasa nada...
A jalones me subieron a la patrulla. Me volví y la miré desde el asiento trasero. Me pareció más calmada porque hablaba con el que conducía, moviendo las manos pausadamente. A una seña de su pareja, el que me custodiaba se acercó al vehículo, y me bajó del coche.
Entonces sentí la heladez que me traspasaba los huesos. Me sentía un imbécil ante la absurda escena, con ganas de abrir la puerta del edificio donde vivía.
- Métete a dormir tío... pronto va a amanecer, me dijo el patrullero.
- Gracias... -contesté con un dejo irónico.
Desde la ventanilla ella me lanzó un beso que rechacé con un ademán de la mano. El auto arrancó y los tres se fueron.
En mi cuarto saqué todo el dinero que me quedaba y lo extendí sobre la cama. Tendría que cambiar algunos dólares para completar el precio del billete de avión. Éstas y otras reflexiones me ocupaban cuando oí un leve, pero insistente golpeteo en el balcón.
Eran piedrecillas sobre mi ventana. Limpié con la mano el vaho del vidrio empañado y me asomé, sin abrir. Era ella parada en medio del arroyo. Su voz penetró hasta dentro de la estancia.
- ¡Joder macho, ábreme esta puta puerta que quiero estar contigo... anda joder que me abras y deja de contemplarme como un pelma!
- Está bien, vale, me marcho, pero cuando vuelvas búscame siempre entre las plazas, entre las callejuelas, entre los bares, entre el humo de los porros, que ahí estaré... búscame que siempre tendré ganas de estar contigo... búscame, aún en tus sueños, en tus besos o en tus manoseos, búscame, aunque nunca vuelvas a Madrid.
Así la dejé marchar. Se fue alejando, con las manos entrelazadas, volviendo la vista de tramo en tramo hacia el balcón farfullando otras frases, desarticulando otras incoherencias. Desapareció de mi vista y de mi existencia. (Madrid, septiembre del 92)
Saludos Francisco Pardavé
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