viernes, 5 de diciembre de 2008

HISTORIAS DEL BRASIL

Hace algunos años tuve la oportunidad de viajar al Brasil con motivo de una investigación que tuve que realizar en ese país. Una noche que estaba muy cansado me dirigí al bar del hotel y me puse a platicar con un uruguayo que me contó la siguiente historia:
Lo que te voy a contar –me dijo, sucedió en las blancas costas del Brasil, en un pequeño pueblo de pescadores a orillas del Amazonas. Sus pobladores recuerdan el incidente con un resto de pudor en sus rostros y los maridos más temerosos prohíben a sus mujeres asistir a las fiestas de carnaval. Las comparsas coloridas son solamente ejecutadas por hombres y cualquier máscara hallada en el pueblo es quemada para conjurar cualquier vestigio de aquel baile que se realizara en el caserón del duque de Clichy.
Este era un joven francés muy reservado que no llevaba vida social y trataba de pasar desapercibido de los hombres. Sin embargo, de las mujeres no se podía esperar lo mismo. Las que lavaban a orillas del río murmuraban al unísono ante su presencia, las damas de sociedad hacían detener sus carros ante el hotel y por la ventanilla con cortinas de brocado le espiaban sin tregua. Aquella llegada produjo un revuelo en las hormonas femeninas. Y un centenar de confesiones ardientes que el único párroco debía atender diariamente; todas en torno al mismo personaje.
El francés había permanecido indiferente a las atenciones que le prodigaban, pero conocía más que nadie el impacto que provocaba su presencia. Por esos entonces el duque asediaba a Liselda, mujer morena, hija del comerciante del pueblo. Era una joven de piel fresca como la uva, de pechos firmes y magistrales y unas caderas que por la magnitud de sus faldas se adivinaban de carnes duras y redondas.
Unos meses antes del carnaval, llegó un cargamento de máscaras de Marruecos, la voluminosa carga ocupaba tres cajas de un peso tal que se necesitaron treinta peones para ser transportadas hasta el caserón.
Fue cuando un criado del duque avisó a todos los hombres más sobresalientes del pueblo que su señor brindaría una fiesta esplendorosa para el carnaval, donde abundarían los excesos.
La noche del baile transcurrió como se esperaba, acudieron todos los notables del pueblo, en un total de cincuenta parejas. Liselda había ido acompañada por el hijo mayor del juez. La noche era calurosa y servía de preludio a lo que vendría. El francés no se había mostrado aún. Las mujeres lo buscaban con una pasión sin escrúpulos. Con la mayor discreción, el duque hizo subir una por una a las damas y las besaba sin la menor resistencia. Luego les suspiraba al oído: "Después de la fiesta buscadme y si me encontráis seré vuestro siervo..."
Cerca de la medianoche los criados tentaron a los invitados a prolongar la fiesta en las playas... la oferta era una invitación al placer, al goce de la carne. De a uno y dispuestos en dos filas según los sexos, los invitados que aceptaran quedarse entrarían a una habitación repleta de máscaras, de donde tomarían la que más le conviniera, luego deberían desnudarse y correr hasta la playa. Las mujeres deberían hacer lo mismo. Poco a poco, los invitados llegaban desnudos a la playa, en donde únicamente se escuchaba el vacilar de los alientos bajo las máscaras. Estaba prohibido hablar con la pareja. Sólo se oían los jadeos y el crepitar de las olas. Las mujeres en sus desnudeces de fantasmas tanteaban en las penumbras y buscaban la máscara que cubriera el rostro del duque.
Sin embargo, sólo había una dama que conocía la máscara tras la cual se ocultaba el verdadero duque de Clichy... y esa dama era Liselda, ahora convertida en una mujer-gato. El francés la esperaba sobre unas rocas.
De pronto, apareció ante sus ojos la bella Liselda. El se abalanzó hacia ella y comenzó a desnudarla, su cuerpo era tal cual lo había imaginado. Los pechos redondos y firmes, el vientre levemente ondulado y más abajo un bosque oscuro y brilloso que resguardaba el paraíso de su sexo.
Cuando se acercó hacia ella, quiso quitarle su máscara pero la mujer se negó. El sabía que Liselda disfrutaba de aquel juego. Con un movimiento majestuoso, solemne, la mujer gato se sentó arriba del duque y alumbrada sólo por la luz de la luna cabalgó incesantemente hasta que las primeras luces anunciaron la mañana.
Uno a uno el resto de los invitados habían ido regresando como hubieron venido, dejando su fiereza en la playa. Nuevamente las mujeres volvían a ser esposas, los maridos alcaldes, jueces, comerciantes. Pero Liselda seguiría siendo la mujer-gato del duque de Clichy, pues al día siguiente los dos escapaban para Europa y todos los invitados recibían en sus casas los últimos regalos del francés... una caja con una máscara de animal dentro y el nombre de quien las había usado aquella noche del baile.

FRANCISCO PARDAVE

viernes, 28 de noviembre de 2008

MI BELLO AMOR

Iba caminando entre un bosque, en donde veían a la vez claros y oscuros entre las ramas de los frondosos árboles que cubrían el lugar; sí, claros y oscuros como los momentos que viví al lado de mi dulce compañera.
En mi andar, creía escuchar las suaves notas de una canción que canté alguna vez en aquella habitación donde nuestros cuerpos se fundieron al ritmo cadencioso del deseo mutuo.
Era un callado lugar cuyas agrestes penumbras me recuerdaban las cóncavas redondeses de su cuerpo por mi descubierto.
Hoy miro la luna (nuestra luna) y vuelvo a sentir la tersura de su piel. Cierro los ojos y paladeo la humedad de su cuerpo cuando la poseía con locura desenfrenada.
En medio del silencio que me envuelve aún puedo oír sus gemidos cuando el acto culminaba, su voz era la muestra del derroche de placer que le propinaba. ¡Su cuerpo se estiraba tratando de tocar el cielo en aquellos momentos!
La amé tanto que sería imposible decir cuanto; con ese amor fuimos cultivando las perlas de un collar con que adornamos la soledad denuestras vidas.
Pasaron los años y la edad se fue apoderando de nuestros cuerpos; sin embargo, nuestra alma seguía joven y fresca, como la primera vez que oí su preciosa voz, justo en aquel momento en que me di cuenta que la quería a mi lado para toda la vida.
Había momentos en que su mirada parecía perdida, como si ella tratara de evocar su juventud, entonces yo con mucha delicadeza cogía su mano y ella volvía a mí.
En esos momentos, nos dimos cuenta que nuestro amor sería eterno, ya que nuestros dos seres se habían fundido en una gran escultura que iba a resistir para siempre el paso de los tiempos.
Un triste día te fuiste amor, mi amor eterno, mi dulce y bello amor, y aunque se que nunca volverás, aún te quiero.
Un abrazo
Francisco Pardavé

ESTELA

El otro día se me ocurrió buscar entre mis libros uno que tuviera algunos poemas que hubiera leído en mi juventud.
Después de mucho indagar lo encontré, ahí estaba, un poco amarillento y descompuesto, ¡quién sabe desde cuando alguien lo había leído!
Al abrirlo, salió volando un papelito que decía:
"Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negray blanca
Y gris, y verde, y rubia,
quiéreme día, quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda... o no me quieras!"
Estela
¿Estela?, quien era Estela, ¿sería aquella compañera de la escuelaque me rechazó cuando le propuse que fuera mi novia?
A lo mejor fuela amiga de la compañera de mi hermano que nos acompañó a laexcursión a la Marquesa, cuando nos cayó el diluvio que nos hizo regresar todos mojados.
¿O sería aquella tímida muchacha que vivía enfrente de mi casa y que permanecía toda la noche con la luz encendida?
La curiosidad se apoderó de mi y ya no pude dormir, frenéticocomencé a buscar en los viejos álbumes de fotografías; de pronto la encontré: era ella, en un ovalito se veía su cara aún de adolescente, su mirada era tan triste y parecía tan ausente, una tímida sonrisa se dibujaba entre esos labios diminutos.
Atrás de lafoto se leía: "para ti con todo mi amor".
Maria Estela.
¡Cómo pude olvidarla! Si fue la luz de mi vida, mi primer amor, mi fugaz beso.
La que se fue aquella tarde cuando la acompañé a la terminal de autobuses diciéndome que volvería y nunca volvió.
La queme entregó este papelito que ahora estrecho entre mis manos y beso con ternura.
La mujer que sin duda, por primera vez la amé toda. La amé entera.
SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

jueves, 27 de noviembre de 2008

EL AQUELARRE

La noche es como el diablo:
Goza al hacer sufrir a los que más le temen

LA DENTELLADA

Después de algunos meses, un día sospeché que algo me iba a pasar; fue sobre todo el encuentro con esos extraños restos de huesos de pequeños animales los que me pusieron en alerta y me hicieron suspender mis largas caminatas por el bosque al filo del atardecer.
Se bien que no podía prescindir de la plaza como maestro rural sin crear sospechas, ni tampoco podía regresar a la ciudad con las manos vacías; por eso me decidí a esperar, sospechando de cada uno de mis alumnos y a desconfiar de aquellas ancianas que paseaban por las calles, siempre enlutadas y una expresión de un profundo dolor, que se reflejaba en sus rostros.
Me decidí a esperar, velando cada noche, encerrado en la vieja casona, para ver si conseguía distinguir una luz en el bosque, las huellas de alguna hoguera o algo que me sacara por fin de mis dudas.
Por eso, cuando vi aquellos signos en la pared, supe que estaban preparando mi muerte; era sin embargo, una revelación que me liberaba de la angustia anterior, pero que me dejaba aún más confuso y asustado. Estaba claro, aquellas señales circulares en una esquina lateral de la casona marcaban un punto para que las gentes de la aldea cumplieran uno de los ritos más macabros con mi sangre.
Sabía que desde antes estaban preparándome para aquella fecha; que ese holocausto estaba previsto desde mi llegada y que mis sospechas y mi miedo eran conocidos por todos y que estaban esperando una señal, una fecha concreta para venir en mi busca.
Me levanto despacio y apoyo los pies descalzos en el suelo y con la certeza de que todo está ya preparado vuelvo a oler el vaso que se encuentra a mi izquierda en la mesilla... una droga, sin duda. Contengo mi sed y logro convencerme de que es mejor seguir aquí en pie, de que si me bebo otro vaso de vino podré acabar con todo de una vez y liberarme así de este terror a lo desconocido, de este temblor terrestre provocado sin duda por esta intoxicación que me embriaga.
Guiado por una extraña fuerza interior avanzo por la habitación, tambaleándome como un enfermo recién levantado y consigo salir a la fría noche que me hace sentir la fatalidad de mi destino, pero me hace a la vez comprender que no vendrán por mí hasta que acabe la fiesta nocturna y comience el aquelarre como un rito de carne y sangre, de purificación y pecado. Me tambaleo por las callejas de la aldea y busco una salida hacia el bosque que no me conduzca a las hogueras encendidas que resplandecen en la oscuridad. Entre tropiezos, con vómitos y una terrible sed logro contener mi miedo y avanzo, me caigo, me incorporo y sigo el oscuro sedero que me marcan la noche y el azar. Camino con la desesperación del moribundo y con la certeza del condenado, mientras un color rojizo se va apoderando del cielo y noto como el suelo tiembla cada vez más cercano bajo mis pies descalzos, ya sangrantes por las piedras y las ramas.
Todo me da vueltas y sin saber como, me siento arrastrado hacia un baile horrendo que presiento me llevará hacia la destrucción. Trato de escabullirme tras unos matorrales, me arrastro en el barro y me acerco a un claro del bosque. De pronto mi sangre se detiene al contemplar la visión que muestran mis fatigados ojos entre las hogueras y el humo de olores amargos y sugerentes. Veo cabriolas en el aire, bocas deformadas en escalofriantes gritos de gozo y dolor, cuerpos retorcidos que se revuelven y se juntan, se separan, se vuelven a unir en una desesperada y agonizante orgía carnal, labios que muerden e incitan al sexo y a la más cruel violencia, pechos de hombres y mujeres descubiertos, saltos entre las hogueras, ojos desorbitados, alaridos infernales de pavor y de orgasmo, olor a carne podrida y sudor, largos cabellos azotados por el viento, sabor amargo de fluidos corporales, luz ambarina, roja, negra, luz titilante de hogueras, cuerpos vivos y muertos que caen y se levantan, que se yerguen y sucumben entre golpes, azotes y mordiscos, besos y caricias, y una confusión caótica de belleza y pasión, griterío incontenible en torno a la figura extática y sublime que se yergue entre todas, rodeada de un fulgor radiante que hace destacar su imponente cuerpo de diosa entre las deformes presencias a su alrededor, figura que se eleva sobre el suelo y flota dentro de un círculo abrasador trazado en el suelo, que mira y no ve, que se superpone y rige todo, que provoca y excita, que pronuncia oscuras palabras en una voz susurrante y lejana que apenas se logra distinguir entre los alaridos y el tremendo sonido del suelo que acompaña esta danza macabra y rodea en vibraciones a la esbelta figura central de esta danza. De pronto un silencio en torno a mi que se interrumpe por las sugerentes palabras ordenándome avanzar en cortos pasos entre las figuras que se retuercen, sobre las hogueras y las brasas, fijos los ojos en el cuerpo desnudo que flota dentro del círculo y ahora me tiende los brazos.
Me aproximo a ese cuerpo sudoroso que me llama entre susurros, y me incita a tocar sus redondas caderas y sus pechos duros y esbeltos. El temblor de la tierra me acompaña mientras la poseo. Noto como se retuerce debajo de mí con los ojos cerrados, como gime de placer bajo mi cuerpo. Me clava sus largas uñas en la espalda y el dolor es grato. Se acerca a mí y me muerde el hombro y mientras mana la sangre siento un placer doloroso y exquisito. Miro nuestras entrepiernas unidas que se mueven al compás del latido del mundo, observo la sangre en su pubis de la virginidad perdida y estallo en un gemido de dolor. Me aparto de su cuerpo y descubro que las manchas de sangre que provienen de su vagina son mías. Descubro en su vulva, unos agudos colmillos tan amenazantes como su mirada, unos dientes que ya han logrado su objetivo; y pierdo el conocimiento mientras contemplo aterrado, mientras me desangro, su cuerpo perfecto y su estremecedora mirada que me busca e indaga entre mis sufrimientos.
Despierto con una delirante sensación de angustia y una dolorosa impresión de haber sido masacrado. Durante más de dos semanas no pude caminar y las cicatrices producidas en aquella noche me duraron varios meses. A partir de ese momento me dejé llevar sin responder a ningún otro estímulo externo. No me extrañó levantarme de la cama y que me atendiesen casi todas las ancianas de la aldea con un cariño antes desconocido, tampoco me sorprendió demasiado seguir vagando por el bosque sin que nadie me importunara.
El porqué sigo con vida y respiro cada mañana la brisa que viene desde el monte hasta mi habitación no podré saberlo nunca, pero cuando contemplo las pequeñas cicatrices que rodean mi pene me siento vivo y presiento que jamás podré ser tan feliz como lo fui aquella noche que guardo entre mis mas horrendas pesadillas. Ahora sólo espero volver a vivir el aquelarre con aquel demonio-hembra de piel suave y morena, ojos indescriptibles y entrañas húmedas y expectantes; aunque esta vez su vaginal mordisco me vacíe por completo y me absorba con ella hasta lo más profundo de su satánica presencia.
SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

DEJAME EN PAZ

Después de un espantoso matrimonio y de un salvador divorcio, apenas me quedaban ganas de buscar mujeres.
¡Cómo me hubiera gustado olvidar mí memorable noche de bodas! Fue tan romántica que, estando yo arriba, intentando dar todo lo que tenía, observé que mi mujer contaba con los dedos durante todo el acto. Una vez que acabé le pregunté:
-¿Has disfrutado, cariño?
Y ella me contestó:
-¿Cuánto has juntado en el banco para cuando regresemos de vacaciones?
Sin embargo, en esa época yo estaba dispuesto a vivir con ella y a serle fiel hasta el final de nuestros días. Tanto que no volví a ver a ninguna de mis amigas y si alguna mujer se me insinuaba yo le respondía: “es mejor que te vayas pues estoy felizmente casado”. ¡Tonto de mí!, luego comprendí que a mi mujer no le hubiera importado.
Después de mi divorcio conocí a otra chica... Lo que más me gustó de ella es que no se parecía a mi ex mujer. No era mala, ni avariciosa, ni dominante; y otra cosa que me agradó es que en el momento en que nos conocimos sólo estaba cubierta por un diminuto bikini que resaltaba la belleza de su cuerpo. Y aunque no podría decir que fue en flechazo, la verdad es que ella me encantó; me refiero a que nos conocimos de casualidad, y todo surgió de manera espontánea. Creo que ella se quedó prendada de mi personalidad y no de mi billetera, así que nos dedicamos a disfrutar de ese maravilloso sol que nos cubría.
- ¿A qué te dedicas? - me preguntó.
- Trabajo por mi cuenta (no le dije que era gerente de un banco).
- ¡Te la has de pasar muy bien! Yo en cambio trabo todo el día y apenas tengo tiempo para divertirme.
- ¿Estás casada?
- No. Odio el matrimonio.
- ¿No quieres tener una relación estable?
- No. Las relaciones estables me oprimen, me ahogan. Prefiero ser yo, sin dar cuentas a nadie.
- Pero algún día te vendrá la vena maternal, y querrás tener un hijo.
- No te digo que no y si algún día lo necesito, lo tendré, aunque no esté casada. Lo que yo quiero es ser libre. Quiero ser yo. No es bueno hipotecar tu vida. Mírame: estoy aquí de maravilla y no necesito mucho dinero para tomar el sol. Y estoy disfrutando de tu compañía, y ojalá tú disfrutes de la mía
- ¿Y tú? –me preguntó.
- Yo pienso igual que tú, pero un día me casé y ahora estoy divorciado.
- Así es la vida. Yo he tenido que luchar mucho para no acabar con ningún hombre.
Y con conversaciones de este tipo estuvimos todo el día. Cuando el sol empezaba a alejarse, le pregunté:
- Se empieza a hacer tarde. ¿A dónde vas a dormir?
- Si quieres me puedo quedar contigo.
Y se quedó.
Era una historia de las buenas. Sin compromisos, sin exclusividad, sin broncas, sin ataduras; todo muy liberal, hasta que nos casamos...
Entonces empezó a decirme lo que me temía: que no me ocupo de ella, que hago lo que me parece, que no vamos de vacaciones, que nunca le hago regalos, que está harto del departamento viejo, y que necesita más dinero. Que jamás vamos a ver a sus padres, que le gustaría tener otro coche más nuevo, que gano muy poco en el trabajo…
Bueno, ¿qué les ha parecido?
Ahora cada vez que peleamos trato de ser más cariñoso. Ella me mira con cara de asco, y me dice:
-Déjame en paz.
Ustedes amigos que están leyendo, creo que son más inteligentes. Saben que una misma frase puede significar cosas diferentes según el contexto, y según como se diga. Sin embargo el déjame en paz de mi mujer, quiere decir que la deje, que no quiere tener sexo y que no lo volveré a tener hasta que no consiga lo que quiere. Y mientras, esa noche tengo que dormir nuevamente en el sofá y al día siguiente tendré que hacerme el desayuno.
La verdad, no me quejo. Me gusta mi vida. Tengo una casa que, aunque vieja, está limpia y es confortable. Dos hijos adorables, un perro precioso y un trabajo estable.
Pero si hay algo que me repatea, me indigna, me amarga, me deprime, me enoja, me exaspera, me encoleriza, me entristece, me aflige, me incomoda, me cansa y me provoca unas ganas locas de mandarlo todo a al demonio, es que aunque haga todos los méritos y la trate como a una reina, siempre que se lo pido, ella me dice:
-Déjame en paz.




SALUDOS
FRANCISCO PARDAVE

COMO SER ESCRITOR Y NO MORIR EN EL INTENTO

CÓMO SER ESCRITOR Y NO MORIR EN EL INTENTO
Sí queridos amigos, como me decía mi madre: no hay nada malo en escribir, siempre y cuando lo hagas en soledad y te hagas el disimulado después.
Y también como me decía mi padre: escribe, haz lo que quieras, siempre he sabido que habías nacido raro.
Además, como me ha dicho mi hermano el mayor: estás loco mano, en lugar de pasártela encerrado ¿por qué mejor no sales con chavas como toda la gente de tu edad?
Por su parte como me decía mi maestra de español en primaria: escribir es un proceso creativo interesante aún en niños como tú... sigue, sigue, pero antes aprende ortografía.
Y como me decía mi primer novia: que bonito que escribas, pero ¿por qué lo haces horita?
Mi primer jefe me decía: lo que debes escribir son los cheques, libros de contabilidad y las facturas; no, mejor escribe tu renuncia.
Los consejos que me decía mi primer maestro de taller literario: escribe, así es como un escritor se hace, llenando páginas y páginas, desechando, desbrozando, destruyendo. Diez versiones harán un cuento mediano. Si echando a perder se aprende, tú estas aprendiendo magníficamente.
Una vez un presentador en una fiesta decía: aquí el compañero escribe. Así como lo ven es un artista. Nadie entiende lo que escribe, pero artista al fin y al cabo. ¿Y quien mejor que él para decirle unas palabras a la quinceañera?
Al presentarme a mi primer editor, me decía: ¿Así que usted escribe? No podemos decir que sea muy original. Hay miles de escritores. Bueno, no importa. Vamos a ver si tenemos lugar para ti en la revista, alguna página que sobre... ¿pagar?, ¿quién dijo que te íbamos a pagar? Si quieres, puedes colaborar, vender unos ejemplares de algunas de nuestras revistas al menos mientras aprendes, si quieres...
Una vez me dijeron cuando fui a pedir trabajo: De acuerdo, escribe, pero ¿qué sabes hacer?
Un crítico opinaba: ¿este sujeto escribe?
Al recibir mi primer premio me dijeron: el ganador del concurso, aquí presente, es un joven valor de las letras literarias, y le entregamos esta licuadora de tres velocidades por tener el número...
Hasta mi mejor amigo me criticaba: me caes bien aunque escribas, porque todos tenemos nuestras mañitas.
Otro editor me reclamaba: ¿Pagar? deberías estar agradecido que saliste en nuestra revista, el arte jamás se vende, se regala, si no, no es arte. Y para la próxima corrige mejor las faltas de ortografía, tuvimos que pagarle a un corrector de estilo para que arreglara tu original.
El colmo, hasta mi representante me decía: admiro tu estilo, tu precisión, el sentimiento de tus frases, la dulzura explícita de tu prosa, pero las tarjetas de felicitación deben ser más graciosas, algo así cómo besitos por cumplir otro año al abrir la tarjetita, ya sabes, se gracioso, no sé por qué te quejas, después de todo me estás pagando para que escribas.
Sin embargo, queridos amigos, como dije en una entrevista que nunca salió publicada: ¡escribir es un placer!

Saludos
Francisco Pardavé

martes, 25 de noviembre de 2008

GABRIELA

…Y aunque intentó parecer adecuadamente severoante sus alumnos, Pedro Gaviota les vio de pronto tal y como eranrealmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó aquello que vio.¿No hay límites, Juan?,pensó y sonrió.Su carrera hacia el aprendizaje había empezado…

Una apacible tarde, Gabriela se encontraba disfrutando del magnífico libro Juan Salvador Gaviota en las playas de Tampico y Madero: un viento fresco azotaba su rostro, era el clima perfecto para estar ahí, observando de reojo las gaviotas juguetonas, que con astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento; a su vez, los peces saltaban sobre el agua tratando de liberarse de ellas. Era un espectáculo tan relajante y bello, como suelen serlo los maravillosos escenarios de la naturaleza. Gabriela permanecía tendida en la hamaca divagando las ideas y regresando los recuerdos en su mente. Poco a poco fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo. Su trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro mundo: a veces aburrido, otras cansado. Generalmente nada emocionante sucedía. Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Gabriela?... -¿Me conoce?... Un caballero de ojos claros respondió -claro, nos conocemos (ella no recordaba). Unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un agradable ¡hola!, sorprendió su salida del trabajo.Ella sólo alcanzó a decir, -lo siento, debo llegar temprano a mis clases de inglés, hasta luego. Los días siguientes pasaron normales; sin embargo, aquellos ojos y aquella sonrisa del hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron sentir en su cuerpo, algo producía ese caballero. ¿Lo habría notado? Un buen día su presencia viril la esperaban a la hora de salida. Una breve charla sin importancia terminó con un -quiero verte, directo, seguro, aplastante. Gaby recién había formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a su parecer, era casado. No obstante empezó a desear verlo, esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con frecuencia imaginaba sus manos acariciando sus mejillas y su cuello, bajando suavemente hacia su pecho... y esa tibia y callada humedad entre mis piernas… aparecía. Las vacaciones de Gabriela llegaron, lo que aprovechó para darse un merecido reposo en una playa de su ciudad natal... Se había hecho casi de noche y el mar estaba más agitado: hermoso dúo de atardecer y agua tenía ante sus ojos, dejó caer el libro, cerró los sentidos y se dejó llevar por el agradable momento. Una sensación más deliciosa le hizo abrirlos. Ahí estaba él, con su boca en la suya. Sentía sus labios juguetear con los de ella, su insistente besar la hacia vibrar, ya excitada, su cuerpo respondía de manera húmeda cuando sus manos sin el menor recato trataban de adentrarse por debajo del diminuto bikini. No había manera de parar aquello. No supo como ni en que momento, el se acurrucó junto a ella, sus besos eran interminables mientras que sus manos no dejaban de buscar. Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que ella con atrevimiento se hincó y bajó la ropa del ser que la subyugaba: su piel bronceada contrastaba con la suya. No podía esperar más, mientras él, con dominio de hombre fuerte sólo la miraba mientras acariciaba con ternura sus cabellos. Luego, sus manos la ayudaron a incorporarse; la tomó en sus brazos y la tendió sobre la hamaca. Ella cerró los ojos, apretó los labios y se dejó llevar. Sus movimientos sabios sabían provocarla; cada poro de su piel sentía sus manos, mientras su boca besaba suavemente sus ojos, labios y mejillas. No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía de pasión! Él lentamente despegó su cuerpo y con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse, mientras todo el ser de Gabriela pedía a gritos continuar. Por respuesta sintió un ataque final que terminó con el estallido mutuo de sus dos almas. Al final abrazó su cuerpo en un cálido gesto. ¿Como supiste donde estaba? -le preguntó. -Sólo pregunté le contestó. La respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarla. No importaba nada. Sólo ella y él en aquella costa arrullados por el vaivén de las olas. No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era inundada por sus gemidos explosivos. Las gaviotas con el anochecer se habían ido, sólo el oleaje constante del mar se escuchaba. Hincados en la arena, ambos se besaban con fervor, sin pensar en nada, sólo entregándose en un beso interminable. Como interminable sería el recuerdo de ese instante. Al amanecer, Gaby abrió los ojos, se encontraba sola: "habrá sido sólo un sueño", pensó, levantó el libro que se encontraba sobre la arena y prosiguió la lectura. Una gaviota se elevó hasta el cielo y se dejó caer como un relámpago. Era el alma de Juan Salvador Gaviota que le enseñaba que con sólo la fe, el amor y el espíritu se pueden lograr imposibles.
Saludos Francisco Pardavé